sábado, 27 de agosto de 2016

El léxico de la tauromaquia (1).

                                                 La gran maravilla del toreo es convertir la pesada e hiriente realidad de una bestia en algo tan inconsútil como el velo de una danzarina. (Juan Belmonte)

Hay quienes aseguran que la tauromaquia es una metáfora de la vida. Yo digo que menos mal que solo es eso, una simple alegoría, porque con los aires que se ciernen sobre el planeta taurino…“mala barraca”, que decimos en Alicante. Chascarrillos aparte, efectivamente, se ha dicho que la fiesta de los toros es un remedo del devenir de la vida porque no en vano concreta el enfrentamiento de un ser humano con lo desconocido, su lucha a brazo partido contra la adversidad, el afán por superar las dificultades y la búsqueda permanente del éxito. Todavía más, en el planeta de los toros, igual que sucede en la existencia, son más los perdedores que los triunfadores; son muchísimos menos los que se encumbran que quienes no hallan en su camino otra cosa que el fracaso, el silencio y el olvido.

Pese a las posiciones encontradas de defensores y detractores de la tauromaquia, es incuestionable que la “filosofía” que rodea su particular mundo forma parte de nuestra idiosincrasia social. Con el paso del tiempo, se ha contrastado ampliamente que ese peculiar compendio de actitudes, hábitos, costumbres, tradiciones, racionalidad, pensamientos, identidad, cultura y sentimientos ha influenciado el idioma. Por tanto, no es nada extraordinario que nuestras lenguas incluyan vestigios que acreditan tres siglos largos de existencia de una actividad enraizada y extendida en la sociedad española e hispanoamericana.

Algunos estudiosos sostienen que el conjunto de las expresiones taurinas conforman un universo alegórico que impregna nuestra visión del mundo, y también algunas realidades cercanas. Es una evidencia que el lenguaje de los toros adopta términos generales y los especializa, fijándolos en expresiones que designan elementos o acciones específicas. Ejemplos hay a docenas: capote, vara, montera, muleta, quite, trapío, encaste, bravura, mansedumbre, fijeza, recorrido, etc., etc. Posteriormente, en justa correspondencia, este lenguaje especializado se aplica por extensión, similitud o uso metafórico a la vida cotidiana. De ese modo, palabras y frases genuinamente taurinas retornan a la lengua común, que utilizan tanto los aficionados como los detractores de la fiesta de los toros, proporcionándole expresividad, colorido, ironía e incluso belleza. ¿Se puede discutir la hermosura de términos como albahío o barboquejo, que aluden respectivamente al toro cuya capa o pelaje es de color blancuzco-amarillento y a la cinta con que el picador sujeta el castoreño (sombrero) por debajo de la barbilla? ¿Quién no ha tenido oportunidad de comprobar cómo el lenguaje de la tauromaquia está incrustado en el habla cotidiana? Algunos ámbitos están sembrados de metáforas que provienen del lenguaje taurino; lo encontramos en las conversaciones cotidianas, en la política, en la vida amorosa y sexual, en la manera de afrontar las dificultades, etc., etc. Como no quiero hacerme pesado, hoy ofreceré algunas pinceladas y otro día me extenderé en otros aspectos.

A poco que recapacitemos, comprobaremos que en las conversaciones se utilizan muchas expresiones taurinas. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta sobre un asunto molesto o comprometido solemos optar por darle una larga cambiada, para desorientarlo o para evitar que siga con el tema. Y si un amigo atraviesa dificultades, le echamos un capote para ayudarle o intentar excusarlo. Nos dan la vara quienes nos molestan y aburren, y por ello acostumbramos a cambiar de tercio, es decir, de tema de conversación. Por otro lado, intentar resolver una situación complicada o plantear un asunto que puede causarnos perjuicios equivale a lanzarse al ruedo. En fin, decimos que cualquier diálogo da juego si permite que nos entretengamos, que aprendamos o que obtengamos información, cosa que seguramente sucede porque la otra persona entra al trapo, es decir, responde a nuestra pretensión. Otras veces, los antagonistas no tienen un pase porque apenas aportan algo interesante, no responden a las preguntas o se salen por la tangente.

Por otro lado, quienes han toreado en muchas plazas, pueden preparar una encerrona a quien acaba de tomar la alternativa o es nuevo en la plaza. A veces hasta toreamos a alguien porque le ofrecemos falsas esperanzas o le distraemos con engaños. Uno puede crecerse en el castigo o buscar las tablas antes de que le den la puntilla y lo dejen para el arrastre. Aunque si lo que se desea es abandonar una determinada ocupación personal o profesional, entonces no queda otra que cortarse la coleta.

