miércoles, 21 de septiembre de 2016

Procrastinar.

Es ya una costumbre que bien entrado el verano nuestros amigos Lourdes y Antonio organicen una cena en su casa, una vivienda familiar del barrio de Rabassa que habitan desde hace medio siglo y que está acostumbrada a recibir múltiples visitas porque sus dueños son personas generosas y acogedoras. La casa y su desahogado patio conforman un espacio idóneo para disfrutar de las veladas estivales, que en otros distritos son plúmbeas y abrasadoras pero que aquí se tornan frescas y placenteras. Hará unas tres semanas que nos invitaron al grupo de amigos, desdichadamente mermado este año por causa de las dolorosas e irrecuperables pérdidas de Susana y Concha. En ocasiones, a esta sencilla celebración se incorporan otras personas, que a veces son familiares y en otras conocidos que se alojan allí. En este caso fue uno de los primeros, que pasaba unos días de vacaciones en la ciudad. Nos dijo que desde hace años vive y trabaja en una parroquia del norte de Galicia, aunque su conversación traslucía que se trata de una persona ‘corrida’, que ha viajado y trabajado en lugares muy distintos, que conoce idiomas y hasta que posee un carácter enérgico y brioso, un atributo atávicamente asociado a las mujeres de tierra adentro, como ella.

Verdaderamente, estos particulares ágapes podrían calificarse como veladas de o para maestros. Casi todos hemos ejercido como tales: en la escuela, en el instituto y en la universidad, y algunos hasta en los tres escenarios. En consecuencia, y no por arte de birlibirloque, el tema educativo, sus gozos y sus sombras, sus problemáticas e insuficiencias, sus apremios y fatalidades, son asuntos que suelen aflorar en las conversaciones. También sucedió en esta ocasión, aunque más que un diálogo fue un monologo que protagonizó la distinguida visitante, tal vez porque es la única que sigue en activo de cuantos estábamos allí. Y aunque parece mentira, asombra la velocidad con que pasan a un segundo plano las cosas del oficio que tanto nos ha ocupado y preocupado durante muchos años.

En términos generales, su intervención fue enfática, con un punto de radicalidad e intransigencia. Podría decirse que nos sorprendió oír en su boca pasajes impropios del discurso de personas que conocen mundo y que han bregado en contextos internacionales. En ellos incluyó retazos montaraces y próximos al denominado ‘nacionalismo español’ y juicios categóricos, impregnados de inexactitudes y de algún despropósito que, a mi juicio, no se corresponden con la realidad que nos rodea. La mayoría optamos por dejar que la conversación derivase en un casi monólogo porque lo contrario nos hubiese conducido por derroteros poco recomendables para una reunión distendida, como se pretendía. Quizás lo más llamativo de su perorata fueron las alusiones a la supervisión del sistema educativo por parte de la Administración que, según ella, está desnaturalizada y contaminada por una cultura que nos es ajena, que asegura no entender –cosa difícil de creer, dada su contrastada competencia idiomática, y que no quiere aprender.

Más allá de esos dislates, su larga disquisición ofreció hechos y anécdotas que evidencian lo que históricamente ha sido una realidad en este país, que vuelve a estar de actualidad. Hace años que en España se investiga muy poco, por lo que lamentablemente apenas hacemos ciencia. Estamos perdiendo a pasos agigantados el tren del progreso. Sin ir más lejos, días atrás, el prestigioso director del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Valentín Fuster, reclamaba la creación de un Ministerio de Ciencia e Innovación y advirtió de que, sin esta infraestructura, la investigación en España sería como “un coche sin gasolina”. En este puñetero país, la derecha siempre se ha desentendido de cuanto tiene que ver con la investigación y con la ciencia. Y la izquierda, cuando ha gobernado, tampoco ha sabido consolidar unos buenos cimientos sobre los que construir un sistema de ciencia y tecnología que nos ayude a despegar definitivamente e incorporarnos de facto –no de apariencia o de derecho– al núcleo duro de los denominados G8, G20, o G lo que sea.

Como somos así, practicamos la inveterada costumbre de importar la ciencia producida en otras latitudes pagando por ello pingües regalías, o royalties, como se les denomina ahora. El mundo educativo no es ajeno a esta práctica. Mencionaré un solo ejemplo: hace décadas que la mayoría de las pruebas psicotécnicas que se utilizan para evaluar las capacidades o las competencias de niños y jóvenes son traducciones o adaptaciones de otras elaboradas para sus homónimos de otras latitudes, generalmente anglosajonas.

Por otro lado, desde que los medios de comunicación y la literatura científica empezaron a ser permeables a la influencia exterior, se ha incrustado en nuestro léxico una extensa terminología que utilizamos en conversaciones, discursos, lecciones y textos. Unas veces son términos que, por esnobismo, acriticismo o vaguería, copiamos y utilizamos indiscriminadamente, sin detenernos a comprobar que existen otros equivalentes en nuestro idioma. Es el caso de test, break, question, subject, feedback, gym, etc. Otras, son términos inexistentes en inglés que los hispanohablantes nos inventamos con nuestra proverbial ‘alegría’, como footing, zapping, parking, crack, linkar, loguearse, etc. En otras casos, se trata de vocablos con poca, nula y a veces imposible correspondencia con los específicos del castellano. Me refiero a palabras como empowerment, background, procastination, suport, lecturer, serendipity, flashcard, y otros muchos, que se han incorporado al lenguaje coloquial y a las comunicaciones académicas induciendo errores y traspolaciones que chirrían estrepitosamente.

La persona a la que me refería  –y a la que casi olvido, llevado de mi incontinente discursear– decía que, pese a poseer sólidos fundamentos de lengua inglesa, desconocía el sentido que ahora se atribuye en nuestro léxico profesional a términos como rúbrica (rubric), empoderamiento (empowerment), programaciones (lesson plans), aprendizaje semipresencial (b–learning) y otros muchos, cuyo significado y funcionalidad entendía perfectamente en su formulación original. Aseguraba que los inspectores le obligan a utilizarlos en sus programaciones y también consignar en ellas los objetivos que deben alcanzar día a día cada uno de sus alumnos. Unas programaciones que, según explicaba, más que tales parecen vademécums como los prospectos que acompañan a los medicamentos. Ella simplificaba y esperpentizaba semejante manera de entender la supervisión, que ridiculizaba con acritud y con razón. Porque la retórica vacua y artificiosa que a menudo impregna parte del discurso pedagógico que se utiliza en las Facultades y en las Administraciones es más el resultado del contagio, espontáneo e ingenuo, del léxico generado por una literatura profesional sobrevalorada y foránea (que a menudo se adopta sin criterio ni ponderación), que la consecuencia de un proceso analítico, reflexivo y sopesado. Tal actitud es tan indecuada como la de aferrarse a la castiza prosopopeya de sostenella y no enmendalla, que exhibimos cuando nos erigimos en adalides defensores de las esencias patrias frente a cualquier innovación o mejora. Ambos son talantes inoportunos que deben encontrar su contrapunto en alternativas basadas en el trabajo cualificado y desarrollado con tesón, rigor e inteligencia.  

Añadiré un pequeño epítome para justificar el casi olvidado título de la entrada, que quizá resulte innecesario porque el lector avezado habrá deducido perfectamente su pretensión. Procrastinar es un término que incluye el diccionario de la RAE, proveniente del latín procrastinare (pro, adelante, y crastinus, referente al futuro), que a veces se utiliza como sinónimo de postergación o posposición. Podría definirse como la acción o el hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras actuaciones más irrelevantes o agradables.

