viernes, 9 de febrero de 2018

Tómbola de caridad

Busco alguna explicación y no la encuentro. Desconozco por qué hoy, ocho de febrero, casi sesenta años después, viene a mi mente, nítidamente, la imagen de la Tómbola Valenciana de la Caridad, una especie de lugar “sacro-laico” al que concurríamos mi madre, mi hermana y yo cada vez que viajábamos a la capital para visitar a algún médico, porque jamás fuimos allí para otra cosa. Quizá deba darle la razón a Juan Marsé y a Luis Landero cuando aseguran que la infancia es para muchos una fuente de inspiración. Verdaderamente, ¿quién no guarda innumerables recuerdos de una etapa tan determinante de la vida? Algunos pertenecen a la memoria consciente, y otros muchos llenan la memoria inconsciente. Olores, sabores, sonidos, visiones, experiencias… Asombro es, tal vez, la palabra que mejor define esa primigenia percepción del mundo que en ese momento evolutivo se nos ofrece esencialmente ignoto. Parece estar ahí, esperando a que lo descubramos. Cada vez tengo menos dudas de que somos quienes somos porque fuimos los niños y niñas que fuimos. La infancia, como dice Landero, es para siempre. Yo también lo percibo así.

Recuerdo, por seguir con el ejemplo, los viejos paseos por el entorno de la Plaza de la Virgen, cuando mis inofensivos y fascinados ojos miraban la basílica de la Mare de Déu dels Desemparats, la Seu, el Micalet, el palacio arzobispal… Por cierto, este último, un horror de arquitectura folklórico-franquista –según aprecio que hice años después– característica de los años del nacionalcatolicismo, que tantas desdichas incitó y provocó en el urbanismo y en la educación de la capital del Regne, y en casi todos los lugares del país.

Precisamente el actual ocupante de la sede arzobispal, uno de los cuatro o cinco obispos valencianos que han detentado semejante privilegio en los seiscientos años transcurridos desde la institución del arzobispado en tiempos de los Borgia, parece la mar de satisfecho prolongando la inquebrantable coherencia ultraconservadora que refrenda la historia de tan magna católica, apostólica y romana corporación. Una sede, la valenciana, a la que dieron enjundia y solera sus tres primeros arzobispos: César Borja, hijo de papa, y sus dos primos Joan de Borja y Pere Lluís de Borja, cardenales. Un ejemplo paradigmático del nepotismo y el clientelismo imperante en los años en que alboreaba la Edad Moderna, cuando todavía no se habían cuestionado de verdad las mejores prácticas feudales.

Con don Alfonso de Borja, obispo de Valencia, posteriormente conocido con el nombre de Calixto III, arranca el origen de la familia que con el tiempo se revestiría de los más preclaros timbres de nobleza, de poder y de influencia, enlazándose con príncipes, magnates reales y próceres del más rancio linaje nacional y extranjero, dando pábulo a las leyendas más delirantes, haciendo correr ríos de tinta y dejando para la posteridad un patrimonio material envidiable. Un debut, todo hay que decirlo, sin seguidores, porque de los más de cuarenta arzobispos que han sido designados tras él, hasta hoy, apenas media docena son valencianos. Históricamente, los arzobispos valentinos han sido metódicamente castellanos, fieles servidores del monarca o del dictador de turno.

Dando un inevitable salto histórico, para no hacerme excesivamente pesado, me transporto a los años cuarenta del pasado siglo. En 1946, es nombrado arzobispo de la diócesis Marcelino Olaechea y Loizaga, franquista y vasco. Apenas un año después de su toma de posesión crea un banco y un patronato, naturalmente bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados, para la construcción de viviendas “higiénicas”, de renta reducida, que debían acoger a parte de la multitud de emigrantes que llegaban a la ciudad. Una decisión que secunda, con siglo y medio de retraso, los esfuerzos de los higienistas decimonónicos por facilitar el cambio de los hábitos y las condiciones materiales de vida de los obreros en aquellos pretéritos tiempos de la revolución industrial, que tan esquiva resultó a este país. El hacinamiento y el caos urbanístico que vivieron las ciudades industriales en la primera mitad del siglo XIX, encontraban ahora su réplica en una ciudad, tradicionalmente agrícola, que amparaba una legión de inmigrantes que le hacía crecer a un ritmo mucho más rápido que la construcción de viviendas. De ahí que, en 1948, el Patronato levantase los primeros grupos en Tendetes y Patraix, y un año después en Benicalap. En 1951 ve la luz el proyecto estrella de don Marcelino, como no, el barrio de San Marcelino, que con 530 viviendas fue el grupo más grande de cuantos construyó el Patronato. El dinero para llevar a cabo estos proyectos lo consigue, presuntamente, con la famosa tómbola, que funda en 1948 e instala en la plaza de la Reina, y por la que se le empezó a conocer como el arzobispo tombolero, trocándose popularmente sus apellidos en “tombolaechea” y “dinerolohaga”. Le sucedió otro obispo franquista y navarro, García Lahiguera. En fin, salvando algún buen hombre, como Roca Cabanilles, lo de la diócesis valentina es históricamente memorable.

Más allá de este excurso que, la verdad, no sé por qué lo he emprendido, me pregunto: ¿qué pensaríamos aquellas paupérrimas criaturas cuando visualizábamos, asombrados, un conjunto monumental tan portentoso como el que acoge la diócesis valentina? ¿Qué pensaría mi madre cuando decidía comprar aquellos boletos de la tómbola episcopal? Daría cualquier cosa por poder preguntárselo.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Seducción

Una de las máximas aspiraciones de cualquier ser humano es gustar a los demás. Tan es así que ese anhelo lleva a algunas personas a intentar conseguir por cualquier medio que todo el mundo ansíe su amistad, su compañía, su cuerpo, su inteligencia o cualquier otro de sus atributos y/o habilidades. Ciertamente, quienes logran cosechar fama por méritos propios consiguen tales indulgencias, que suelen ir aparejadas con el hecho de ser conocidos por gestas o particularidades que los hacen populares. Pero no es menos cierto que muy pocos son quienes alcanzan la gloria. De modo que la inmensa mayoría de los mortales estamos predestinados a engrosar el descomunal ejército de los buscadores del minuto o trocito de gloria. Una quimera en la que algunos empeñamos casi lo que sea. Incluso vendemos nuestras vergüenzas a cualquier postor y/o, lo que es peor, las exhibimos pública y descarnadamente.