Quiénes son avezados o han convivido con la tauromaquia saben que existen otras muchas expresiones, menos habituales, que suelen ser desconocidas para los ajenos al mundo taurino. Es el caso de sentencias como tomar el olivo, dar la espantá o tirarse de cabeza al callejón, que equivalen a huir del peligro y buscar refugio. O aquella que alude a los seres taimados o de aviesas intenciones, que reza: tiene más intención que un toro marrajo  (que no es otro que el que arremete a conciencia, sabiendo que acierta con el golpe). En otras frases se menciona el “hule”, la tela plastificada que antiguamente cubría la mesa de operaciones en las enfermerías de las plazas de toros. Perviven expresiones como: haber hule, que es una advertencia de que existe peligro cierto; o ir al hule, que equivale a pasar por la enfermería por causa de un percance; esta última también se utiliza para indicar que alguien va encaminado al fracaso. Otra expresión genuina es citar en corto, con la que se alude a una actuación decidida por parte de alguien. Finalmente, entablerado es un término atribuido al toro que tiene querencia a permanecer en actitud defensiva cerca de las tablas (barrera) que, por extensión, se utiliza para designar al marido receloso de que lo engañen. Además de otras muchas expresiones frecuentes, existe una amplia fraseología taurina, que incluye refranes y sentencias específicas de las que me ocuparé en otra ocasión.

Creo en mi fuero interno que, inexorablemente, la fiesta de los toros acabará desapareciendo. Con ella se irán ecosistemas, especies animales y vegetales, oficios, herramientas, costumbres, valores, virtudes y defectos… Sin duda, se lograrán otras cosas, siendo probablemente la principal de todas ellas evitar que continúe siendo un espectáculo público una actividad dramática, cuya esencia radica en que una persona pone en juego su vida (aunque no debiera olvidarse que sucede exactamente lo mismo en todos los deportes del motor y en otros espectáculos y hobbies universalmente consentidos). Sin embargo, sería una lástima que también se esfumase el patrimonio léxico con que la tauromaquia ha contaminado el lenguaje común. Tienen mi reconocimiento las personas que se han ocupado de recopilarlo y quienes se dedican a preservarlo, utilizando los viejos y los nuevos formatos: libros, revistas, medios de comunicación, plataformas digitales, webs, blogs, redes sociales… Espero y deseo que toda esa labor consiga que perdure más allá de la vigencia de los festejos porque es un patrimonio que no debe dilapidarse. Sea este un pequeño homenaje a quienes han hecho y hacen un esfuerzo por evitarlo. ¡Va por ustedes!

miércoles, 24 de agosto de 2016

Resiliencia.

Hace poco más de medio siglo que se acuñó el concepto de resiliencia, aunque el fenómeno que define este término es propio de la condición humana y, como tal, apareció con el homo sapiens, perviviendo a lo largo de la historia. La resiliencia es un acontecimiento milenario, inserto en el ADN de la especie humana, que actualmente se difunde con relativa asiduidad.

A mediados del siglo XX empezó a ser objeto de estudio por parte de investigadores de la rama de las ciencias naturales. Poco después, despertó interés en el ámbito de las ciencias sociales y, desde entonces, especialmente en la esfera anglosajona, la superación positiva de experiencias vitales violentas o traumáticas ha sido objeto de amplio análisis por parte de los investigadores, que han logrado sistematizar y proponer estrategias de comprensión y afrontamiento de algunos elementos característicos de la naturaleza humana, como el conflicto, las disfunciones, las crisis o el estrés. Para que nos hagamos una idea de la dimensión de este empeño, una consulta simple en Google Académico arroja casi 700.000 artículos relacionados con la resiliencia, solamente en lo que va de siglo.

Así pues, hace relativamente poco tiempo que se investiga un comportamiento que alude a la capacidad de sobreponernos a la adversidad que tenemos los seres humanos, a través de sugerentes líneas de investigación que, contrariamente a lo acostumbrado, privilegian la atención a las fortalezas en detrimento de los déficit o los problemas. Han surgido de la inquietud por identificar los factores que permiten sortear exitosamente las dificultades y condiciones desfavorables que se presentan en la vida, que tienen origen individual y social. Desde este novedoso enfoque analítico, una situación desfavorable, que desde la óptica tradicional tendría consecuencias perjudiciales, se concibe como un factor positivo, o ‘de resiliencia’, que puede contribuir a la mejora de las condiciones de vida de una persona y de su entorno. Ello, indudablemente, dibuja un nuevo escenario en el espectro de las tareas de prevención. Y ello me parece que es una de las razones que justifican la difusión masiva del concepto, de sus enfoques y de su aprendizaje. 