Hace un par de décadas que Neil Fiore publicó en Estados Unidos The now habit: A strategic program for overcoming procrastination and enjoying guilt-free play, (Versión en castellano, Hazlo ahora: Supera la procrastinación y saca provecho de tu tiempo. Ed. Alienta, 2011), considerado el manual de referencia para combatir la procrastinación. Un hábito nada novedoso, que probablemente ha existido siempre, y que, curiosamente, no concita unanimidad a la hora de acordar un vocablo común para definirlo. Así, mientras los anglosajones tildan de procrastinators –procrastinadores– a quienes aplazan sus tareas importantes, nosotros nos decantamos por llamarles vagos u holgazanes. Y no se pueden hacer sinónimas ambas expresiones. Pongamos un ejemplo: si debo atender dos obligaciones y abandono una para dedicarme a la otra –bien porque me gusta, porque me interesa más o por cualquier otro motivo– lo que hago es procrastinar respecto a la primera para atender la segunda. A la sazón no sería correcto decir que estoy vagueando u holgazaneando porque sencillamente no es ese mi comportamiento.

Quienes han estudiado la procrastinación aseguran que los que la practican regularmente sufren un importante desgaste emocional porque la conducta ‘procrastinadora’ es muy estresante y genera sentimientos de culpa. Obviamente, existen diferentes estrategias para combatir tal disfunción, pero abordarlas escapa a lo que me había propuesto hoy. Tal vez otro día me ocupe de ellas porque ahora lo que realmente me apetece es procrastinar ese asunto.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Blogosfera.

Cuando tomo conciencia de que formo parte de la llamada blogosfera me asalta un cierto estupor y me apresuro a consultar en internet, por si acaso, no  vaya a ser que… Entre un sinfín de cosas encuentro un artículo de un profesor universitario, que parece experto en este tema y que asegura que “un weblog también conocido como blog o bitácora (listado de sucesos) es un sitio web con un uso o temática particular, periódicamente actualizado y escrito con un estilo personal e informal, que recopila cronológicamente textos o artículos que publica o publican libremente uno o varios autores, donde el más reciente aparece primero”. Hasta aquí, nada que objetar. Eso es exactamente lo que creo que hago aquí, en ababolesytrigo.blogspot.com.es, bitácora que empecé en mayo de 2013 sin otra intención que ir conformando un dietario retrospectivo y actual mientras tenga motivación por ir completándolo. Y la sigo teniendo.

Continuo con el artículo y empiezo a perderme cuando leo el concepto de blogosfera que se expresa en él, definiéndola como: “una conceptualización precisa de conocimiento integrado dentro de Internet que gira en torno a los blogs”, un enunciado que me deja atónito por su imprecisión y vaguedad. Probablemente no entiendo bien la definición porque, como aclara el profesor en otro apartado, basa su artículo en el “modelo lexemático funcional, MLF, de Mingorance; en la teoría comunicativa, TCT, de Teresa Cabré; en la teoría combinada de la metáfora de Fauconnier y Turner (2002) y en la propuesta de integración conceptual de Johanson (2004)”. Soy un ignorante que desconoce las aportaciones de esas distinguidas –supongo– autoridades académicas y la verdad es que carezco de motivación para indagar al respecto. Así que, como me descamino entre tan concentrada epistemología, prefiero refugiarme en la simplicidad de la definición del Diccionario Panhispánico de Dudas que indica que se ha tomado la voz bitácora para traducir el término inglés weblog [de web+log (book); abreviado, blog], que significa ‘sitio electrónico personal, actualizado con mucha frecuencia, donde alguien escribe a modo de diario o sobre temas que despiertan su interés, y donde quedan recopilados asimismo los comentarios que esos textos suscitan en sus lectores’. Esto, que entiendo perfectamente, me tranquiliza y me convence de que con lo que hago ni saco los pies del tiesto, ni delinco. Por tanto, dos preocupaciones que me evito.

Empecé el blog hace algo más de tres años. En ese tiempo he ido dejando en él más de doscientas entradas que incluyen de todo un poco: retazos de actualidad, impresiones puntuales, aspectos que me parecen relevantes de mi vida o de las de otros, historias pretéritas, ilusiones, ingenuidades, preocupaciones congruentes e incongruentes, quimeras, aficiones, afectos, etc. En el dilatado, irregular y hasta atolondrado relato que conforman los pequeños capítulos que escribo de vez en cuando, en esa especie de gran almazuela –o patchwork, como se prefiera–, se puede encontrar perspectiva suficiente para entender e interpretar, más o menos fielmente, buena parte de mi recorrido vital.

A veces consulto el movimiento del blog para curiosear la gente que lo visita, cuántos son, de dónde proceden, qué navegador utilizan, etc. Me asombra el relativo gran número de visitas que recibe (próximas a las 20.000), algo que me inquieta tanto o más que me gratifica. Evidentemente, más de la mitad corresponden a ciudadanas y ciudadanos españoles, pero también son numerosísimas las visitas de personas extranjeras procedentes de países variopintos, algunos de ellos lejanos e inesperados (China, Ucrania, Australia). Los estadounidenses lo han visitado en más de 2000 ocasiones, casi 600 son las corresponden a los ciudadanos alemanes y más de 500 las realizadas por los rusos; en fin, alrededor de 200 corresponden a los franceses. Adicionalmente se contrasta una larga nómina de países cuyos ciudadanos han visitado el blog en torno a un centenar de ocasiones, como es el caso de Ucrania, México, Irlanda, Bélgica o China.

Este público, polifacético y cosmopolita, parece que tiene interés por los desahogos, los pensamientos o las disquisiciones que plasmo en los sufridos, amistosos y digitales folios; y que también se inquieta por lo que me preocupa o me motiva. Y ello resulta una agradabilísima sorpresa porque es como encontrar una especie de muda interlocución con la que confronto, sin hacerlo, las preocupaciones, opiniones y quimeras que, cuando constato que interesan a otros, parece que se truecan en asuntos compartidos o, por lo menos, aparentemente participados. Pero evidentemente se trata de una infundada ilusión porque uno de los flancos débiles de la blogosfera es precisamente que no se ha concebido como formato orientado a propiciar la interlocución, el diálogo o la comunicación multidireccional. Es cierto que, dependiendo de la voluntad del bloguero, los lectores pueden añadir comentarios a las entradas del blog, pero tales apostillas no buscan incitar el diálogo con él; más bien, se utilizan para trasladarle impresiones u opiniones sobre lo que escribió, para matizar algún aspecto del relato o para expresarle juicios evaluativos. En mi caso, solo unos pocos amigos, y unas cuantas personas con las que tengo gran confianza, añaden de vez en cuando comentarios amables y bienintencionados. La inmensa mayoría de los lectores no indican nunca nada.

Es cierto que mi bitácora no tiene otro objetivo que el que se expresa en su primera entrada: ser una especie de dietario retrospectivo y actual que cultivaré hasta que me canse. Pero con el paso del tiempo he comprobado que lo que escribo parece que también interesa a otros porque, a los pocos minutos de insertar alguna entrada, contrasto que entre diez y quince personas han accedido a ella, lo que me hace pensar que les importan las cosas que cuento y, tal vez por ello, han activado avisos para seguir puntualmente las novedades. Evidentemente, otras muchas acceden fortuitamente y otro importante grupo lo hace cuando se insertan referencias en otras redes sociales, como Facebook.