La semana pasada estuvimos en tierras extremeñas, participando en uno de los viajes del IMSERSO. La base de operaciones radicaba en Mérida, la insigne ciudad erigida sobre la colonia Iulia Augusta Emerita, que fundó, por encargo de Augusto, Publio Carisio con objeto de asentar en ella a los soldados licenciados (eméritos) de las legiones X Gemina y V Alaudae, excombatientes de las guerras cántabras. Entre la infinidad de restos arqueológicos, espacios históricos, museos y, ¿por qué no decirlo?, bares y restaurantes donde delectar el paladar con chacinas y caldos de la Ribera del Guadiana, una anécdota contingente, que alude a un viejo vecino de la ciudad, sedujo mi interés. La narración no es otra cosa que el relato de la biografía, inequívocamente legendaria, de un atleta poco conocido que, sin embargo, ocupa por derecho propio un espacio merecidísimo en el olimpo de los deportistas más admirados y ricos de la historia. Su nombre: Cayo Apuleyo Diocles.

Diocles fue un auriga hispanorromano, natural de la provincia de Lusitania, al que cabe el honor de ser el más notable del Mundo Antiguo en su especialidad. El celebérrimo Antonio García Bellido lo etiquetó como el "héroe de las muchedumbres más apasionadas, ídolo de un pueblo que cifraba su felicidad en estas dos solas palabras: panem et circenses”. Su carrera deportiva fue inusualmente larga, alcanzando los veinticuatro años, cuando la mayoría de sus adversarios morían o quedaban desahuciados mucho antes por la frecuencia de los accidentes. Cuando tenía dieciocho, probablemente tras imponerse en competiciones locales, que ya eran de primer nivel, emigró a Roma. Allí las “escuderías” del momento se denominaban “facciones”, con seguidores tan fanáticos como los actuales hooligans.

Según consta en el testimonio epigráfico más importante que existe sobre las carreras de carros, cuyo original se ha perdido –y, por tanto, solo se conocen los detalles que menciono a través de copias–, Diocles comenzó a correr a los 18 años por la facción blanca, cambiando a la verde a los 24 y, finalmente, a la roja a los 27, donde siguió corriendo hasta retirarse a los 42 años, una edad muy excepcional. Compitió en 4.257 carreras y obtuvo 1.462 victorias, quedando en segundo o tercer puesto en otras 1.438 carreras. Su porcentaje de triunfos es superior al 34 %. Unos registros estratosféricos que prácticamente nadie alcanzó. Bien es verdad que, como hacía M. Schumacher con los bólidos de Ferrari, conducía seleccionadas colleras de caballos lusitanos, que se dice que eran los mejores del momento. Debió ser así porque la tradición asegura que a las yeguas lusitanas las engendraba el viento. Algunos de ellos fueron tan famosos que sus nombres estaban en boca de los aficionados. Es el caso de Cotino, Gálate, Abigeio, Lúcido o Pompeyano, ancestros reputadísimos de Northern Dancer, Secretariat, Phar-Lap, Sea Bird, Man o'War, Citation, Nijinsky o Spectacular Bid, todos purasangres que se adueñaron de los hipódromos a lo largo del último siglo.

Esta semana se inició con la celebración de la 52 edición de la Super Bowl (partido final del campeonato profesional de fútbol americano), el mayor evento deportivo que existe en el mundo actual, que aúna los ingredientes que caracterizan el deporte de alta competición: espectáculo, polémica, pasión… dinero; en suma, deporte y capitalismo, o viceversa. Un show metadeportivo que disputaron los New England Patriots y los Philadelphia Eagle, cuya victoria final se apuntaron los últimos contra pronóstico. Las cifras que mueve el evento marean: 120 millones de espectadores solo en EE.UU y más de 200 cadenas de todo el mundo retransmitiendo el partido, que agregan 100 millones de espectadores adicionales. El dinero que concita la Super Bowl es descomunal. Los Eagles, dueños del Vince Lombardi 2018 (trofeo de la competición), recibirán un premio de 112 mil dólares por cada jugador, que para los de los Patriots será de 56.000. A estas cantidades hay que sumar los 79 mil dólares que ambos equipos consiguieron al vencer en los dos partidos de playoffs de sus respectivas conferencias. Una fortuna que, como otras, tiene eco en la revista Forbes, que desde la neoyorkina Quinta Avenida publica anualmente, desde 1986, su lista de las personas más ricas del mundo. Según ella, en el ámbito del deporte, los cracks mejor pagados en 2017 fueron Ronaldo (93 millones de dólares), LeBron James (86), Messi (80), Federer (64) y Kevin Durand (60,6). Es decir, dos futbolistas, dos jugadores de baloncesto y un tenista.

Pues bien, estas descomunales ganancias, cuya magnitud supera mi capacidad de apreciación, apenas son nada comparadas con la fortuna que amasó el amigo Diocles. Según los cálculos que ha realizado el investigador Peter Struck, profesor de Estudios Clásicos en la Universidad de Pensilvania, ganó a lo largo de su carrera 35.863.120 sestercios –el equivalente a 15.000 millones de dólares–, cifra lejos del alcance de cualquiera de los megacraks mencionados que, por otro lado, está acreditada en la inscripción monumental que le dedicaron sus admiradores y compañeros de profesión cuando murió.