De hecho, hace unos días leía en el diario El País un artículo al respecto. El periodista refería las opiniones de sendas profesionales de la psicología y la psiquiatría que presentaban la resiliencia como un nuevo (?) concepto que ayuda a solventar los problemas vitales de las personas. Siempre tomo con cautela lo que leo en los medios de comunicación para filtrar las particulares visiones que presentan de las opiniones de las personas entrevistadas, que a veces se publican tergiversadas o se amputan, cambiando sustancialmente el sentido de lo que declaran. Aunque en esta ocasión, me parece que no es el caso.

En síntesis, estas profesionales parten del supuesto de que todos debemos afrontar a lo largo de la vida al menos tres o cuatro situaciones muy difíciles, derivadas de pérdidas, enfermedades, etc. Aseguran que los humanos tenemos tres niveles de respuesta a los problemas que se nos presentan. Todos quisiéramos poseer las herramientas necesarias para superar esos reveses o alcanzar nuestras metas, pero el funcionamiento del cerebro es extremadamente complejo. De hecho, como dicen, se autogestiona a través de neurotransmisores multirrelacionados. Si su funcionamiento no falla, tomamos las decisiones correctas, pero si en esa plurirrelación algo no va bien, obviamente sucede lo contrario.

Para hacerse entender, las facultativas entrevistadas argumentan que las personas tenemos tres cerebros ubicados a distintas alturas. En primer lugar, está el cerebro más primitivo, donde se encuentran los instintos de supervivencia; a continuación, el cerebro medio, que es emocional y, por último, el cerebro superior o racional, al que corresponde tomar las decisiones, que son resultado del modo en que se conectan los tres.

De acuerdo con esa ejemplificación, aseguran que hay tres maneras de enfrentarse a los problemas. La primera es hacerlo desde los impulsos que genera el instinto, la propia animalidad, el estadio más básico de los seres vivos. Se trata de una reacción mecánica y automatizada, que no suele proporcionar buenos resultados a quienes la adoptan. La segunda réplica que cabe ensayar frente a una dificultad grave es la respuesta emocional, con ella se trasciende el estricto mecanismo de defensa y se matiza la réplica desde las emociones del cerebro. Y la tercera es la respuesta racional, la que adopta el “cerebro racional”, responsable de tomar decisiones basadas en la experiencia y en el conocimiento. Esta última se adopta a partir del análisis de sus posibles consecuencias, derivaciones, intenciones, etc., que la moldean para que se adapte a los requerimientos del conjunto y de la propia persona resolviendo, en su caso, el conflicto de intereses.

En mi opinión, esta visión un tanto simplista de la resiliencia exige algunas matizaciones. Previamente, además, debe advertirse sobre la necesidad que apuntan importantes autoridades académicas acerca de que los científicos que la investigan mejoren el rigor de sus trabajos. Estas destacadas personalidades de la especialidad han puesto en tela de juicio algunas aportaciones, que consideran escasamente respetuosas con los altos estándares de evidencia y de auto-control que deben sostener las afirmaciones científicas.

Por no aburrir con un argumentario embarazoso y prolijo, creo que al enfocar el aprendizaje de la resiliencia (que es posible y deseable, porque no todo el mundo la posee innatamente, ni en la misma medida) se debe asegurar no solo la armonía en la interrelación de los aludidos tres “cerebros”, posibilitando respuestas que aseguren la racionalidad. La razón objetiva de los enfoques positivos no puede diluir otras perspectivas necesarias en el estudio de la resiliencia. No siempre la razón objetiva se corresponde con la razón socialmente deseable. Y la resiliencia tiene una dimensión social innegable. Incluso sobrevienen ocasiones en que la razón objetiva es contradictoria y hasta incompatible con el interés general, con el orden moral que hace posible la convivencia. El enfoque de la resiliencia y de su aprendizaje debe armonizarse con el respeto a los principios, valores y normas que rigen la vida y los derechos de la ciudadanía en el marco de una cultura social acordada y compartida. Desde mi punto de vista, resolver eficientemente los problemas personales desde posiciones estrictamente egocéntricas no es solución satisfactoria, porque ni es suficiente ni es coherente con el propio concepto de resiliencia.

lunes, 22 de agosto de 2016

Mis viejos maestros.

En centenares de ocasiones me he acordado de mis viejos maestros, los venerables profesores que a comienzos de la década de los 70 me enseñaron no sé si pretendiéndolo muchas de las cosas que he conseguido asimilar bastantes años después. Entonces, aquellos maestros, que además eran colegas y que habían sido profesores y guías de centenares de aprendices de maestro, asistían estupefactos a la eclosión de una reforma educativa que no entendían y a unas demandas sociales que colisionaban frontalmente con su habitual práctica profesional.