Reconozco que me gustaría saber por qué me leen con cierta regularidad quiénes lo hacen, y también qué evaluación hacen de lo que escribo, sus coincidencias y discrepancias con lo que digo, etc, etc. Y hasta estoy dispuesto a aceptar de buen grado algún exabrupto proferido por quienes consideren que les hago perder el tiempo entreteniéndoles innecesariamente con mis disquisiciones. Con la misma libertad que expreso mi pensamiento, doy mis opiniones o escribo las percepciones que tengo, acepto gustoso que se me replique sin otra cortapisa que la que me autoimpongo: el uso de términos y expresiones correctos y respetuosos. Creo que a estas alturas está claro que creo en la dialogicidad, en el poder y en el valor del diálogo como motor de la ciencia y del progreso, como catalizador de la convivencia y como ingrediente imprescindible de la civilidad. Sería extraordinario que pudiésemos iniciar un diálogo explícito, que empieza a resultarme imprescindible aunque entiendo que otros no compartan tal necesidad. Y tal vez acepten peor que se vehicule a través de un medio público como este. En todo caso, si alguien quiere trasladarme privativamente cualquier impresión puede hacerlo a la dirección de correo: vicente.carrasco@ua.es Muchas gracias por acompañarme a través de la lectura y un sordo y cordial saludo a todas las silenciosas voces que todavía no logro escuchar.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Ubi sunt sapientes?

Hace tiempo que sostengo que vivimos en una sociedad intelectualmente descapitalizada. En mi opinión, los poderes fácticos han logrado más que nunca uno de sus principales objetivos: acallar las voces de los intelectuales, silenciar el discurso de la discrepancia. En parte, por el efecto de sus premeditadas estrategias para amordazar la discordancia molesta; en parte, por el silencio que se autoimponen algunas gentes cómodas y timoratas. Casi siempre, se trata de una secuela que es consecuencia de la penuria de voces cualificadas imperante en una sociedad crecientemente huera, con identidades efímeras, donde nadie se percibe ni se reconoce como intelectual.

De la misma manera que hoy se hacen las revoluciones o se abortan los golpes de estado con el teléfono, y no tomando los “palacios de invierno” o las emisoras de radio y televisión, como se ha hecho tradicionalmente, también los intelectuales han perdido su capacidad de influencia a través de la prensa y de los medios tradicionales en beneficio de politólogos, analistas y tertulianos, que se han adueñado en exclusividad de las cabeceras de los espacios televisivos y de los medios por los que circula la información. Vivimos en una superinflación informativa brutal que propicia que solo incidan en la opinión pública las ideas que repiten machaconamente un puñado de tertulianos, ubicuos y omnipresentes en los medios digitales (prensa, redes sociales, blogs, microvídeos, radios, televisiones…), que ofrecen a los consumidores las ideas que comparten y quieren oír. Esos medios elaboran sus programaciones con la taimada e inconfesa intención de generar espacios de opinión con los que se identifiquen los consumidores para fidelizarlos. Reinventan así la pescadilla que se muerde la cola: yo te ofrezco lo que quieres oír y, justamente por eso, tú acudes a mi para ratificarte en lo que piensas.

Vattimo, con quien estoy esencialmente de acuerdo, argumentó que vivimos tiempos de pensamiento débil –pensiero debole–, una arrolladora corriente que, en mi opinión, no solo impregnó las últimas décadas del siglo pasado sino que las transcendió y sigue campando a sus anchas. Triunfan, espero que efímeramente, las visiones relativistas, fluctuando desde la posmodernidad a la deconstrucción y viceversa, conformando una dramática crisis ideológica que inspira los eclecticismos que se predican y practican en el mundo occidental desde hace varias décadas.

Se ha dicho, y concuerdo en ello, que en las épocas de normalidad democrática las funciones de los intelectuales y los políticos no solo son necesarias, sino complementarias y hasta contrapuestas. Debe reconocerse que el “oficio” de los primeros, especialmente de quienes tienen vocación de llegar al gran público y capacidad para amplificar sus mensajes a través de los medios de comunicación, es de relativa comodidad, aunque también presenta asperezas. Su misión principal es elucubrar sobre los principios y los errores que contribuyen a apartar la actividad sociopolítica del curso deseable, desvelando y denunciando los despropósitos que proponen o comenten quienes gestionan los asuntos públicos. Podría decirse que desempeñan el papel de “pepitos grillos”, sacando a la luz y evidenciando los desvaríos de la política y señalando el camino correcto, es decir, el que conviene al conjunto de la ciudadanía porque sirve al interés general. Los políticos,  acostumbrados a aguantar aluviones de críticas sin inmutarse, suelen tildar esta actitud de ingenua porque, no en vano, saben que para desarrollar su tarea lo recomendable es tener el corazón de piedra y la piel de elefante.

Por ello, habitan una posición diferente y contradictoria, que sintetiza y expresa muy bien la tensión existente entre el discurso que defienden y la acción política posible. Esa incongruencia esencial es lo que hace tan difícil que cumplan con lo prometido y puedan eludir la decepción y el desencanto de sus votantes. El político responsable tiene la obligación de extremar las cautelas para que su acción no cercene la cohesión del conjunto de la sociedad. Tal propensión al equilibrio le obliga a una actuación que debe compatibilizar el cumplimento del programa con el que se presentó a las elecciones con las exigencias y necesidades de los demás grupos políticos y sociales. Una pretensión quimérica que a menudo le lleva a adoptar posiciones contradictorias, como hemos tenido ocasión de comprobar recientemente en la política española.

No es ocioso recordar que la clase política, cuando accede al poder, promete solemnemente gobernar para todos. En cierto modo, ello equivale a enunciar una contradicción en sus propios términos, porque se hacen tantas concesiones en aras a esa hipotética voluntad de servicio público inspirado en el interés general, que se acaban vaciando los programas electorales de ideología y de contenido. Sólo en situaciones muy especiales –en las que se da una amplia hegemonía política y un fuerte consenso respecto a la acción necesaria– la propuesta programática y la acción posterior tienden a coincidir, pero son escenarios excepcionales que menudean en la historia de cualquier país.

Una visión de esta naturaleza podría trasladar la idea de que considero que los políticos son seres obtusos y egoístas. Y no es así, porque mayoritariamente ni son una cosa ni la otra. Lo que sucede es que utilizan una dinámica de trabajo radicalmente distinta a la que practican los intelectuales, que leen, se documentan, piensan, pergeñan ideas, las maduran, las contrastan con otras semejantes y contradictorias, ensayan hipótesis, tratan de verificarlas, etc., etc. Todo ello es un proceso que requiere tiempo y sosiego, algo que es incompatible con las prisas de la sociedad actual, que son igualmente características de la actividad política, en la que todo es perentorio y efímero. Al político le interesa lo que dicen los periódicos esta mañana porque ayer no existe, y mañana ya veremos. Decide continua e improvisadamente sobre asuntos trascendentes que no conoce suficientemente. Y ello, si es mínimamente responsable, le aboca a un permanente estado de inseguridad y desasosiego que es inconcebible e inadmisible para cualquier intelectual, porque niega el auténtico sentido de su trabajo.