Y es que alrededor de este auriga se creó una aureola gracias a la cual sus ingresos económicos se multiplicaron. De su fortuna solo tenemos noticia de las rentas consolidadas por las carreras ganadas. Pero no todo acababa ahí. Debe tenerse en cuenta que el merchandising de la época en torno a gladiadores y aurigas incluía todo tipo de objetos: lámparas de aceite con la efigie del deportista, que se vendían en mercados y en los propios eventos; mosaicos conmemorativos equivalentes a los posters actuales; estelas; estatuillas... Incluso los nombres de los caballos se incluían en estos elementos. Para hacernos una idea de cómo eran las cosas, baste recordar que el emperador Calígula nombró cónsul a su caballo favorito, Incitatus. Así pues, ya entonces la capacidad de movilización de fans y seguidores generaba importantes ingresos adicionales a los premios, lo mismo que lo hacían las apuestas y el material promocional de los deportistas, que es fácilmente reconocible en los yacimientos de la época.

Nihil novum sub sole. Al final del camino, tutto cambia perché nulla cambi: imperio, panem et circenses, merchandising... El cinismo de los que siempre prefieren las cosas a las personas, como Lampedusa. Puestos en este trance, me seduce mucho más la versión atlética, original y analógica, encarnada por Diocles, que la de sus remedos tecnologizados de la era de globalización.

lunes, 5 de febrero de 2018

La educación, materia opinable

Escribir, lo mismo es un vicio incontinente, una quimera que te absorbe y te seduce, que una costumbre fugitiva, corroída por la pereza e invadida por el olvido de la cotidianidad, o presa de ambas cosas, a poco que te descuides. No sé exactamente cuánto, pero seguramente hará alrededor de un mes que no he cogido el lapicero para completar una línea de este blog. Cuatro semanas de ayuno expresivo condicionado por otros menesteres que, aunque estaban relativamente previstos, han terminado ocupándome más de lo que hubiese deseado. Menos mal que una noticia aislada, que leí el pasado viernes en el diario Hoy, de Extremadura, me rescata de esa alargada apatía. Aquello a lo que me refiero no es asunto novedoso. Es más, en los medios de comunicación suelen aparecer opiniones equiparables a las que relataré, de la misma manera que recogen cada cierto tiempo interesadas –y casi siempre desafortunadas– declaraciones de políticos insidiosos, que aprovechan cualquier coyuntura para meter cizaña y trabajar en la dirección que no debieran.

El titular del artículo al que aludía, rezaba del siguiente modo: “Santa Amalia no quiere ser Helsinki”. Hablamos de un municipio pacense de la vega del Guadiana, próximo a Don Benito. La entradilla subrayaba: Madres de alumnos del colegio público de Santa Amalia exigen a Educación que modifique la enseñanza ‘a la finlandesa’ que se imparte de 3 a 6 años”. Despieces y textos de apoyo recogían entrecomilladas algunas opiniones de las madres que sostenían opiniones categóricas sobre la metodología escolar: “Le tuve tres meses y le saqué del colegio porque no me gustaba el método; mi hijo, como los demás, estaba al libre albedrío”, señalaba una. Otra aseguraba que su hija “perdió lo que llevaba aprendido de la guardería cuando llegó a este centro, el único que hay en el pueblo.” Incluso una tercera apostillaba: “He matriculado directamente a mi hijo en un colegio de una localidad cercana; no respaldo un método en el que el niño hace lo que le apetece en cada momento”.

El colegio público Amalia de Sajonia es un centro educativo con 400 alumnos de E. Infantil y E. Primaria, de los que un centenar tiene edades entre 3 y 6 años. Por lo que se dice en el reportaje, desde hace casi una década, el centro desarrolla un proyecto educativo innovador, rotulado “Aprendiendo a ser yo mism@”. Se trata de una propuesta de inspiración finlandesa, basada en el modelo constructivista del aprendizaje, que pretende ser una réplica de las exitosas prácticas educativas de aquel país, y que esencialmente consiste en “educar al ser humano en su totalidad, estando a su lado cuando nos necesita, pero dejándole libre para ser”. Las seis profesoras responsables de materializarlo argumentan que han optado por él después de años de experiencia, de formación y de continua renovación pedagógica. Han transformado las aulas en espacios abiertos y su función docente ha permutado la directividad por el acompañamiento. De modo que en el colegio no existen clases por niveles, los alumnos se mueven con total libertad y cumpliendo unas normas claras por los seis espacios que han preparado con los recursos materiales y humanos disponibles. Seis son, pues, los entornos en los que se trabajan otros tantos ámbitos formativos: Lengua, Actividades Multisensoriales, Ciencias y Experiencias, Plástica, Psicomotricidad y Música, así como un espacio de Juego Simbólico.

Las mamás de los pequeños aseguran que no rechazan la metodología constructivista, sino cómo la aplica el colegio. Consideran que es una forma de enseñanza que no es segura para sus hijos, “dado que con el sistema de aulas abiertas todos los niños se encuentran simultáneamente al cuidado de todas las profesoras a la vez”, de tal modo que ninguna está pendiente de un grupo concreto. “Esto hace que cuando vas a preguntar a la tutora por tu hijo, pueda decirte poco”. Apostillan, además, que al permitir que los niños estén en cada momento de la jornada lectiva en el lugar que les apetezca, “algunos pasan prácticamente todas las mañanas fuera de las aulas”. Más allá de la seguridad, entienden que es preciso que se les motive para que inicien el aprendizaje. En su opinión, deberían comenzar el conocimiento de los números y las letras, aproximarse a la lectura y a la escritura, ya que afirman que “se pueden pasar tranquilamente los tres cursos de Infantil sin coger un lápiz”.

Estoy seguro de que algunos que lean lo que escribo recordarán episodios similares vividos en otros tiempos y lugares. Y aunque resulte redundante, conviene evocar lo que hace pocos días decía la maestra, escritora y académica Carme Miquel en el diario Levante, que no es otra cosa que el prontuario que todo maestro o maestra que se precie tiene siempre en su memoria. En ese vademécum se recoge categóricamente que ser maestro requiere capacidad y técnica para poner al alcance de los alumnos los conocimientos científicos y humanísticos, valorando las aportaciones de todos los pueblos y culturas, empezando por los propios. También exige ocuparse de desarrollar al máximo sus capacidades intelectuales y físicas proporcionándoles mecanismos para vivir y convivir de manera óptima. Demanda, además, ensanchar su creatividad y racionalidad, transmitirles una cultura de paz y de defensa de los derechos humanos y educarles en la solidaridad y en la cooperación. Exige fomentar en los niños y muchachos actitudes de respecto al territorio, habituándolos a tener conciencia y saber tomar medidas para revertir los problemas ecológicos que amenazan el planeta.  Ser maestro o maestra preceptúa favorecer en ellos el sentido crítico, la capacidad de discernir, de pensar libremente y de decidir, obviando las presiones sociales inconvenientes.

