jueves, 22 de junio de 2017

La fiesta y el silencio


La vida está repleta de paradojas y contrastes. Ayer era 21 de junio y, como solemos hacer desde hace años, pusimos pies en polvorosa. La ciudad estaba que ardía y, particularmente, la zona en que vivimos rebosaba ruido y ‘despipote’ a cualquier hora del día. Además del fragor fogueril, nuestro distrito acoge una atronadora feria, que desde hace lustros machaca los tímpanos del vecindario diez o doce horas diarias, desde que empieza la siesta hasta que concluye la música de la barraca popular, hacia las cuatro de la mañana. A los incontrolados, incesantes y hasta estremecedores truenos, masclets, cañitas, tracas chinas… de niños y jovencitos y a las autoconsideradas ‘estrellas del karaoke’ que, ‘entonadas’ tras la mascletá y el aperitivo, monopolizan los micrófonos de las barracas para malograr con sus berridos la siesta de los vecinos se añaden los bocinazos, sirenas y demás reclamos de las denominadas atracciones de feria (autos de choque, pulpos, látigos, trenes fantasma y demás especímenes), que inmisericordemente se instalan todos los años en el descampado que colinda con la hoguera y con nuestras casas, para mayor gloria y/o lucro de quiénes las contratan y/o autorizan, sin otro miramiento que no sea hacer caja y/o lo que apetezca a la concurrencia y sin reparar en los perjuicios que producen a terceros.

martes, 20 de junio de 2017

Disrupción digital

Domingo 18. Se impone la disciplina de leer la prensa en formato papel. Tras el septenario de gloria ‘podemita’, llega el weekend estelar de quienes todavía se consideran paladines de la socialdemocracia. Repaso los periódicos que algunos llaman “de la reacción”, entre ellos El País, un medio que últimamente detestan buena parte de sus históricos lectores. Quo vadis País? ¿Tiene futuro la prensa escrita?

Tras la primera ojeada, me detengo en la sección Economía y negocios, que incluye una entrevista al presidente de Telefónica encabezada por un titular que merece una reflexión: "La revolución digital necesita un marco universal de valores", un rótulo que sintetiza acertadamente la entrevista que le hace Jorge Rivera. El máximo responsable de una de las veinte mayores empresas del país considera que “la disrupción tecnológica que estamos viviendo –aunque no nos enteremos, añado–, objetivamente, no tiene precedentes” porque multiplica por cuatro el impacto que tuvo la revolución industrial en el PIB per cápita y porque lo está cambiando todo, desde el orden económico y empresarial al social, afectando radicalmente a la cultura, a la política o al deporte. Asegura que vivimos una explosión de tecnología en torno al mundo de los datos. La vieja revolución de Internet es lo de menos porque lo que se nos echa encima y nos arrambla inevitablemente es el tsunami de la inteligencia artificial, de los sistemas cognitivos que generan redes como Telefónica, que inducen por sí mismos un potencial de información brutal. Son el nuevo rayo que no cesa porque ni descansan, ni duermen, ni se cansan de generarla.

Emerge un nuevo mundo que requiere de otros valores porque todo va a estar conectado a Internet, generando y emitiendo información. Prácticamente ya no existen restricciones ni para almacenar los datos ni para procesarlos. De modo que está cerca el día en que conoceremos el IPC o podremos tomar el pulso social y político a un determinado país en tiempo real. En opinión del máximo jerarca de Telefónica, ello define una nueva dimensión que exige marcos legales específicos que regulen la nueva realidad que genera un cambio tecnológico imparable. La revolución de la inteligencia artificial que se nos viene encima demanda nuevos debates sobre los límites que se le deben o se le quieren poner a la robotización. La revolución digital necesita un marco de valores y de regulaciones. Se impone una constitución digital que, por definición, debe ser universal. Siempre que ha ocurrido una disrupción de este tipo, una revolución de alcance trascendente, han emergido en algún lugar los valores que luego han compartido los demás. Y Europa no debiera desperdiciar esta nueva oportunidad aprovechando que históricamente ha sido crisol en el que se han forjado los principales valores que sustentan el mundo occidental.