Por ello, reivindico enfáticamente la necesidad de rearmar la actividad de los intelectuales y de darle visibilidad. No se trata solamente de reclamar la acción crítica que toda sociedad precisa para embarcarse en un proceso de mejora continua y de progreso, se trata, también, de plantar cara a un discurso político dominante y único, manipulado por intereses egoístas y espurios. Lo que se propone es utilizar los recursos disponibles para confrontar las opciones progresistas con los postulados de quienes representan una fase del capitalismo extremadamente tóxica, que pretende debilitar e incluso anular a los actores sociales, que está socavando la esencia de la democracia y de los derechos humanos.

Me parece urgente construir un nuevo discurso que identifique las nuevas metas y que proponga otras formas para las relaciones sociales y para la vida colectiva.  Y ahí visualizo, justamente, el papel de los intelectuales. Ellos son los que con su autoridad científica y moral deben recordarnos el sentido de las interminables luchas que ha emprendido la humanidad para combatir las iniquidades y conquistar la sociedad democrática. En mi opinión, son elementos decisivos para que la ciudadanía entienda, se convenza y luche por recuperar el sentido ético y solidario de la vida.

Europa y el mundo entero están huérfanos de un liderazgo progresista. La capacidad que tienen los poderes fácticos para manipular la opinión pública parece infinita. Ahora mismo, se ha impuesto el convencimiento de que es imposible hacer nada. Triunfa la idolatría por el club de los mil millonarios que integran Bill Gates o Amancio Ortega, y por las megafortunas efímeras de primera generación vinculadas a los pelotazos tecnológicos. Es más, incluso las facciones más progresistas de los nuevos partidos políticos aspiran a convertir sus organizaciones en formaciones más amables, más femeninas y más descentralizadas. Sinceramente, creo que no es suficiente, debemos aspirar a más. Por ello, concuerdo con quienes rechazan el deterioro y la violencia de una sociedad que se degrada hasta límites intolerables precisamente en el momento histórico en que tenemos los mayores recursos de que hemos dispuesto jamás para acabar con las carencias materiales de los ciudadanos.

No soy un ingenuo y conozco las múltiples contradicciones que afectan también a los intelectuales, a sus intereses particulares y a su dimensión pública. También soy consciente de su natural tendencia a enfrascarse en interminables discusiones y enfrentamientos, a sucumbir a la crítica y hasta a la autocrítica feroz. Pero no están los tiempos para disquisiciones inútiles, ni para egolatrías y vanidades. Los intelectuales son imprescindibles para combatir las actuales crisis y los crecientes abusos de los poderes fácticos, representados por un grupúsculo de personas cada vez más reducido. Son uno de los instrumentos fundamentales para desnudarlos, denunciarlos y construir el argumentario que apoye la recuperación del sentido ético y cívico de la vida colectiva. El cómo desplegar su función en los tiempos que corren es harina de otro costal. Habrá que volver a echar mano de la imaginación y de la utopía para encontrar los medios y las estrategias oportunas, como sucedió en el pasado.

Alguien ha dicho que el único discurso auténtico que de verdad nos queda es la poesía. En cierta medida concuerdo con esa opinión. Tal vez los únicos intelectuales de este tiempo son precisamente los poetas, artífices de un arte difícilmente convertible en un producto de masas porque exige tejer lentamente, con el pensamiento y con el alma; un arte que es, por su propia esencia, incorruptible.

martes, 6 de septiembre de 2016

El léxico de la tauromaquia (y 2)

En otra ocasión hice una breve incursión en el léxico de la tauromaquia, comprometiéndome a ahondar en él posteriormente. Esta me parece una buena ocasión.

Hace muchos años que García Lorca dijo aquello de que “pudiera ser que la de los toros fuese la fiesta más culta del mundo” y, tal vez, su juicio no solo fue acertado sino premonitorio. Pondré un ejemplo. No hace mucho tiempo que un taurino aficionado a la pluma –pasional, como la mayoría– aseguraba que, en lo tocante a los toros, se declaraba “kantiano” convencido. Y lo explicaba del siguiente modo. Kant asegura que "no hay ni puede haber ciencia –técnica– en lo bello [...] En las bellas artes cabe la modalidad pero no cabe el método”. Por tanto, para él, el arte es una construcción ideal. Si se extrapola su pensamiento a la tauromaquia no es difícil inferir que la aspiración final de cualquier concepción artística del toreo es “lo bello”. Partiendo de este postulado, la técnica se revela tan importante como secundaria porque, para el arte, lo que de verdad cuenta es el valor y la inspiración. No me negarán que la cosa tiene su enjundia.

Sin embargo, en la actualidad, en este período histórico ‘líquido’, en el que ha triunfado el ‘pensamiento débil’, los aficionados admiran el toreo técnicamente perfecto a base de toques, de líneas, de conocimiento de los terrenos, etc., etc. Hoy, como ayer, escasean las aptitudes para deleitar estéticamente y, por el contrario, abundan los “pegapases”, los diestros que componen sus faenas con decenas y decenas de lances. Es imposible discriminar la ejecución de las diferentes suertes porque se parecen como gotas de agua y por eso se olvidan apenas concluye el aguacero. ¿Qué sentido tiene recordar lo que carece de originalidad? ¿Para qué evocar lo que adolece del más elemental talento?

A muchos, a muchísimos aficionados, les satisface esta manera de interpretar el toreo. Si no fuese así, sería impensable que el noventa y tantos por ciento de las actuaciones que se producen en los festejos se aparten radicalmente del canon ‘kantiano’, que comparto. Como aquel aficionado, yo creo que en el toreo la expresión artística debe ser ajena a toda coacción que intente ajustarla a reglas arbitrarias. Dicho de otra manera, no se puede ser artista toreando con el folleto de instrucciones en la mano. El toreo emerge como arte cuando transciende las normas técnicas. Contrariamente, hoy, las consideradas faenas cumbre se trazan con escuadra y cartabón porque, como ha sucedido a lo largo de la historia, las que se dibujan a mano alzada solamente nos gustan a una minoría.

Esta larga digresión me sirve para enmarcar mi propósito inicial que no era otro que ahondar en las referencias al léxico taurino, dejando constancia de algunas de las expresiones habituales en el habla coloquial que, por sabidas, no precisan de mayor explicación. Porque, ¿quién no ha utilizado en alguna ocasión frases o expresiones como: ponerse el mundo por montera, estar para el arrastre, echar un capote, coger al toro por los cuernos, estar al quite, atarse los machos, caerse del cartel, lleno hasta la bandera, pinchar en hueso, rematar la faena o tener vergüenza torera? Pero hay más, muchas más, también de uso muy frecuente. Por ejemplo: tener mano izquierda, hacer una faena de aliño, hasta el rabo todo es toro, no hay quinto malo, dar una estocada hasta la bola, pegar la ‘espantá’, ver los toros desde la barrera, pasar en falso, salir por pies, venirse arriba, capear el temporal, cambiar de tercio, estar hecho un toro, hacer un brindis al sol, entrar al trapo, crecerse en el castigo.… Y tantas otras, como: estoy para el arrastre; si no me echas un capote, me va a pillar el toro; me gustaría ponerme el mundo por montera y coger el toro por los cuernos, pero voy a dar la ‘espantá’, me caigo del cartel y me corto la coleta.