Todo ello hace del magisterio un oficio ilusionante y digno, pero también enormemente complejo. La inmensa mayoría de los profesionales son personas conscientes, rigurosas y  comprometidas en sacar adelante un empresa con infinitas aristas y enormes dificultades. Muchas veces deben navegar contracorriente, combatiendo con valentía y determinación las exigencias torticeras de grupos de presión y conglomerados sociales que fomentan la competitividad, la irracionalidad, la vulgarización y la banalización de aspectos importantes de la vida. La educación de las personas que habitan un país necesita el apoyo del conjunto de la sociedad. Utilizar el mundo educativo para hacer demagogia, fracturar la convivencia o generar malestar y desconfianza hacia los maestros, sembrando infundios y espoleando a los padres para que actúen como inspectores sin cualificación de la tarea educativa, además de ser indigno y manipulador, es extremadamente pernicioso para la formación de los futuros ciudadanos. Una sociedad moderna jamás se asienta sobre la intolerancia, la manipulación o el sectarismo.

Si las madres de los alumnos de Santa Amalia conociesen mínimamente los rudimentos del trabajo que desarrollan las maestras y los maestros, estoy seguro que tendrían opiniones diferentes de las que traslada el artículo de referencia. Nunca es tarde para aprender, únicamente se requiere actitud y voluntad para hacerlo.

martes, 2 de enero de 2018

Paradojas (2)

Hace años leí un reportaje encabezado por un larguísimo titular que, más o menos, rezaba: “Un pueblo de Almería logra un record Guiness al conseguir reunir en una playa cerca de mil personas para un baño comunitario ‘en pelotas’, batiendo la marca alcanzada anteriormente por una ciudad australiana”. En él se contaba que su ufano alcalde se mostraba orgulloso de semejante hazaña, inmortalizada por las sobrecogedoras fotografías que incluía mostrando supongo que sin premeditación los estragos que el paso del tiempo perpetra sobre las humanas morfologías: barrigas cerveceras, celulitis desorbitadas, lorzas gigantescas, colgajos y desperfectos; en fin, demasías todas, que sugerían más un cuadro hiperrrealista del infierno dantesco que los ‘flashazos’ de una jornada festiva protagonizada por alegres naturistas. Este carpetovetónico país nos tiene acostumbrados a estas desinhibidas frivolidades y desparpajos que, por otra parte, caracterizan una aparente ‘modernor’ que nos otorga, por mérito propio, posiciones privilegiadas en los rankings del disparate y nos relega de otros prestigiosos inventarios políticos, económicos, culturales o educativos. 

Por otro lado, no es menos cierto que este reino de panoplia y pamplina, o de pandereta y peineta –como se prefiera–, patrimonializa enormes incongruencias. Las “naturalidades” mencionadas conviven y contrastan con constricciones anacrónicas, que perviven sorprendentemente y hasta se enaltecen escandalosamente. Un ejemplo de ello es una enigmática y casi perdida  tradición, que se ha convertido en emblema del pueblo gaditano de Vejer.

Monumento a la cobijada. Vejer de la Frontera.
Como es archisabido, el Romanticismo puso de moda el tema morisco en la literatura europea, haciendo de España el país depositario de aquella histórica herencia. Varios fueron los viajeros que, en el segundo tercio del siglo XIX, recorrieron las regiones sureñas en busca de la huella árabe, como lo hizo Richard Ford, en 1832. En su Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa describe su recorrido por los pueblos de la comarca de La Janda. En él comenta que desde una de las fondas en las que se alojaba divisó Vejer, que se le ofrecía como “el espejo mismo de una ciudad mora, escalando penosamente una empinada eminencia”. A a su paso por Tarifa dice literalmente que admiró a sus mujeres “proverbiales por su gracia y meneo” y “su manera curiosa y oriental de llevar la mantilla”. Asegura que en Marchena contempló “cobijadas” similares, vistiendo esa curiosa prenda a la usanza mora que, según él, “consiste en no mostrar más que un ojo; que, sin embargo, punza y penetra, emerge del velo oscuro como una estrella, y la belleza se concentra en un solo foco de luz y significado”.

Ford se refiere en su relato al traje de “cobijá”, como se le conoce popularmente por estas tierras, compuesto por unas enaguas blancas con tiras bordadas, una blusa del mismo color adornada con encajes, una saya negra sujeta a la cintura, a la que le sobresale el encaje bordado de las enaguas; y un manto negro, fruncido con un forro de seda, que cubre a la mujer totalmente, excepto un ojo que queda al descubierto.

Diferentes fuentes documentales, consultadas por antropólogos y etnólogos, confirman que el genuino y turbador atuendo que compone el cobijado de la mujer de Vejer es una pervivencia del traje castellano de manto y saya, que los conquistadores debieron exportar a Andalucía a finales del siglo XIII y principios del XIV. Al contrario que el jaique, con el que se ha querido comparar, que es un lienzo único e inconsútil, las cobijadas visten un atavío más alambicado, cuyo uso se prohibió definitivamente en 1931, tras múltiples intentos anteriores. Una prohibición que pretendía eliminar el uso de prendas que disfrazaban la identidad y facilitaban el trasiego de armas. Después de la Guerra Civil hubo amagos para recuperar la cobijada, pero la penuria posbélica había hecho que la mayoría de esos trajes se reutilizasen para confeccionar prendas masculinas y ropa de cama. No obstante, todavía se conservan algunas cobijadas originales, como la que custodia el Museo del Traje de Madrid. Curiosamente, en 1976, se recuperó la tradición y actualmente se utiliza en las fiestas patronales de Vejer, que se celebran del 10 al 24 de agosto.