He recordado decenas de veces a aquellas distinguidas personas: Gonzalo, Nicolás, Félix, Antonio…, gentes doctas en su tiempo, dominadoras de los entresijos de la docencia y de los secretos del magisterio. Se advertirá que no menciono a ninguna mujer y ello tiene su explicación. Era todavía el tiempo del nacional catolicismo. La ley de Educación Primaria, de 17 de julio de 1945, decía literalmente, en su artículo 20, “Para los alumnos de seis y más años, las escuelas serán de niños o de niñas, instaladas en locales distintos y a cargo de maestros y maestras, respectivamente”. Y apostillaba, “Cuando no sea posible designar maestros, podrán ser regentadas por maestras, procurando que éstas atiendan los grados de niños de menor edad”. Por tanto, estamos ante una realidad escolar articulada sobre la segregación por sexo, prescripción establecida por el artículo 14 de la mencionada ley, que decretaba que “en la Enseñanza Primaria se observará el régimen de separación de sexos”. Así pues, no cabían otras referencias profesionales que las que correspondía, aunque fuésemos miembros de la misma institución, compartiésemos las dependencias o conviviésemos diariamente en la más absoluta normalidad.

He rememorado cómo en el ocaso de su vida profesional aquellos maestros veteranos,  carentes de los recursos necesarios (¡qué lamentable atavismo en la educación!), se enfrentaban a una situación novedosa que los desbordaba, los sorprendía y los agobiaba. En los últimos años, he reconstruido la inusitada estupefacción que les embargaba al constatar su incapacidad para dar respuesta a los retos que tenían ante sí.

He evocado muy particularmente la sinceridad y la enorme humildad con que aquellas honradas gentes nos pedían a los más jóvenes que compartiésemos con ellos la pócima, que supuestamente nosotros teníamos, con la intención de  desvanecer el hechizo en que habían sucumbido. Aquellos intensos diálogos que, invariablemente, iniciaban con complejas interrogaciones: “Muchachos, por favor, explicadnos qué debemos hacer porque no entendemos lo que se nos pide. ¿Cómo debemos plantear a los niños el trabajo con las fichas?, ¿cómo se armoniza esto con las rutinas imprescindibles del dictado, el cálculo mental, el diálogo socrático…?, ¿cómo se puede fragmentar el conocimiento en seis u ocho disciplinas y otros tantos libros, si los niños están acostumbrados a obtenerlo en una enciclopedia que lo resume todo, y sencillamente?, ¿cómo afrontar lo que ahora se denominan ‘aspectos educativos’, que parecen el meollo de las preocupaciones docentes y que inexplicablemente se anteponen al genuino trabajo de los maestros, que no es otro que enseñar?, ¿por qué debe sustituir la evaluación continua al cuaderno rotación, una obra colaborativa magnífica en la que todos y cada uno de los niños, día tras día, plasma lo mejor del grupo clase, de su esfuerzo y su trabajo cotidiano?... Y así, hasta la infinitud de las preguntas, de los interminables diálogos, de las imposibles respuestas.

Recordé decenas de veces a aquellas personas y sus preocupaciones, sin entenderlas. Empecé a comprender sus dilemas cuando sobrepasé el ecuador de la vida profesional. Fue más o menos entonces cuando percibí que se desdibujaban las coordenadas que habían estructurado mi quehacer docente. Un recorrido con el que estaba globalmente satisfecho, aunque debo puntualizar que jamás lo sometí a una evaluación rigurosa. Por tanto, mi particular juicio valorativo era más el resultado de la apreciación superficial, del atrevimiento, o incluso de la soberbia juvenil, que de la reflexión sosegada o el juicio ponderado.

Afortunadamente, en casi todas las trayectorias profesionales y vitales se llega a uno o varios puntos en los que se toma conciencia de que algo no cuadra. Así me sucedió también a mi. Esas constataciones desatan procesos reflexivos que ponen de manifiesto acontecimientos, conductas, acciones y sentimientos positivos, pero también alumbran ingravideces y desequilibrios, hacen inverosímiles algunas de las certezas previas y muestran a las claras la imposible cuadratura del círculo. Cuando se transitan esas coyunturas se percibe de otro modo el devenir del tiempo, que parece que está fuera de control por momentos. Se diluyen muchas certezas y convicciones, renace una nueva estación de las preguntas porque se toma conciencia de las ignorancias. Se siente una especie de pálpito que anuncia que se aproximan algunas impotencias irremediables.