También en el mundo de la política es recurso acostumbrado echar mano  del léxico taurino. A veces se descalifica a los políticos o a los partidos tildándolos de subalternos o banderilleros del gobierno. O se dice que los diputados torean de salón cuando debaten y discuten retóricamente, sin aportar soluciones efectivas a los problemas de la ciudadanía; tal vez por ello,  demasiado a menudo evitan coger al toro por los cuernos. Es más, hasta proponen medidas imposibles, haciendo brindis al sol, es decir, utilizando la demagogia para obtener el aplauso fácil de un público generalmente poco exigente. En muy raras ocasiones un político saldrá por la puerta grande, porque suele haber división de opiniones entre los ciudadanos.  En algunas ocasiones el Parlamento devuelve el toro al corral; por ejemplo, cuando rechaza una ley promovida por el gobierno.

En el ámbito amoroso, hombres y mujeres matan –ligan– a volapié o recibiendo, es decir, unos toman la iniciativa en la estrategia del acercamiento al otro sexo, en tanto que otros prefieren esperar la proximidad del partenaire. Es sobradamente conocido que el mundo taurino es muy ‘machista’. Sus “tics”, de contenido sexista, se han extrapolado a las conversaciones ordinarias, en las que se escuchan comentarios que aluden a las mujeres que tienen buenos pitones (senos), o buen trapío (figura). Incluso se utilizan expresiones que son impertinencias y groserías, como es el caso de lo que necesita es un buen puyazoponerle los cuernos... El sesgo de género que impregna estas locuciones las despoja de elegancia, haciéndolas vulgares, e incluso ofensivas, en su absurdo afán por buscar paralelismos entre la lidia y el cortejo amoroso a base de asimilar los roles de hombre y de mujer a los propios de torero y toro, respectivamente, y deduciendo de ello el peligro que la segunda puede acarrear al primero cuando trata de domeñarla de acuerdo con los añejos patrones del cortejo.

También se echa mano del lenguaje taurino para describir el modo como las personas afrontamos los problemas y las dificultades. De modo que, si carecemos de mano izquierda para intervenir con calma en una determinada situación, deberemos atarnos los machos y agarrar al toro por los cuernos. En cambio, si damos consejos a otros sobre cómo deben afrontar realidades que les afectan y que nos son ajenas, probablemente nos respondan que es muy bonito ver los toros desde la barrera. Por otro lado, si nos va a pillar el toro, bien porque nos hemos despistado o porque no hemos tomado las precauciones adecuadas, podemos optar por tirarnos un farol o saltarnos a la torera la obligación que tenemos y ponernos el mundo por montera. En fin, cuando nos disponemos a rematar la faena, pinchamos en hueso cuando no logramos lo que pretendemos; en cambio, cuando conseguimos nuestro propósito es porque hemos cobrado un estoconazo hasta la bola.

Sin perjuicio de lo anterior, existe una amplia fraseología taurina que conforman refranes y sentencias referidas al mundo del toro: Para torear y para casarse hay que arrimarseputas y toreros, los tres años primerosal toro y al loco, de lejos mirarle el moco; quien con toros anda, a torear aprendecuando hay toros no hay toreros, y cuando hay toreros casi nunca hay torode toros solo saben las vacas; el toro de cinco (años) y el torero de veinticinco; hasta el rabo, todo es toro; quien con toros anda, a torear aprende, etc., etc.

Además de permeabilizar el lenguaje común, el lenguaje de los toros ha estado presente en la literatura española de todos los tiempos. Lo hallamos en las obras de Tirso de Molina, Quevedo, Góngora, Machado, García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández Gerardo Diego o los Quintero, entre otros muchos. Remataré esta faena, que declaro solemnemente inconclusa, con el poema de una mujer afable, cercana y profunda, de corazón optimista y moderna, en el mejor sentido del término, en una época en la que las mujeres no tenían fácil ocupar espacio en la vida pública española: Gloria Fuertes.

PARA DIBUJAR UN TORERO

Para dibujar un torero
hay que tener mucho salero.

Se dibuja la montera
-que es el sombrero-,
y debajo va la cara,
y más abajo va el cuerpo;
mucho adorno en la chaqueta,
chaquetilla de torero,
con borlitas -alamares-…

Muy coqueta la chaqueta
bordada, muy primorosa
-dos claveles y una rosa-.
Muy ceñido el pantalón,
a media pierna un bordón.
¡Qué primor!

Las medias con espiguilla,
de cuero las zapatillas,
la camisa muy rizada,
la corbata muy delgada,
y la faja cinturón
que adelgaza la cintura
y hace hermosa la figura.

¡Qué valiente criatura
del arte más peligroso!
El traje, de seda y oro,
y el toro, color de toro,
negro el cuerpo, blanco el cuerno.
Negro el toro, y azul él.

¡Torero, abre la capa,
ya estás en el redondel!

lunes, 5 de septiembre de 2016

Amparo y Emilia.

Dos nombres clásicos que corresponden a dos personas excelentes. Ochenta y dos y setenta y cinco años, respectivamente, aunque siguen pareciendo dos mujeres de mediana edad, todavía ágiles y pizpiretas. Claro que tienen sus cosas, como todos cuando alcanzamos cierta longevidad e incluso anteriormente; lo preocupante sería que no las tuviesen. Pero, en términos generales, todavía gozan de una salud física y mental razonablemente buena.

Quienes me conocen dicen que tengo buena memoria. Y en parte tienen razón, porque es cierto que la he tenido, aunque no lo es menos que cada vez recuerdo peor las cosas que me suceden. Por eso sigo echando mano de los recursos nemotécnicos, que me han auxiliado a menudo y lo siguen haciendo. Uno de mis preferidos consiste en ponerle cara a los conceptos. En cierto modo, es una táctica que remeda lo que sucede con la atribución de los apodos. En este caso, cuando alguien empieza a designar a una persona con un sobrenombre verdaderamente acertado, bien por que es pertinente u oportuno, o por todo lo contrario, al poco tiempo tal ocurrencia se convierte en moneda de uso común. Algo similar sucede en mi particular prontuario léxico, en el que hace tiempo que tengo asociados los conceptos de inteligencia emocional y resiliencia a mis primas Amparo y Emilia, aunque no de manera correlativa ni excluyente; ni siquiera por el orden referido ya que, dependiendo de las circunstancias, imágenes y conceptos alternan su ligazón.

Dos hermanas, de John Graham (MoMa)
Esta historia empezó hace más de cincuenta años, cuando Emilia era una jovencita encantadora, Amparo una mujer joven, recién casada, y yo apenas un adolescente imberbe que convivía circunstancialmente con su familia. Estas muchachas eran hijas de mis tíos Amparo y Bernardo, primos hermanos de mi padre. Por tanto, existe una cierta distancia parental entre nosotros que, sin embargo, no ha debilitado los sentimientos de afinidad, como tampoco lo han logrado las vicisitudes que han jalonado nuestras respectivas biografías, tales como residir en poblaciones diferentes y distantes, pasar largas temporadas sin vernos, etc. Pese a los años transcurridos, todos hemos participado de una ligazón familiar activa, naturalizada, intensa y tal vez poco común. Esta actitud ha sido un denominador común en mi familia paterna y, sin embargo, ha resultado más excepcional en la materna. En la primera, más allá de situaciones coyunturales o de anécdotas fortuitas, el vínculo parental ha permanecido vigoroso, manteniéndose la trabazón consanguínea y atávica, que encuentra su expresión en una confraternidad admirable de la que participamos casi todos los miembros de la familia, que nos hemos esforzado en conservarla y alimentarla, consciente e inconscientemente, razonada y razonablemente.