Por otro lado, en el suplemento de Economía del mismo diario, Joseph Reger, responsable tecnológico de Fujitsu para Europa, África, Oriente Medio e India, aborda algunas respuestas a las grandes cuestiones que se plantean a la humanidad del siglo XXI, en una conversación con un grupo de periodistas internacionales reunidos con motivo del Fujitsu World Forum, en mayo pasado, en Tokio. Asegura que el conocimiento es cada vez menos importante y que debemos entrenar la creatividad y vigilar que los políticos sepan de tecnología porque su presencia en nuestras vidas va a crecer de forma exponencial. Considera que el futuro puede sorprendernos a todos y recomienda abrir un debate social profundo sobre qué esperamos de la inteligencia artificial. Porque se nos viene encima un problema que no tiene fácil solución. Con el aprendizaje automático –machine learning–y la inteligencia artificial nunca se sabe exactamente qué es lo que la máquina ha aprendido y en qué se basa para tomar decisiones. Y ese problema es previo a los problemas éticos. Por tanto, en su opinión, debemos llegar a un acuerdo sobre lo que es aceptable. Necesitamos unas reglas que no tenemos, y para eso es necesario un debate y un acuerdo en el seno de la sociedad, que será distinto según qué países.

Porque al final la automatización y la inteligencia artificial afectará a todos los sectores. Se ganará en eficiencia, pero a la vez se destruirá empleo. Si miramos hacia atrás, comprobaremos que las revoluciones precedentes han generado más trabajo y oportunidades que han destruido, pero nadie garantiza que suceda lo mismo en el futuro. Hoy por hoy no tenemos respuesta sobre lo que sucederá. Por tanto, no estaría mal debatir también acerca de qué se puede hacer si no existe trabajo suficiente para los ciudadanos. Inclusive sobre como vertebrar una sociedad sin trabajo.

Además, los nuevos escenarios originan problemas colaterales. Por ejemplo, es una evidencia que el sistema universitario reacciona muy lentamente a las transformaciones. Por otro lado, en las universidades lo que prima es la transmisión del conocimiento, entrenándose muy poco a los estudiantes para que desarrollen trabajos creativos. Sin embargo, en opinión de Reger, todo indica que en el futuro los conocimientos serán mucho menos relevantes porque serán infinitamente más accesibles; lo que importará esencialmente será la creatividad para solucionar los problemas. Por otro lado, actualmente y en el pasado, la democracia se limita prácticamente al ámbito de lo político. Sin embargo, en el futuro las decisiones democráticas van a pivotar cada vez más sobre las tecnologías, sobre sus consecuencias y sobre su influencia en la sociedad. Y por eso se necesita la alfabetización tecnológica de la clase política. Y, naturalmente, también de la ciudadanía.

En Europa, la mitad de las grandes compañías están embarcadas en proyectos de transformación digital porque han comprendido que el proceso que vivimos es diferente a todo lo anterior. Es mucho más disruptivo y puede destrozar cualquier modelo de negocio. Joseph Reger se muestra optimista. Cree que la tecnología es una fuerza nacida para hacer el bien, que proporcionará a las personas más ayuda que cualquiera de los descubrimientos precedentes. Ahora bien, advierte de que las cosas van a cambiar dramáticamente en el futuro y que hay que prepararse para ello.

A la vista de las perspectivas que ofrecen los señores Álvarez-Pallete y Reger, uno observa perplejo las fotos que resumen el debate parlamentario de la última moción de censura y los hitos congresuales del fin de semana. Ahonda su perplejidad cuando repasa el contenido de las controversias que sostienen los legisladores, las resoluciones congresuales y el organigrama de la nueva ejecutiva del PSOE. Mira alucinado los abrazos, abucheos y poses, revisa los discursos programáticos, relee el anecdotario, contempla la escenografía y concluye preguntándose: ¿en qué mundo vive esta gente?