Dios me aparte de la tentación de cuestionar las inveteradas costumbres de nadie, y mucho menos de las de las vejeriegas. Lejos de mi ánimo objetar los usos y tradiciones de un histórico y reputado municipio en cuyas aguas se disputó la batalla de Trafalgar y que acogió pedanías como Barbate o Zahara de los Atunes, hoy afamadas y autónomas municipalidades. Pero, a fuer de sincero, diré no me gusta la cobijá, como no me gusta el burka, el niqab, el chador o el burkini. Me desagrada que tales prendas sean privativas de las mujeres. Si utilizarlas tiene algún fundamento o recomendación ecológica o fisiológica, no concibo que no se busquen soluciones parejas para la indumentaria masculina.

De modo que, hoy por hoy, me hiere la vista contemplar a las mujeres con burkini en playas y piscinas mientras, simultáneamente, observo a sus maridos, hijos, padres y hermanos tomando el sol y bañándose desenfadadamente luciendo sus 'meybas'. Me agobia y abruma, especialmente en verano, ver en las calles a gentes con burkas, niqabs o cobijadas. Me cabrea leer comentarios hipermachistas, como el recogido en el meritado texto de Richard Ford, cuando refiere que “después de los toros, lo más peligroso eran estas tapadas”. Y es que, al decir de Quevedo –otro que tal, añado– “tras la apariencia austera y grave del traje de manto y saya, las cobijadas podían mostrar y a su capricho –faltaría más– todas las excelencias femeninas”.

En fin, puestos a elegir, pues la verdad, prefiero el despelote almeriense, ¿para qué disimular?

domingo, 31 de diciembre de 2017

Cool

Inmemorialmente, hoy, como cada día, asistimos a la gran eclosión de la vida. Gracias a la vida, proclamó justamente la inmortal Violeta del Carmen Parra Sandoval. La vida que siempre sorprende con su imparable curso, a veces participado por las personas y a veces por otros seres y fenómenos. Todos, en suma, simultánea o secuencialmente, protagonistas fortuitos de los acontecimientos aleatorios que construyen la historia.

La Real Academia sigue displicentemente ajena a ese imparable fluir. Persiste en su renuencia a ‘sacralizar’ la vitalidad inabarcable de los códigos que acordamos los hablantes. Pese a lo imparable de la globalización o la abrumadora presencia de la digitalidad. Pese a que el lenguaje, los medios que utilizamos las personas para comunicarnos, sea el mejor reflejo de la trayectoria de nuestras vidas porque las retrata fielmente, a veces con sutileza, otras descarnadamente. Lo hace especialmente el léxico común, al que los próceres y académicos suelen regatear el lugar que, justamente por tal motivo, debiera ocupar en el parnaso de las palabras.

Mientras vivimos echamos mano de lo que sabemos, inventamos y compartimos; construimos nuevos significados. Unas veces con motivación y sentido; otras llevados del esnobismo más frívolo. En todo caso, ahí estamos, unos y otros, vivitos y coleando: transcendentales o superficiales; snobs o castizos; corrientitos o extravagantes. Todos habitantes de la plaza pública, usuarios de las novísimas ágoras sociales, visitantes circunstanciales de mentideros y alcaicerías. Generando léxico, construyendo significados.

La página electrónica del DRAE proclama que el formato digital del Diccionario incorporó, en marzo de 2012, la quinta actualización desde su publicación en 2001, adicionando 1697 modificaciones aprobadas por la Academia desde septiembre de 2007 hasta diciembre de 2011. La semana pasada, sin ir más lejos, el Diccionario incorporó otras 3.345 modificaciones, que incluyen palabras y acepciones nuevas, matizaciones y supresiones de términos en desuso. Por fin, evitando traicionar su trayectoria, la institución decidió considerar vocablos muy extendidos y de plena actualidad. Entre ellos, posverdad, definida como la "distorsión deliberada de una realidad" con el fin de influir en la opinión pública, y atribuida a menudo al presidente estadounidense Donald Trump o a la campaña del Brexit. O chusmear, palabra que alude a quienes hablan "con indiscreción o malicia de alguien o de sus asuntos". También espadón, como manera coloquial de referirse a un militar golpista.

Los nuevos cambios incluyen la anexión al léxico español de extranjerismos procedentes de varias lenguas. Del inglés (a estas alturas) se adopta fair play (juego limpio), cracker (los que vulneran sistemas de seguridad informáticos) o container (en las acepciones de contenedor y de barco destinado al transporte de mercancías en contenedores), y se añade también el verbo clicar. Del árabe se toman sharía (la "ley religiosa islámica reguladora de todos los aspectos públicos y privados de la vida"), umma (la comunidad de creyentes del islam), halal, el término empleado para designar la comida apta para consumo de musulmanes observantes, y hummus, la crema de garbanzos tan popular en Oriente Medio.

Se admiten términos como el neologismo postureo, esa "actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción". O buenismo, vocablo despectivo muy extendido en política y reservado a quien ante un conflicto "cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia". Y, entre las curiosidades o extravagancias, como se prefiera, figuran dos términos de etimología griega como aporofobia, o miedo al pobre, y amusia, definida como la "incapacidad de reconocer o reproducir tonos o ritmos musicales".

Nada tengo contra las adiciones acordadas, que me parecen pertinentes y juiciosas. Sin embargo, creo que se olvida un término que hace tiempo que debió sumarse a este particular falansterio de las palabras, el extranjerismo “cool”. Porque en el léxico común Maddona es cool y Lady Gaga no lo es tanto, por la misma razón que Marlon Brando es más cool que James Dean y ambos lo fueron más que George Cloony o Al Pacino. Y, obviamente, no estoy hablando de “lo último de lo último”

Cool (“frío”, según los viejos diccionarios), debe su actual acepción al legendario saxofonista de jazz Lester Young, que en la década de 1940 dio un giro radical al término cuando dijo: “I am cool”. Expresaba de ese modo que se encontraba relajado y que tenía la situación bajo control. Para que nos situemos, recordaré que Young fue el primer artista que actuó de noche en un escenario llevando gafas de sol.