En los años 60, mis primas eran la “alegría de la huerta”, como se suele decir. Dos jóvenes alegres, optimistas, con buen humor y una capacidad natural de transmitir esos sentimientos a cuantas personas les rodeaban. Su padre era un reputado menestral que gozaba de una buena posición económica y social. Hermanas de otros dos varones, eran las niñas de sus ojos y las educó, conjuntamente y de acuerdo con su madre, en las buenas costumbres de la época, así como en la responsabilidad y en el valor del trabajo bien hecho, aspirando a las mejores perspectivas para ambas. Las dos se emparejaron jóvenes con sus respectivos maridos, de los que siempre se han confesado muy enamoradas, cada una a su manera, porque tan diferentes son entre sí como lo eran sus respectivos esposos.

En la última conversación telefónica que tuve con mi prima Emilia le prometí que la próxima vez que fuese a Gestalgar la invitaría a pasar un día con nosotros. Así que, como acostumbro a cumplir lo que prometo, hablé de nuevo con ella y convinimos que el viernes pasado era un buen día para materializar esa visita, en la que le sugerí que le acompañase su hermana, propuesta que ambas aceptaron de buen grado. A media mañana cogí el coche y me fui a Chiva para recogerlas. Tal como habíamos acordado pasé por sus respectivas casas, que están muy próximas entre sí, y sin más preámbulos nos dirigimos a Gestalgar por la carretera CV-379, cuyo trazado dibuja un mar de curvas y contracurvas. Parecían contentas e ilusionadas, quizás  porque habían transcurrido más de quince años desde la última vez que estuvieron en el pueblo. Además, aquella fue una visita puntual y obligada para asistir al entierro de una tía común. De modo que parecía que tenían interés por contrastar sus recuerdos con la fisionomía actual de la población, así como por conocer nuestra casa y también por disfrutar de una jornada de convivencia diferente.

El viaje fue un horror para mi prima Amparo. Siempre ha sido propensa a marearse y, aunque se sentó en el asiento del copiloto, pasó un auténtico calvario de angustias y vomiteras, que me indujo cierta preocupación y me hizo sentir alguna culpabilidad por haberla embarcado en semejante aventura. Emilia, más avezada en los viajes, hizo el trayecto perfectamente. Llegamos al pueblo cuando sería aproximadamente el mediodía. Una vez en casa, tras los saludos de rigor, acomodamos a Amparo en un silloncito y logró descabezar una pequeña siesta del borrego que la repuso bastante de un viaje tan atribulado. Hasta el punto de que recuperó plenamente el ánimo y, pese a otros ofrecimientos más livianos que le hicimos, compartió con normalidad la comida que había preparado mi mujer, a base de ensaladilla rusa y cordero al horno. En ese interludio, mientras ella reposaba lejos del ventilador, porque lo detesta, Amalia, Emilia y yo estuvimos intercambiando y compartiendo noticias y acontecimientos familiares. Aprovechamos también para mostrarle nuestra casa y la vecina, la que era de la tía Carmen, que reconoció rápidamente al haberla visitado en otras ocasiones, porque la mantenemos casi tal cual ella la dejó, como si de un pequeño museo etnográfico se tratase.

La comida transcurrió entre conversaciones interminables; entre evocaciones y recuerdos, entre reflexiones y anécdotas que a menudo tomaron la inevitable deriva del tiempo que tan estrechamente compartimos en casa de sus padres. Un tiempo que para mi fue memorable e imborrable; un episodio de mi vida que el paso del tiempo no ha conseguido erosionar lo más mínimo. La sobremesa se desenvolvió en parecidos términos, con alusiones a nuestras familias, actuales y pretéritas, a nuestros hijos y nietos, a las vidas de nuestros padres y a las peripecias que pasaron, a cómo se nos fueron y, también, a cómo los recordamos y los añoramos. Como digo, no faltaron las alusiones y comentarios acerca de quienes conforman actualmente nuestra familia: primos, sobrinos, sobrinos- nietos, etc. Compartimos por ambas partes las respectivas novedades, las dichas y desventuras de unos y otros; los proyectos que unos han sacado adelante y los que a otros que se les han resquebrajado y perdido. Todo un repaso general, una puesta al día familiar de carácter enciclopédico y reparador, sin adobos melancólicos ni vocación nostálgica. El diálogo a cuatro fue, en suma, un compendio de amigables recuerdos, como los que suelen evocar quienes han enfocado su vida desde las virtudes a que aludí al principio: la inteligencia emocional y la resiliencia. Porque no es casualidad que yo haya asociado esos conceptos a los rostros de mis primas; bien al contrario, tal ligazón es una derivación lógica, consecuencia directa de la constatación de que el transcurrir de sus biografías ejemplifica paradigmáticamente tales conceptos.

Amparo ha sido a lo largo de su vida un prontuario de lo que se denomina la “alegría de la huerta”, una síntesis a la que actualmente se alude con términos más rimbombantes como persona con inteligencia emocional, con sana autoestima o con muchas habilidades sociales. Pues bien, es octogenaria y sigue siendo todo eso. A sus 82 años continua percibiendo la vida en positivo; persiste en su tendencia a encontrar siempre el lado bueno de las cosas; reivindica sus convicciones y sus asuntos con el mismo énfasis que lo ha hecho siempre; no se deja enredar por ñoñerías y menudencias; y va directamente al grano, sin subterfugios, ni tonterías, ¿para qué?, que diría ella.

Emilia compendia fundamentalmente el concepto de resiliencia. Es un ser resistente, una persona que ha vivido una existencia dura y difícil, con muchos sinsabores, exigencias y renuncias, con demasiados reveses y con mucho trabajo. Nada de eso ha logrado borrar la sonrisa de su boca “corachana”, de labios carnosos y sensuales. La misma que en los años sesenta iluminaba el rostro dulce de una joven enamorada y feliz.

Una breve visita a la playa continental que han habilitado recientemente en el cauce del río nos permitió continuar con nuestra particular y entretenida cháchara durante un par de horas largas, en tanto que disfrutábamos bajo los chopos del aire fresco que nos allegaba el viento solano, que era muy de agradecer en un día tórrido como pocos ha habido este verano. Tras dar un postrero repaso a los acontecimientos de los últimos años y comentar sus detalles y anécdotas, desde allí retomamos el camino de vuelta a casa. Esta vez opté por la ruta alternativa que existe para llegar o salir del pueblo, es decir, la carretera CV-377 que lo enlaza con Bugarra y Pedralba. A la salida de esta última población, tomamos la CV-380 que nos llevó a Cheste. Desde allí, apenas tres quilómetros después, estábamos entrando en Chiva. 

Serían aproximadamente las nueve de la noche cuando dejé a Emilia y Amparo en sus respectivas casas. Habíamos compartido un día inolvidable, una jornada magnífica, quizá irrepetible. Y así quedará en nuestra memoria: como un regalo común, mutuo e incorpóreo, compendiado en unas breves e intensas horas de convivencia, que impregnarán nuestros recuerdos porque condensan el afecto y la cercanía de personas que admiramos y queremos y, también, algunas de las principales historias que protagonizaron.

jueves, 1 de septiembre de 2016

La “paraeta”.