jueves, 15 de junio de 2017

Elogio de la siesta y del civismo

Ador, (del árabe ad-dūr; “las casas”) es un pequeño municipio del suroeste de la comarca de la Safor, situado al pie de la sierra del mismo nombre, justo donde confluye con el río Serpis. Actualmente lo pueblan alrededor de 1300 habitantes, que viven fundamentalmente de la agricultura, y muy especialmente de los naranjos. Obviamente, no son tan ramplonas características las que han puesto a esta pequeña localidad en el mapa de la notoriedad, sino una vetusta costumbre de sus vecinos que, aunque es ampliamente compartida por los de otros muchos pueblos y ciudades, aquí sigue siendo casi una religión: la siesta.

Para facilitarla, desde hace casi tres décadas, cuando se acerca el verano, aproximadamente a las 13:30 h. de cada día, el polifacético guardia municipal recuerda por la megafonía pública el bando de la alcaldía que insta a los vecinos a mantener a los niños en casa y a bajar a niveles aceptables el volumen de sus televisores y equipos de música, desde las 14 a las 17 horas. Alcalde, vecinos y empleado municipal aseguran que el edicto tiene una gran aceptación y que se respeta por parte de todos.

Sin embargo, los expertos opinan que a veces los ayuntamientos españoles parecen obsesionados por regular los comportamientos de los ciudadanos hasta detalles delirantes. Ponen como ejemplo cierto bando que prohíbe dar portazos a la hora de la siesta y se preguntan por la etiología de este frenesí regulador, que unas veces atribuyen a la presión social y otras a un trasnochado paternalismo. En general, consideran que el ‘ordenancismo’ es poco eficaz y que apenas contribuye a mejorar la convivencia.

Jordi Beltrán, El sentido del civismo
No hace mucho que una investigadora de políticas públicas y de seguridad de la Universidad Autónoma de Barcelona aseguraba que con la excusa de asegurar el civismo nos lo estamos cargando.  Argumentaba al respecto que, tradicionalmente, si el vecino tenía la música alta, subías a su casa, tocabas a la puerta, le explicabas que tenías que levantarte temprano y le pedías que bajara el volumen. Normalmente él lo entendía, lo hacía y todo quedaba resuelto. Sin embargo, hoy te dicen que ese asunto está regulado y te recomiendan que llames a la policía. Evidentemente, suele ser así. Pero probablemente ello obedece a que en algunos barrios de las ciudades no está el asunto como para subir al piso de arriba y decirle al vecino que modere sus impulsos.

La misma investigadora refiere que cada vez hay más políticos que vinculan la seguridad con el incivismo para obtener réditos electorales. Pretensión de la que, según ella, son cómplices, voluntarios e involuntarios, los medios de comunicación, que amplifican la difusión de esa tendencia. A su juicio, la ‘sobrecobertura’ mediática de pequeños sucesos o de conflictos, bien entre culturas o bien intergeneracionales, genera una ‘sobreatención’ política que activa una alarma social sin base objetiva porque, según ella, ni han aumentado los delitos ni las víctimas. No dudo que globalmente sea así pero, en mi opinión, no puede negarse que en ciertos lugares no lo parece. Recuérdense si no territorios estigmatizados como Salou, Magaluf, Benidorm y otros municipios ribereños del Mediterráneo, las plazas mayores de muchas ciudades, o la calle Castaños de Alicante, sin ir más lejos.

Por otro lado, algunos investigadores del tema consideran que con la mejor de las voluntades a veces se logra exactamente lo contrario de lo que se pretende. Insisten en que en España, replicando lo que sucede en otros países europeos, existe una voluntad evidente de controlar los comportamientos en el espacio público, pese a que la eficacia de esas normas es más que cuestionable. Aseveración con la que estoy de acuerdo. Por eso, defienden que los políticos deben decidir si ello es una herramienta útil. Yo opino lo mismo y apostillo, además, que las normas cuyo cumplimiento no se puede o no se quiere garantizar es mejor no promulgarlas. Aunque ellos todavía van más allá y advierten que la promesa de seguridad nunca se puede cumplir porque es como vender el alma al diablo: te salva un rato, pero te hunde después. En esto, no estoy de acuerdo. Creo que se puede estimar perfectamente hasta donde es posible comprometerse, y cumplir con lo prometido.