Ese tiempo es la antesala de otro posterior en el que percibimos con nitidez que la realidad nos sobrepasa y nos desborda en muchos aspectos. Cada vez entendemos menos los acontecimientos. Cuando llega este periodo, lo que se impone no son las actitudes reactivas sino el esfuerzo por intentar asimilar el sentido global de lo que sucede y minimizar sus consecuencias. Porque lo que ahora interesa, por encima de consideraciones más banales, es seguir navegando el derrotero del tiempo, con nuestras cosas y nuestras gentes, y de la manera más sosegada posible. Aunque debamos acudir al socorrido recurso de dejarnos llevar, siquiera  mínimamente, por las exigencias de las “nuevas” olas.  Si lo logramos, alcanzaremos a disfrutar de las párvulas ilusiones que nos incentivan y tendrán sentido los retos que nos propongamos, por ínfimos que sean. Llegó el tiempo en que se percibe la finitud de lo infinito porque en cada recodo, en los miles de vericuetos y pequeños rincones de la existencia, se encuentran motivos para seguir disfrutando de otro modo, para seguir indagando, urdiendo, aprendiendo, en definitiva, viviendo.

Cuando uno es consciente de que debe abandonar la que durante tantos años fue su profesión es como si viviese una especie de vigilia. Quién se ha esforzado largos años en tratar de involucrar a otras personas en la aventura de reinventarse sus propias vidas, quién ha experimentado la emoción de embarcar a otros en proyectos que han contribuido a moldearlos significativamente, quien ha tenido oportunidad de contrastar los logros personales y profesionales alcanzados por terceros, quién tiene conciencia de que, de alguna manera, ha sido oficiante destacado de tales prodigios, muere un poco al desertar de la profesión, al abandonar las herramientas y el ánimo con los que construyó esa magia. Pero, a poco que acompañe la fortuna, contrasta que hay otras vidas por vivir, que también gratifican. Y estoy seguro, viejos maestros, que vosotros las descubristeis antes que yo. Muchas gracias y un fuerte abrazo.

jueves, 18 de agosto de 2016

Niños.

Sostienes con tus brazos los apenas cinco kilos que envuelven la fisonomía de una vida de apenas cincuenta días y el tiempo se precipita en una espiral retroactiva imparable. Sin pretenderlo, súbitamente, viajas atrás cuarenta años y evocas otros ojos similares, igualmente grises e inexpresivos. Como aquellos, también los que ahora tienes enfrente se abren y se cierran mientras se desplazan incontrolados, desorientados, tal vez mirando sin ver, aunque ilusione pensar lo contrario.

Percibes un peso leve, impertérrito en el reposo y fogoso en las breves vigilias que interrumpen su sueño, espontáneamente dilatado y benéfico. Sientes profusamente la energía que irradian los seres recién paridos, indefensos y expuestos, y a la vez activos y pujantes. En esa coyuntura, es casi imposible eludir la prodigalidad de percepciones que te allegan los sentidos, cuesta reprimir la expresión de las emociones y los sentimientos que te embargan, sean cuales sean las imposiciones circunstanciales o las convenciones sociales. Sientes el brío y la intensidad de la existencia, que se muestra desnuda, inmediata, piel con piel, sin ambages ni subterfugios, en su expresión más elemental, en su manifestación más genuina.

Tomas esa incipiente criatura en tus brazos y al acunarla percibes el desacompasado ritmo del corazón que la impulsa, la arritmia circunstancial y errática de los neonatos, que se filtra a través de la ínfima camisola que cubre su párvulo pecho y su abultado abdomen. Esa intermitencia anómala, que reconoces como propia, se constituye en una especie de nexo que enlaza la vida que empieza con la acontecida, que une el pretérito con el futuro imperfecto.

Cuando todo eso sucede, ¡pasan por la mente tantas cosas! Rememoras las enseñanzas de tus mayores, las seculares, retóricas y socorridas recomendaciones que te ofrecieron, que tantas veces ignoraste y que ahora, paradójicamente, se revelan oportunas, acertadas, sabias. ¡Cuánto despilfarro de tiempo, qué ingrata ignorancia!

Por enésima generación, algunos jóvenes –y menos jóvenes– se empecinan en negar la evidencia. Unas veces lo hacen desde la ingenuidad y la bisoñez; en otras les impulsan egoísmos ilícitos e incluso actitudes ruines y mezquinas. Cuando alguien amenaza el disfrute recíproco de los seres humanos, sin el aval de buenas y contundentes razones, trasciende lo permisible, sobrepasa los límites que toda sociedad civilizada establece y se instala en un desatino egoísta, intolerable, que apunta a la insignificancia o a la nada.

Tienes entre los brazos a un nieto, miras al policía que en una desconocida playa turca sostiene entre los suyos al exánime cuerpecito de Aylan Kurdi, contemplas los cinco años de Omran Daqneesh, mugrientos, sanguinolentos y cenicientos, sentados en el sillón anaranjado y salvífico de la ambulancia que lo ha rescatado del enésimo bombardeo sirio, y sientes la iniquidad de la humanidad, te encoleriza una realidad que no comprendes. Tomas conciencia de que cuanto aprendiste por experiencia o a través de la lectura de los montones de libros que reposan en estanterías y anaqueles carece de sentido.  ¿Para qué sirve la ciencia o la filosofía?, te preguntas. ¿Para qué sirve el progreso? ¿Acaso existe? ¿Qué coño está pasando? Querámoslo o no, todos los niños son nuestros niños. La comunidad internacional no puede permanecer impasible ante las terribles consecuencias que la vulneración de sus derechos tiene para sus vidas.