¿A qué niño no le encanta comer golosinas o chuches, como les llaman ahora? Actualmente su consumo es descomunal, revirtiendo en importantes problemas para la salud infantil. Los padres saben, o deben saber, que no conviene que los niños tomen demasiadas golosinas. Lo aconsejable es retrasar su consumo cuanto sea posible. Paradójicamente, muchas veces son ellos quienes lo incitan, bien porque inicialmente les hace gracia, o bien porque después son incapaces de decirles que no.

Los especialistas insisten en que no deben ofrecerse chucherías a los niños menores de tres años. Caramelos, chicles, gominolas o productos similares hacen que, entre otros perjuicios, puedan atragantarse. Posteriormente, también conviene actuar con prudencia. Aseguran que lo adecuado es dosificar mucho la compra o la provisión de esos elementos de distracción, limitando su consumo a las servidumbres que impone la socialización, que ahora se materializa a través de las actividades lúdicas durante los periodos vacacionales o mediante la celebración de los cumpleaños o las fiestas con amigos y familia.

Actualmente, las chucherías incluyen una amplísima gama de productos, dulces y salados, que va desde los caramelos y gominolas hasta los gusanitos, patatas fritas, regaliz, frutos secos, snacks, geles o chocolatinas. Todos ellos son auténticas ‘bombas’ de calorías, nada saludables, que 'ayudan' a crecer a los niños de manera desequilibrada e insana. Es más, muchas de las sustancias que se utilizan para su fabricación contienen ácidos grasos, que son perjudiciales para la salud.

En la sociedad opulenta han proliferado las tiendas y las maneras de abastecerse de golosinas. Un simple ejemplo ofrece la perspectiva del alcance del negocio. Solamente una de las grandes empresas del país emplea actualmente a más de 400 trabajadores, tiene 21 delegaciones y abastece a 30.000 puntos de venta. Y como esta hay otras muchas, nacionales y foráneas. Y no solo eso, además, las chuches se pueden adquirir online. A través de internet se compran tartas, caramelos, chocolates, chicles y cuantas fruslerías se desee. Por otro lado, en cualquier ciudad o pueblo encontramos tiendas especializadas en la venta de golosinas, que se pueden conseguir al por menor y a granel, en estuches, con accesorios específicos, en mallas, etc. etc. Los establecimientos brindan múltiples formatos: las hay para niños y para mayores, para hombres y para mujeres, en definitiva, responden a cualquier gusto. No solo se ofrecen chuches sino también ideas para regalar o para regalarnos, con calidad y cuidado esmerados, con apariencia exquisita y a precios competitivos. ¡Vamos!, auténticas provocaciones que vencen cualquier propósito de contención, espontáneo o deliberado.

Pero no siempre se ha satisfecho tan pródigamente nuestra presunta, insaciable y trivial glotonería. En mi pueblo, en los años cincuenta y primeros sesenta, el patrimonio de la distribución de lo que pudiera considerarse el protogermen del actual mercado de las chucherías lo tenían dos personas. Una era el tío Sabater, que regentaba una pequeña tienda de ultramarinos, una de cuyas minúsculas secciones aprovisionaba a los niños de golosinas, básicamente: caramelos Pictolín, pipas y ‘torraos’, chicles Bazoka, regaliz y alguna otra circunstancial fruslería. Ese mínimo catálogo se completaba con tebeos, recortables, globos hinchables de colores y otras excepcionalidades que satisfacían de sobra nuestras exigencias, porque sus precios estaban muy ajustados a los dineros que nos proporcionaba la familia los domingos, que oscilaban entre los veinticinco céntimos y la peseta, dependiendo de según qué circunstancias atravesaba (cobro de las cosechas, onomásticas, fiestas mayores, etc.) La otra persona encargada del suministro de chucherías era la tía Liriana, una señora mayor cuya familia regentaba la posada del pueblo. Los domingos por la tarde, en la puerta de su fonda, esta amable mujer montaba una pequeña ‘paraeta’ con una mesa y un mantel, y allí nos vendía sus chucherías, que incluían falsos cigarrillos de ‘picapica’, que fueron la antesala del consumo de tabaco para la mayoría de los niños del pueblo. Aquella señora utilizaba cartuchos de papel de periódico para envolver las chufas y los altramuces. Sin embargo, las pipas y los torraos los cogía y tasaba a puñados en sus capazos y los introducía directamente en los bolsillos de nuestros pantalones, que habitualmente confeccionaban nuestras madres y abuelas. Cuando llegaban las fiestas de San Blas, durante unos cuantos días, a esos dos proveedores habituales se les agregaban otros forasteros, que montaban sus paradas cerca de la plaza. En ellas, más que las golosinas acostumbradas, vendían turrones, caramelos alargados de sabores especiales, frutas confitadas, etc. Estos excepcionales escaparates eran para los niños del pueblo la 'repanocha', el 'despipote', el no va más.

En aquellos tiempos nuestras familias tenían decenas de preocupaciones, que no incluían ni la obesidad ni las caries infantiles. La primera era un problema casi inexistente puesto que el aporte calórico que obtenían nuestros infantiles cuerpos serranos apenas alcanzaba las recomendaciones que hoy prescriben las dietas ideales. Sin embargo, existían, y muy abundantemente, las caries. Estoy seguro que no tenían relación alguna con el consumo de azúcar y sus derivados, que escaseaban. No dispongo de datos, pero es más que probable que fuesen consecuencia de la nula higiene bucodental existente, porque raras eran las casas en que había pasta y cepillo de dientes. Por otro lado, las visitas al dentista se limitaban a solucionar infecciones graves de la dentadura, que generalmente concluían con la extracción de alguna pieza, que muy excepcionalmente se reponía.

Hoy en día, la sociedad de la opulencia ha permeabilizado todos los rincones: también los pequeños pueblos, como el mío. Y, mira por donde, pese al brutal flujo migratorio que ha sufrido en los últimos cincuenta años, es justamente un nieto del tío Sabater quien tiene la exclusiva del suministro de chuches. Evidentemente, la suya es una versión moderna y customizada del negocio de su abuelo, que no desmerece de cualquier kiosko o tienda de chucherías de ciudad o de las que acoge cualquier otra población mayor. Juan Carlos, que así se llama el comerciante, lleva en su ADN los genes del emprendedurismo, de la capacidad para promover una particular tipología de negocio, con vigencia casi secular, que facilita a niños y mayores, a hijos y padres, a lugareños y visitantes, las chuches, los juguetes y las cosas que necesitan, sean las que sean y estén donde estén.

Con una diligencia y eficiencia  asombrosas, Juan Carlos es capaz de poner en el pueblo, al alcance de cualquiera, el artilugio más inverosímil que pueda imaginarse. Tiene en su kiosko Silvia –que es el nombre de su esposa– cuanto imaginarse pueda: las chuches más sofisticadas, los congelados y 'delicatessen' que apetezcan, los vídeos que no se encuentran, el desatascador de tuberías que estás años buscando, las flores para poner en el cementerio que olvidaste traer, unos tomates acabados de recolectar a precio de amigo, el último gel comercializado por Legrain, Revlon o Sanex. Y si no lo tiene, lo busca, lo encuentra y lo pone a tu disposición en veinticuatro horas. Y, por si te aprieta la necesidad, tiene en el frontispicio de su kiosko, que es a la vez su casa, un dispensador de snacks y bebidas frescas durante las ocho o diez horas diarias que permanece cerrado. Además, ofrece servicio de cajero automático, vende loterías, acepta pagos a través de tarjeta de crédito. ¿Se puede pedir más en las puertas de la Serranía y en los tiempos que corren? Sinceramente, creo que no. Es más, no sé si con él acabará la especie. El tiempo, que es casi la única sabiduría que conozco, lo dirá.

sábado, 27 de agosto de 2016

El léxico de la tauromaquia (1).