Comparto más otras opiniones que abogan por que haya pocas leyes, pero que se apliquen y se cumplan. Dicho de otra manera, entre la tolerancia cero y la impunidad me decanto por la solución que propone un profesor de la Universidad de Lleida que recomienda la tolerancia tres, es decir, contar hasta tres y actuar con contundencia si la cosa es grave, pero ofrecer antes la oportunidad de rectificar a quienes se han podido equivocar, y preguntarse por qué ocurre para tratar de evitarlo. Un proposición que me parece no solamente aplicable a la convivencia en los municipios, sino a las relaciones familiares, a la vida en las ciudades y hasta al conjunto de los comportamientos ciudadanos en cualquier territorio.

Lo cierto es que no parece que sea ese el espíritu de las ordenanzas al uso, que coinciden en afanarse en desmenuzar la regulación del consumo de alcohol, la prostitución, la mendicidad, los patines, balones y grafitis, el ruido o las necesidades fisiológicas, copiándose por lo general unas de otras. Por otro lado, además de incluir una prolija relación de comportamientos variopintos y asimétricos (molestos, alegales e ilegales), incluyen definiciones tan amplias que, al final, es el agente de la autoridad o el alcalde en cuestión quien acaba siendo el encargado de interpretar las conductas y decidir si son sancionables. Dicho de otro modo: las decisiones administrativas y cívicas se supeditan al criterio moral de la autoridad competente, cosa que evidentemente no es de recibo en un estado de derecho.

¡Qué complejo es casi todo en la vida ciudadana! Con lo sencilla que resulta la rutina diaria en las pequeñas localidades, como Ador: un simple bando recuerda una decisión razonable que beneficia a la inmensa mayoría, y problema solucionado. Pero se dirá aquello de que una cosa son los pueblos y otras las grandes urbes. Sin duda, pero también se puede argüir que a cada cual lo suyo. ¿Por qué, entre otras muchas cosas, no hacer que la gestión del interés general y de la convivencia en las ciudades se simplifique y se asemeje a la de los pueblos pequeños? ¿Por qué no acercar parte de los recursos y las ventajas que tienen las ciudades a las pequeñas localidades? ¡Ah, claro!, porque eso sería ordenar o planificar el territorio con la vista puesta en el interés general. ¿Cómo se me habrá ocurrido plantear semejante dislate en un país de incuestionable vocación urbanita, atávicamente desgobernado, políticamente insensible y que se ofrece sin desmayo ni rebeldía a los recalcitrantes abusos y saqueos de pícaros, especuladores y rufianes?

miércoles, 14 de junio de 2017

Cuando el maíz se llama canaria

Cuentan que antes de la llegada de Quetzalcóatl los aztecas solo se alimentaban de las raíces que recolectaban y de los animales que cazaban. Desconocían el maíz, que permanecía oculto detrás de las montañas. Aseguran que los antiguos dioses intentaron apartar las montañas para hacerse con él, cosa que nunca lograron pese a su colosal fuerza. Conocedor del endémico problema, Quetzalcóatl escuchó con cabal sensibilidad las rogativas de su pueblo prometiéndole que conseguiría el maíz. El reto al que se enfrentaba estaba a la altura de su proverbial astucia, de ahí que para admiración de su celestial corte decidiese recurrir a la picardía y no a la fuerza para sortear las montañas. A tal efecto, se transformó en una hormiga y marchó cara a ellas recorriendo un camino repleto de dificultades y fatigas, que no lograron quebrar su determinación, espoleado por el recuerdo de las penurias y miserias que acuciaban a su pueblo. De ese modo logró sobrepasarlas y llegar hasta donde estaba el maíz. Dado que su himenóptera corporeidad no le permitía otra cosa, tomó un grano maduro entre las mandíbulas y emprendió el viaje de regreso. Llegó a su tierra exhausto y entregó el prometido tesoro a los hambrientos indígenas que, evidenciando una vez más su acreditada sabiduría, en lugar de comérselo lo plantaron. Pocos meses después obtuvieron el fruto de tan preciado tesoro y  de su no menos lúcida decisión. A partir de entonces cosecharon sistemáticamente el maíz, aumentando sus riquezas, haciéndose más fuertes y logrando ser más felices. Desde entonces los aztecas veneraron al generoso Quetzalcóatl, el dios amigo de los hombres, que les trajo el maíz.