Hoy, este adjetivo eclosionado en la escena cultural estadounidense (ya se sabe que hace años que el viento solo sopla del oeste), es sinónimo de un estado mental equilibrado, un comportamiento dinámico y un cierto estoicismo estilístico. Una persona “cool” es aquella que contesta las normas establecidas con un estilo personal, aparentando tener la situación bajo control. Es una especie de “rebelde con éxito”, una heroína o un héroe “a la última”. Gente que tiene un poder icónico instantáneo, que trasluce una visión artística original que materializa con un estilo personal, y que deja un cierto legado artístico con el que se identifica una particular generación.

Sin ir más lejos, en este país tenemos ahora mismo una artista que proclama ser una super cool. Se llama Laura Durand (https://www.youtube.com/watch?v=SYZCqaqt1zo). Tal vez deba esperar algún tiempo para que su propia generación le aúpe al lugar cool que le corresponda. Hago votos porque no acabe en el freezer. ¿Quién sabe?

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Crónicas de la amistad: Santa Pola (21)

Según cuenta la tradición, en cierta ocasión, Sócrates (no el hijo de Antonio García, sino el filósofo) se encontró con un conciudadano que le dijo:
-    ¿Sabes lo que he oído decir de tu amigo?
-    Espera un minuto le replicó, antes de que me digas nada, respóndeme a tres preguntas. No te preocupes, son sencillas y sabrás contestarlas. Yo le llamo el examen del triple filtro.
-    ¿Triple filtro?, preguntó sorprendido.
-    Correcto continuó Sócrates. Lo he ensayado en otras ocasiones y me ha dado resultado. De manera que, si te parece, antes de que me cuentes esas cosas sobre mi amigo, filtraremos tres veces lo que me vas a decir, ¿de acuerdo?
-    Conforme, respondió aquel.
-    ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto? le preguntó Sócrates.
-    No dijo el hombre, solo te voy a contar lo que he escuchado.
-    Está bien replicó el filósofo. De manera que no sabes si realmente es cierto, o no.
-    ¿Es algo bueno lo que vas a contar de mi amigo? inquirió a continuación–.
-    No, al contrario…
-    Entonces, deseas decirme algo malo sobre mi amigo, pero no estás seguro de que sea cierto. Y finalmente, añadió:
-    ¿Me servirá de algo saber lo que vas a contarme?
-    No, la verdad es que no, le respondió aquel.
-    Bien concluyó Sócrates si lo que deseas decirme no sabes si es cierto, no es bueno y tampoco es útil, ¿para qué necesito saberlo?

Hoy es 5 de diciembre, el día acordado para celebrar el vigésimo primer encuentro de esta nueva era, en Santa Pola. Nos congrega otra vez la amistad, esa relación interpersonal que nos amalgama, sin dependencias ni episodios, y en la que, sin embargo, cabe con toda sencillez la vida. Un sentimiento que requiere la alteridad y que nos impide hablar de nuestros amigos, hacer de ellos un tema de conversación, porque nos obliga a hablarles, sin más. De certezas y utilidades, y también de incertidumbres y quebrantos. Todo tiene cabida en la vida amistosa porque los amigos son esa familia que elegimos para recorrer el camino de la existencia. Definitivamente, la amistad es muchas cosas: es un sentimiento inabarcable, como es un concepto enorme y maravilloso.

Eran las once y media cuando aparcábamos en el tramo medio de la avenida de Granada, lugar en que Pascual nos había emplazado. Allí, junto al Club Náutico, estábamos Sofo, Alfonso, Tomás y yo. Casi simultáneamente llegaba Pascual. Pocos minutos después aparecían Antonio Antón y Elías. Tras los habituales y fogosos saludos, sintiendo todos el frío que a esa hora de la mañana todavía se dejaba notar, nos hemos dirigido a ‘voramar’ buscando el confort de un sol que lucía radiante, escudriñando el panorama e intentando localizar al amigo que nos faltaba, Antonio García Botella, que, inmediatamente, como si hubiese oído nuestra llamada, ha aparecido frente a nosotros justo delante del Boulevard del Puerto, una reputada cervecería de esta zona lúdica de la fachada marítima de Santa Pola, regentada por un exalumno de Pascual (¿quiénes no serán exalumnos de Pascual en este lugar?). Faltaba Luis que, una vez más, se ausentaba por imponderables sobrevenidos. Así que, tras el breve paréntesis de las primeras conversaciones, nos hemos encaminado hacia el Museo de la Sal, ubicado en las instalaciones de un antiguo molino del Parque Natural de la Salinas de Santa Pola. Una amabilísima guía, a la que olvidé preguntar su nombre (vayan por delante mis disculpas), nos ha explicado detalladamente la historia del parque y el proceso de extracción de la sal y su historia. Nos ha invitado a realizar algunos itinerarios para observar flamencos, cercetas pardillas, tarros blancos, garcetas comunes, gaviotas patiamarillas, cigüeñuelas, etc. Ofrecimiento que hemos agradecido, prometiéndole volver otro día para completarlo. Entre tanto, Domingo Moro, con la impagable ayuda del whatsupp, seguía nuestro recorrido desde Ibiza, acompañándonos y animándonos a disfrutarlo.

En el restaurante Nueva Casa del Mar
Y es que sin apercibirnos, embelesados por los detalles que nos han contado y los que hemos leído en la profusión de paneles que custodia el Museo sobre la singular explotación de la industria de la sal, disfrutando del espléndido sol que a esas horas ya reconfortaba, contemplando los flamencos en las balsas próximas…, se nos escapaba el tiempo. De modo que, tras las fotos de rigor, nos hemos apresurado a volver a la Avenida de Granada, y en concreto al Boulevard del Puerto, donde han caído las primeras cervezas, aderezadas con unos “tigres” y unas tapitas de ensaladilla estupendas. Desde allí nos hemos dirigido hacia la calle del Muelle, donde hemos dejado los vehículos. Apenas unos pasos nos separaban de Los Curros, un bar de visita obligada, donde hemos apurado el segundo tentempié antes de encarar la Nueva Casa del Mar, que era el lugar previsto para comer.