Doscientos cincuenta millones de criaturas malviven en países con conflictos armados y requieren el compromiso de todos para asegurarles las atenciones que necesitan. Pero no solo se evidencian las gravísimas carencias en estos horrorosos escenarios. Otros muchos millones viven en los países occidentales, hipotéticamente civilizados y decentes que, sin embargo, consienten que los custodien y guarden personas e instituciones insolventes, incapaces de educarlos y de facilitar que crezcan como necesitan y merecen, en muchos casos con el silencio y/o la aquiescencia cómplice de los gobiernos.  

Durante el año 2015, más de ochenta y ocho mil niños llegaron a Europa buscando refugio; solos, sin ningún acompañamiento. Actualmente, diez mil están en paradero desconocido, probablemente víctimas de la explotación y de la trata de seres humanos. Sobre la vida de los miles de autóctonos, que viven en condiciones equiparables, las tinieblas son todavía mayores.

Dejémonos de mandangas y actuemos ya. No hay espera posible.

miércoles, 17 de agosto de 2016

17 de agosto.

La noche del dieciséis de agosto ha vuelto ser una de las más cortas del año. La tradición es la tradición, y la tradición manda. Anoche, como suelo hacer desde que tengo uso de razón los días dieciséis de agosto, abrevié la tertulia con los amigos, una costumbre que venimos ejercitando desde la adolescencia en el paseo, especialmente los días de fiesta, mientras, disimuladamente, miramos por el rabillo del ojo a alguna de las amigas que pasean cogidas del brazo recorriendo, en espaciados ires y venires, los escasos doscientos metros que separan la plaza de la carretera de Cheste. Paseos que se dilatan a lo largo de la tarde, luciendo sus mejores galas, expuestas, partícipes de intensas y variopintas miradas, unas veces timoratas y entrecruzadas, otras azoradas y furtivas, en ocasiones coincidentes y a menudo extraviadas, todas concupiscentemente afectuosas y ansiosas de correspondencia.

Esta noche todos nos hemos retirado temprano, conscientes de que debíamos prepararnos como Dios manda para la jornada siguiente. De hecho, apenas eran las diez y media cuando trasponía el quicio de la puerta de casa para sorpresa de mi madre, que no daba crédito a tan circunspecto comportamiento. La pobre, acostumbrada a mis desvaríos, olvida siempre que hay tres noches al año que cumplo ritualmente con la buena costumbre de llegar a la hora de la cena. Mi padre y mi hermana apenas habían comenzado y ella, apresuradamente, me ha puesto en la mesa el consabido plato de hervido, que he despachado en un plis plas. Un huevo frito con un par de longanizas han completado una frugal colación, preámbulo imprescindible para lograr descabezar un sueño profundo, preludio deseable de la gran aventura del día diecisiete.

Antes de acostarme he colocado sobre la silla del dormitorio los fetiches que me acompañan ese señalado día: las zapatillas de carica y talón, la faja, los pantalones, el pañuelo, todo lo que envuelve el particular ritual que practico cada uno de los días diecisiete de agosto. Cuando estaba seguro de que todo estaba adecuadamente preparado, he cogido un libro cualquiera de los que había sobre la mesita de noche y ha empezado a leer distraídamente. A los pocos minutos, la lectura ha operado su soporífico efecto, convenciéndome de que había llegado el momento de dormir. He apagado la luz dispuesto a conciliar el sueño. Contrariamente a lo que me convenía, he pasado más de dos horas dando vueltas y vueltas en la cama, sin lograr materializar el vigorizante descanso que ansiaba.

Serían aproximadamente las dos y media de la madrugada cuando he logrado dormirme. Afortunadamente, he completado un par de horas de sueño profundo y reparador. Eran las 4:30 h. cuando tenía de nuevo el despertador en mi mano. Todavía faltaban más de dos horas para que sonase el toque de diana. He intentado volver a dormir, cosa que he conseguido de aquella manera, entre los sobresaltos de un interminable duermevela. Finalmente, antes de que dieran las seis, he apagado definitivamente el despertador e incapaz de seguir en la cama un minuto más me he puesto en pie. He desayunado frugalmente, café con leche y una tostada, y he vuelto al dormitorio a aderezarme para el gran día. Me he enfundado los pantalones y la camisa, me he calzado meticulosamente las espardeñas, atándolas ritualmente a los tobillos, me he envuelto en la faja colorada que me acompaña siempre y me he repeinado, he dado un abrazo a mi padre y un beso a mi madre y he salido a la calle cuando apenas eran las siete.