                                                 La gran maravilla del toreo es convertir la pesada e hiriente realidad de una bestia en algo tan inconsútil como el velo de una danzarina. (Juan Belmonte)

Hay quienes aseguran que la tauromaquia es una metáfora de la vida. Yo digo que menos mal que solo es eso, una simple alegoría, porque con los aires que se ciernen sobre el planeta taurino…“mala barraca”, que decimos en Alicante. Chascarrillos aparte, efectivamente, se ha dicho que la fiesta de los toros es un remedo del devenir de la vida porque no en vano concreta el enfrentamiento de un ser humano con lo desconocido, su lucha a brazo partido contra la adversidad, el afán por superar las dificultades y la búsqueda permanente del éxito. Todavía más, en el planeta de los toros, igual que sucede en la existencia, son más los perdedores que los triunfadores; son muchísimos menos los que se encumbran que quienes no hallan en su camino otra cosa que el fracaso, el silencio y el olvido.

Pese a las posiciones encontradas de defensores y detractores de la tauromaquia, es incuestionable que la “filosofía” que rodea su particular mundo forma parte de nuestra idiosincrasia social. Con el paso del tiempo, se ha contrastado ampliamente que ese peculiar compendio de actitudes, hábitos, costumbres, tradiciones, racionalidad, pensamientos, identidad, cultura y sentimientos ha influenciado el idioma. Por tanto, no es nada extraordinario que nuestras lenguas incluyan vestigios que acreditan tres siglos largos de existencia de una actividad enraizada y extendida en la sociedad española e hispanoamericana.

Algunos estudiosos sostienen que el conjunto de las expresiones taurinas conforman un universo alegórico que impregna nuestra visión del mundo, y también algunas realidades cercanas. Es una evidencia que el lenguaje de los toros adopta términos generales y los especializa, fijándolos en expresiones que designan elementos o acciones específicas. Ejemplos hay a docenas: capote, vara, montera, muleta, quite, trapío, encaste, bravura, mansedumbre, fijeza, recorrido, etc., etc. Posteriormente, en justa correspondencia, este lenguaje especializado se aplica por extensión, similitud o uso metafórico a la vida cotidiana. De ese modo, palabras y frases genuinamente taurinas retornan a la lengua común, que utilizan tanto los aficionados como los detractores de la fiesta de los toros, proporcionándole expresividad, colorido, ironía e incluso belleza. ¿Se puede discutir la hermosura de términos como albahío o barboquejo, que aluden respectivamente al toro cuya capa o pelaje es de color blancuzco-amarillento y a la cinta con que el picador sujeta el castoreño (sombrero) por debajo de la barbilla? ¿Quién no ha tenido oportunidad de comprobar cómo el lenguaje de la tauromaquia está incrustado en el habla cotidiana? Algunos ámbitos están sembrados de metáforas que provienen del lenguaje taurino; lo encontramos en las conversaciones cotidianas, en la política, en la vida amorosa y sexual, en la manera de afrontar las dificultades, etc., etc. Como no quiero hacerme pesado, hoy ofreceré algunas pinceladas y otro día me extenderé en otros aspectos.

A poco que recapacitemos, comprobaremos que en las conversaciones se utilizan muchas expresiones taurinas. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta sobre un asunto molesto o comprometido solemos optar por darle una larga cambiada, para desorientarlo o para evitar que siga con el tema. Y si un amigo atraviesa dificultades, le echamos un capote para ayudarle o intentar excusarlo. Nos dan la vara quienes nos molestan y aburren, y por ello acostumbramos a cambiar de tercio, es decir, de tema de conversación. Por otro lado, intentar resolver una situación complicada o plantear un asunto que puede causarnos perjuicios equivale a lanzarse al ruedo. En fin, decimos que cualquier diálogo da juego si permite que nos entretengamos, que aprendamos o que obtengamos información, cosa que seguramente sucede porque la otra persona entra al trapo, es decir, responde a nuestra pretensión. Otras veces, los antagonistas no tienen un pase porque apenas aportan algo interesante, no responden a las preguntas o se salen por la tangente.

Por otro lado, quienes han toreado en muchas plazas, pueden preparar una encerrona a quien acaba de tomar la alternativa o es nuevo en la plaza. A veces hasta toreamos a alguien porque le ofrecemos falsas esperanzas o le distraemos con engaños. Uno puede crecerse en el castigo o buscar las tablas antes de que le den la puntilla y lo dejen para el arrastre. Aunque si lo que se desea es abandonar una determinada ocupación personal o profesional, entonces no queda otra que cortarse la coleta.

Quiénes son avezados o han convivido con la tauromaquia saben que existen otras muchas expresiones, menos habituales, que suelen ser desconocidas para los ajenos al mundo taurino. Es el caso de sentencias como tomar el olivo, dar la espantá o tirarse de cabeza al callejón, que equivalen a huir del peligro y buscar refugio. O aquella que alude a los seres taimados o de aviesas intenciones, que reza: tiene más intención que un toro marrajo  (que no es otro que el que arremete a conciencia, sabiendo que acierta con el golpe). En otras frases se menciona el “hule”, la tela plastificada que antiguamente cubría la mesa de operaciones en las enfermerías de las plazas de toros. Perviven expresiones como: haber hule, que es una advertencia de que existe peligro cierto; o ir al hule, que equivale a pasar por la enfermería por causa de un percance; esta última también se utiliza para indicar que alguien va encaminado al fracaso. Otra expresión genuina es citar en corto, con la que se alude a una actuación decidida por parte de alguien. Finalmente, entablerado es un término atribuido al toro que tiene querencia a permanecer en actitud defensiva cerca de las tablas (barrera) que, por extensión, se utiliza para designar al marido receloso de que lo engañen. Además de otras muchas expresiones frecuentes, existe una amplia fraseología taurina, que incluye refranes y sentencias específicas de las que me ocuparé en otra ocasión.

Creo en mi fuero interno que, inexorablemente, la fiesta de los toros acabará desapareciendo. Con ella se irán ecosistemas, especies animales y vegetales, oficios, herramientas, costumbres, valores, virtudes y defectos… Sin duda, se lograrán otras cosas, siendo probablemente la principal de todas ellas evitar que continúe siendo un espectáculo público una actividad dramática, cuya esencia radica en que una persona pone en juego su vida (aunque no debiera olvidarse que sucede exactamente lo mismo en todos los deportes del motor y en otros espectáculos y hobbies universalmente consentidos). Sin embargo, sería una lástima que también se esfumase el patrimonio léxico con que la tauromaquia ha contaminado el lenguaje común. Tienen mi reconocimiento las personas que se han ocupado de recopilarlo y quienes se dedican a preservarlo, utilizando los viejos y los nuevos formatos: libros, revistas, medios de comunicación, plataformas digitales, webs, blogs, redes sociales… Espero y deseo que toda esa labor consiga que perdure más allá de la vigencia de los festejos porque es un patrimonio que no debe dilapidarse. Sea este un pequeño homenaje a quienes han hecho y hacen un esfuerzo por evitarlo. ¡Va por ustedes!