Allá estaba Rafa Bonmatí, otro exalumno de Pascual, que nos esperaba en la barra de su establecimiento con los brazos abiertos, una espléndida mesa redonda y un menú sensacional. En un salón inusualmente despejado, hemos despenado unos aperitivos a base de tacos de bonito con tomate raff, salmonetes exquisitamente fritos,  quisquillas de nasa  y un calamar a la plancha buenísimo. Todo ello constituía un preámbulo a la altura del plato principal: una caldereta de rubio, gallopedro y lubina, aderezada con unas patatas y una salsa inmejorables. Todos hemos confesado abiertamente que hacía años que no degustábamos algo similar. Un excepcional menú, regado con unas botellas de Pago de los Capellanes joven y rematado por un soufflé a la altura de las circunstancias.

La degustación de semejante menú ha dispuesto nuestros ánimos para emprender sin demora la habitual sobremesa musical. Antonio Antón ha echado mano mano de su inseparable guitarra y, tras algún escarceo por la canción popular que tanto aprecia (y en el que inusualmente tomó parte muy activa Pascual, con una aportación local y antológica, de marcado carácter marinero-escatológico), la inspiración voló a las cercanías del bolero: Si tú me dices ven, El reloj, Nosotros…, entre otros, han sido dignos broches a una sobremesa espléndida.

Casi estábamos preparando la despedida cuando alguien ha propuesto cruzar la calle y visitar la subasta del pescado que se estaba celebrando en la Lonja. En un plis plas a Pascual –que, como sabemos,  apenas tiene conocidos, ni ascendente sobre los santapoleros– le ha faltado tiempo para encontrar a un amable señor que nos ha acomodado en una tribuna desde la que hemos presenciado, anonadados, un espectáculo fastuoso. Una subasta plenamente mecanizada y puesta al día tecnológicamente y, sin embargo, con un empaque auténticamente tradicional que destila un regusto de autenticidad increíble. Hemos disfrutado de una experiencia única que nos ha proporcionado la oportunidad de admirar, vivita y coleando, una amplísima muestra de las especies que todavía atesora nuestra mar.

Puerto de Santa Pola
Parece que hoy era un día reservado para las sorpresas. Henchidos todavía de la satisfacción con que salíamos de la Lonja, nos hemos echado a la cara un crepúsculo excepcional. Las rojas tonalidades del cielo empezaban a confundirse con las sombras de la noche, el mar deslizando suavemente sus aguas oscuras, los cascos y los aparejos de las barcas recortándose entre la plateada superficie y el ardiente horizonte, las primeras luces artificiales reflejándose en la dársena, la leve brisa que impregnaba el ambiente... El edén, esos han sido postreros minutos cerca del edén, preámbulo de los últimos abrazos y la partida. Novelda nos espera en febrero. Seguro que allí estará Luis.

Como se acerca la Navidad, ahí va mi felicitación para todos, que toma la forma de un poema que se atribuye, creo que con poco fundamento, a Jorge Luis Borges. Bon Nadal per a tothom!

Poema de la Amistad

No puedo darte soluciones para todos los problemas de
la vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores,
pero puedo escucharte y compartirlo contigo.
No puedo cambiar tu pasado ni tu futuro.
Pero cuando me necesites estaré junto a ti.
[T]us alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos.
Pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz.
No juzgo las decisiones que tomas en la vida.
Me limito a apoyarte, a estimularte y a ayudarte si me
lo pides.
[N]o puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena te
parta el corazón, pero puedo llorar contigo y recoger
los pedazos para armarlo de nuevo.
No puedo decirte quien eres ni quien deberías ser.
Solamente puedo quererte como eres y ser tu amigo.
[E]n estos días pensé en mis amigos y amigas,
entre ellos, apareciste tu.
No estabas arriba, ni abajo ni en medio.
No encabezabas ni concluías la lista.
No eras el número uno ni el número final.
Lo que se es que te destacabas por alguna cualidad que
transmitías y con la cual desde hace tiempo se
ennoblece mi vida.
Y tampoco tengo la pretensión de ser el primero, el
segundo o el tercero de tu lista.
Basta que me quieras como amigo.
[G]racias por ser mi amigo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Espectros

Anoche me dormí inusualmente tarde. Abstraído en la lectura y arropado por las páginas del libro que Chaves Nogales le escribió a Juan Belmonte para contar su biografía. Habría que decir que se trata de la biografía belmontina por antonomasia, porque Juan no sería quien es si no se hubiese escrito ese texto. ¿Acaso puede imaginarse que saliese de su boca la definición del toreo que se le atribuye? Semejante clarividencia es propia de las entendederas de narradores excepcionales, como lo fue su biógrafo. Es indudable que solo a Juan Belmonte corresponde la peculiar y novedosísima concepción del toreo, que, como bien explica, ejercitó primero en los cerrados de la dehesa sevillana de Tablada (donde la pergeñó) y, luego, entre las talanqueras de los pueblos de poca monta y en los alberos de plazas de primera. Pero no concibo en los labios de Juan Belmonte una definición tan precisa de lo que significó su manera de torear, que es lo mismo que la quintaesencia del toreo actual.

Reflexionando a propósito de la inolvidable corrida que se celebró en Madrid el 2 de mayo de 1914, en la que alternaban Rafael Gómez “El Gallo”, su hermano “Gallito” y Juan Belmonte  (aquella sí que fue la auténtica corrida del siglo), cuando Juan explica el modo en que se abstraía de la enorme presión ambiental que vivía tras el clamoroso triunfo de Joselito en el quinto toro, Chaves Nogales pone en su boca lo que le sugirieron los primeros lances que le dio al sexto de la tarde, el de su apoteosis. Que no es ni más ni menos que la mejor definición del toreo que conozco: “Torear es la maravilla de convertir la pesada e hiriente realidad de una bestia en algo tan inconsútil como el velo de una danzarina”.