Me he dirigido a la plaza y allí he encontrado a algunos amigos de la peña preparados para el gran evento. Entre dichos y chascarrillos, entre nervios y ocurrencias, combatiendo como podíamos el ansia de que todo empezase, ha transcurrido la larguísima hora que quedaba para que se diese la salida al toro. Porque hoy, diecisiete de agosto, desde hace centenares de años, es el primer día de torico de la cuerda, en Chiva. A las ocho en punto de la mañana.

Y allí estábamos, como todos los años. O al menos eso creía. Pero no, vana e infundada ilusión. Me acabo de despertar, estoy en Alicante, son las diez y, sin duda, hace rato que debió concluir la primera carrera del torico. Supongo que son cosas de la edad. ¿Qué le vamos a hacer?

jueves, 11 de agosto de 2016

Tristeza.

Se dice que casi todo el mundo cree que sabe qué son las emociones, aunque lo cierto es que tal certeza es una mera suposición, que deja de tener sentido en el preciso instante en que se pide a alguien que las defina. Justo en ese momento, quienes son sinceros reconocen que no saben casi nada de ellas. Cosa que, por otro lado, no es algo excepcional porque en el ámbito de la Psicología, la disciplina a la que corresponde específicamente su estudio, el área emocional es una de las que adolecen de un corpus de conocimiento de escasa solidez.

Comúnmente, se acepta que lo emocional es un espacio (?) difícil de investigar. Tal vez por ello escasean en ese ámbito los estudios sistemáticos y están poco definidas las metodologías. De ahí que sea complicado hallar definiciones y clasificaciones de las emociones, que respondan rigurosamente a las dimensiones que las individualizan. Pese a ello, existe cierto acuerdo en que una característica que las singulariza es el agrado o el desagrado que producen. La emoción siempre tiene una connotación de placer o displacer; ese vínculo es un rasgo diferencial que la distingue de otras variables psicológicas. Así pues, en general, se acepta que una emoción es una experiencia afectiva que conlleva para quienes la sienten una percepción agradable o desagradable, produciendo placer o displacer. Incluso algunos autores aseguran que las emociones tienen funciones que les confieren utilidades únicas. Consideran, por ejemplo, que las denominadas emociones básicas (el miedo, la ira, la alegría, la tristeza, la confianza, el asco, la anticipación y la sorpresa) contribuyen a asegurar nuestra adaptación social y a facilitar el propio equilibrio personal.

Esta dilatada introducción no tiene otro objeto que servir de preámbulo a algunas reflexiones bienintencionadas, que no tienen otra peregrina e injustificada intención que contribuir a atemperar el estado anímico que embarga a uno de mis mejores amigos: la tristeza. Hace días que se siente triste, afligido, apesadumbrado, melancólico. Preso de un cierto dolor moral, que parece deprimir sus afectos. Algo tan novedoso en él, como paradójicamente cercano.

Hace siglos que las páginas de la vida y de la literatura están repletas de tristezas. Existe una vetusta tendencia a subrayar lo problemático, lo que produce displacer, porque lo positivo, la felicidad, apenas tiene interés social. Las emociones negativas originan mayores sentimientos de empatía que las placenteras. Tendemos a despreocuparnos de lo que es normal y a centrarnos en lo atípico, que es lo que necesita y debe ser comprendido y explicado. Se ha impuesto, definitivamente, una corriente cultural que minusvalora el interés, la riqueza intelectual y la hondura moral de las personas que expresan su alegría, que comparten su afición por la vida, que publicitan las habilidades con que la disfrutan. Contrariamente, reconocidos autores han compuesto algunas de sus mejores páginas ahondando en sentimientos importunos como el miedo, la tristeza, el abandono, la soledad, el desamor, el fracaso, la vergüenza, la rabia o la culpa. Sentimientos que, por otro lado, todos identificamos porque los hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas.

Las definiciones de tristeza atienden a menudo a las situaciones particulares; por ello, los estados mentales que corresponden a las personas tristes son variopintos. Mientras unos la describen como algo parecido a no encontrar sentido a la vida, otros aseguran que se trata de un sentimiento que hace pensar y reflexionar sobre las cosas más preocupantes. Hay quienes ven la tristeza como algo vinculado a cualquier problema personal, y terceros que la conciben como una sensación de vacío interior, que no se consigue llenar hasta que se supera. Algunos la visualizan como una compañera que hace que tomemos conciencia de nosotros mismos y de los demás, proporcionándonos una visión de largo alcance que nos ayuda a reflexionar y a enfrentarnos a los problemas. Como puede imaginarse, hay otras muchas visiones de la tristeza, cada una con su particular acento.

Cualquiera que sea el concepto de tristeza que se adopte no debería conllevar la connotación negativa que generalmente se le atribuye, porque difícilmente se concibe la vida sin sufrimiento. Es poco discutible que la tristeza es, en tanto que emoción básica primaria y recurso adaptativo y social, un simple estado de ánimo. Estar triste no es estar enfermo, ni ser infeliz. La tristeza es algo normal y necesario, que limita nuestra actividad y nos induce indiferencia respecto a las cosas, es verdad, pero también nos permite experimentar facetas insólitas de la vida feliz, como intensificar la búsqueda y el autoconocimiento. De hecho, tratar de evitar radicalmente la tristeza puede ser más doloroso que sufrirla. Es más, si nos obstinamos en ello, probablemente vivamos atemorizados.

Le diría a mi amigo que las emociones son como señales de algo que está sucediendo, que indican que algo importante ocurre en nosotros o en nuestras relaciones sociales. Sin ellas sería imposible asegurar algo que es imprescindible: el necesario diálogo con nosotros mismos, con nuestro mundo interior y exterior. Le diría a mi amigo que la tristeza es algo normal, una emoción que provocan percepciones realistas y no distorsionadas de acontecimientos que conllevan pérdidas o decepciones. Y le diría, sobre todo, que es pasajera y que no merma la autoestima. Es verdad que cuesta disociarla del sufrimiento, pero debemos intentar que se convierta en un sentimiento saludable, ponderando en sus justos términos los elementos que la provocan, eludiendo dramatismos y catastrofismos. En esto, como en tantas otras cosas, lo importante no es el hecho que produce el desequilibrio o la desesperanza, sino el cómo uno lo vive.

Como corolario, sin pretensiones, le diría a mi amigo que sentir y entender la propia tristeza nos hace más poderosos y hasta puede ayudarnos a mejorar la autopercepción. Le diría, por encima de todo, ¡ánimo, amigo!

miércoles, 3 de agosto de 2016

El alba.

A mi amiga Susy, in memoriam.

Hoy, antes de que las luces del alba disipasen el titileo de las farolas del alumbrado público, cuando estaba en pleno apogeo el gratísimo frescor que acompaña las primeras horas de la mañana, mucho antes de que lograse abrirse camino el día y que los primeros coches se deslizasen por las arterias de la ciudad, ya me había levantado de la cama. Un inoportuno desvelo ha quebrado mi descanso, aunque, en contrapartida, me ha ofrecido la oportunidad de disfrutar de la alborada, de ese momento, no por habitual menos mágico, en que la luz se adueña definitivamente de las tinieblas, dejándolas en segundo plano, como el que ocupan los actores secundarios. Una vez más he disfrutado del lapso del día en que la luz tamizada deslustra, neutraliza y se adueña de las infinitas y artificiosas luminiscencias que pueblan calles y casas, como pretendiendo, paradójicamente, alumbrar la noche, el espacio temporal en el que, si algo carece de sentido, es precisamente la luz.

No son muchas las cosas que requieren la atención a estas horas. Tal vez por ello las observamos con parsimonia, las miramos mientras las reconocemos y apreciamos. Así, por ejemplo, sorprenden las espaciadas carreras de los coches que empiezan a transitar por las calles, o el acompasado caminar de personas solitarias que se dirigen a sus trabajos, o Dios sabe a donde. Choca comprobar como algunos ciclistas madrugadores, cual centauros en velocípedo, aprovechan las primeras horas de la mañana para completar sus paseos, antes de que el calor agobiante aborte otras pretensiones más perezosas.

En pocos minutos la luz se adueña plenamente del espacio, definiendo cada uno de los elementos que incluye. Se recortan los edificios en el horizonte, se desvanecen los destellos de los anuncios luminosos de las marquesinas de las paradas de los autobuses, se apagan las farolas de las urbanizaciones, se perfilan los contornos de las arboledas, se iluminan definitivamente las tinieblas. Por fin, el cielo clarea, mostrándose plomizo, anunciando, probablemente, otro agobiante día de calor. 

Hoy me he levantado con ganas de machacar el teclado del ordenador que tengo abandonado unas cuantas semanas. Y no se me ha ocurrido otra cosa que contar la secuencia del inoportuno madrugón, tan carente de sentido como inopinadamente sobrevenido. Y es que, así, como el que no quiere la cosa, sin explicación razonable, el calor, la ensoñación, o vete a saber qué, hace que se te abran los ojos como platos, que te embargue la desazón, que se adueñen de ti los nervios, y que no quede otra que ponerse en pie. Eso sí, con la íntima esperanza de que el acontecimiento sea la simple flor de un día y de que mañana, como habitualmente, el alba me vuelva a sorprender en brazos de Morfeo.