La biografía de Chaves Nogales está sembrada de las lindezas que acompañaron al inigualable Juan Belmonte a lo largo de su vida, reinterpretadas y reformuladas por un virtuoso de la palabra, que no solo las pone de relieve sino que les da un empaque que jamás imaginó su genial protagonista. A propósito de su primer viaje transatlántico, pone en su boca aquello de que: “Nueva York no me gustó. Demasiado grande y demasiado distinto. Ni aquellas simas profundas eran calles, ni aquellas hormiguitas apresuradas eran hombres, ni aquel hacinamiento de hierros y cemento, puentes y rascacielos era una ciudad. Va un hombre por una calle de Sevilla pisando fuerte para que llegue hasta el fondo de los patios el eco de sus pasos sonoros, mirando sin tener que levantar la cabeza a los balcones, desde donde sabe que le miran a él, llenando la calle toda con su voz grave y bien entonada cuando saluda a un amigo con quien se cruza: ¡Adiós, Rafaé…!, y da gloria verlo y es un orgullo ser hombre y pasar por una calle como aquella y vivir en una ciudad así. Pero aquí, en Nueva York, donde un hombre no es nadie y una calle es un número, ¿cómo se puede vivir?”.

O esta otra anécdota referida al día de su alternativa en Madrid, el 16 de octubre de 1913, formando terna con Machaquito y El Gallo. Una corrida accidentadísima en la que salieron del chiquero hasta once toros. El público estaba caliente. Llegó un momento en que parecía que  iba a despedazar a los diestros y quemar la plaza. Belmonte veía a la multitud encrespada y se acongojaba imaginando cómo podía terminar aquello. Asegura en el libro que en lo más impresionante del tumulto se le ocurrió lo siguiente: “Dentro de dos horas será de noche, y esto tiene que haber cesado. Se habrán muerto, nos habrán matado, lo que sea. Pero es indudable que dentro de dos horas todo estará tranquilo y silencioso. Es cuestión de esperar. Dos horas pasan pronto” Desde aquel día esa es la reflexión que le ayudó a sobrellevar los momentos de presión de algunas tardes, en las que quince o veinte mil almas aullaban como fieras en el tendido.

Me dormía consumiendo las páginas en las que se relata cuando, ya en 1918, esperaba en Panamá a su mujer, con la que se había casado por poderes en Lima y con la que viajaría inmediatamente a Buenos Aires, dejando a su mozo de espadas junto al Canal, estragado y convencido que de que no sabría volver a su Triana natal; seguro de que se moriría allí sin dar con el camino para regresar a España.

Hoy ha amanecido un día helador. Las temperaturas se han desplomado estrepitosamente. Al abrir las ventanas del dormitorio hemos comprobado que había llegado de verdad el invierno, seguramente para quedarse durante algunos días. Tras desayunar y completar las tareas rutinarias que exige el mantenimiento doméstico, he dado una vuelta por el mercadillo para comprar unas zapatillas de estar por casa y algunos olvidos. Hoy estaba concurrido y efervescente, estimulado por una climatología poco común. Todos andábamos presurosos. En pocos minutos he concluido mis propósitos y he vuelto a casa dispuesto a dar mi habitual paseo matinal.

Un recorrido a buen paso por los viales del PAU 2 me ha hecho sentir en el rostro la “rasca” de la mañana, tan cara de ver por estos pagos. Un viento frío del noroeste, con la intensidad justa, espabilaba las mientes y alegraba el paso. Las avenidas se ofrecían especialmente despejadas de vehículos y viandantes. No estaba la mañana para bromas. Así, disfrutando de esas frescas y soleadas horas mañaneras, he trazado un recorrido que habitualmente recorro con mi amigo José Joaquín y su perro Lula.

Ya había encarado el último tramo del itinerario cuando me he cruzado con una especie de espejismo, que me ha recordado a otro pasaje del libro de Chaves. No es que lo que he visto sea una imagen ignota porque he contemplado otras similares, aunque menos impactantes. En ocasiones me he cruzado con aguerridos progenitores que hacían footing empujando los carritos de sus bebés, blandiéndolos cual arietes a lo largo de las aceras. He visto en los paseos marítimos y en algunas avenidas esas sorprendentes imágenes, que he asociado a improvisaciones lúdicas de padres entusiastas que, probablemente llevados de inclinaciones atléticas tardías, parecían satisfacerlas e inculcarlas incipientemente a sus vástagos. Pero lo que hoy he visualizado supone una vuelta de tuerca más. Se trataba de un carrito de bebé ‘customizado’ ex profeso, con tres ruedas enormes y neumáticas, cual remolque de bicicleta para niños, que un orgulloso y trotón padre blandía como protuberancia abriéndose paso por las aceras que bordean las avenidas del PAU 2.


Al ver a ese prohombre empuñando el artefacto en que viajaba su hijo dormido no he podido evitar transportarme repentinamente a uno de los lances que incluye la biografía de Juan Belmonte, intitulado “la pantasma”. Cuenta el torero que una especie de fantasma, envuelto en una sábana y con una luz en la cabeza, atravesaba solemnemente algunas noches la Cava de los Civiles, una zona del barrio de Triana que frecuentaba cuando era niño. Ni él ni sus amigos, como tampoco los habitantes del barrio, osaban ponerse en su camino. Sin embargo, una noche que un ganadero encerraba una piara de toros, cuando atravesaba por la calle de S. Jacinto, los muchachos apartaron un torete de la manada y lo callejearon por las calles de la Cava para desconcierto de los trasnochadores. En una de esas carreras, los torerillos descubrieron una sombra blanca, encaramada en la reja de una ventana. Era “la pantasma”, como llamaban en el barrio a aquel atrabiliario personaje, al que se le había caído el puchero que llevaba en la cabeza y cuya ridícula calva y asustado rostro afloraban entre los pliegues de la sábana que tenía arrollada al pescuezo. Aquel lance hizo que le perdieran el respeto porque un fantasma que se asustaba de los toros y no sabía torear no podía ser serio y respetable. ¡Cómo han cambiado los tiempos! No solo nos parece respetabilísimo el peculiar paseo a ritmo de footing que el hombretón del carrito daba a su hijo, sino que a buen seguro pronto se convertirá en una tendencia.