La palabra maíz nos ha llegado casi con la misma forma con que la utilizaban los aborígenes americanos –mahíz–, con un significado equivalente a algo así como “lo que sustenta la vida”, que habla por sí mismo de la importancia de un cultivo que conocían  inmemorialmente los pueblos indígenas de toda América y que junto al arroz, el trigo, la avena, la cebada, el centeno y el sorgo conforma las siete gramíneas que han alimentado a la humanidad a lo largo de la historia, y aún antes. Fue a partir de la conquista cuando lo importamos los europeos, extendiéndose su cultivo por el resto del mundo en pocas décadas. No se cuando llegó a Gestalgar, mi pueblo, aunque probablemente sería cuando lo poblaban los moriscos. Pese a la relevancia de su significado, allí el maíz no se llama tal, ni tampoco se denomina como en otros lugares de España, que lo mencionan con apelativos como danza, mijo, millo, oroña, panizo o zara, entre otros. Desconozco por qué, pero entre nosotros toda la vida de Dios se le feminizó el nombre, denominándolo “canaria”, de la misma manera que sucede en Villar del Arzobispo, Chelva o Domeño, todas ellas localidades serranas.

Desde mi niñez, y mucho más desde que estrené la adolescencia, tengo asociada la canaria a estas fechas finales de la primavera y al verano. En este tiempo menudeaban en la huerta los pequeños maizales que tenían como principal objeto atender una parte de la alimentación de los animales de corral, esencialmente gallinas, pollos, pavos y cerdos. Rara era la familia que no sembraba porque quién más y quién menos necesitaba de su imprescindible aporte a la subsistencia doméstica. De modo que en estos meses los mozalbetes, calzón en ristre, nos disponíamos a esclarecer los maizales por encargo expreso de nuestros padres, al tratarse de una faena sencilla que no consiste en otra cosa que en arrancar a mano las plantas que tras la siembra han crecido con menor prestancia, preservando la más robusta, que gana así espacio y condiciones para crecer sin competencia y con lozanía. Es decir, algo equiparable a una selección desnaturalizada.

A esa primera labor que se hacía tras la siembra, y además del riego, le seguía otra más cansina que se dilataba a lo largo de la estación estival hasta pocas semanas antes de la recolección, cuando el porte de las plantas hacía imposible realizarla sin perjudicarlas. Esa tarea no era otra que ‘rascar’ la canaria, una faena consistente en arañar superficialmente el suelo del bancal con una pequeña azada, para despojarlo de las hierbas que crecen espontáneamente en perjuicio de la labor, fundamentalmente ‘sorrejes’, verdolagas, ‘junza’, ‘escorihuela’…, cuyos nombres científicos y correctos sigo desconociendo. Algo similar hacíamos con las cebollas, casi siempre descalzos, porque así trabajábamos con mayor esmero, sintiendo en los pies desnudos el tacto de las plantas, tanto de las que debían preservarse como de las que había que prescindir. Aunque, todo sea dicho, de vez en cuando también percibíamos otras sensaciones menos agradables como los agudos pinchazos de algún que otro cardo, el escozor de las sempiternas ortigas y las “caricias” de otros afilados especímenes vegetales que nos sorprendían y espabilaban nuestras mientes.

Recuerdo con distante agrado los enormes sudores que acompañaban al repaso minucioso y superficial que con las pequeñas azadas hacíamos de los infinitos laberintos que dibujaban los surcos y los plantones. Retengo la caricia benévola que recibían los pies de aquel cernido mantillo, resultado de mil labores precedentes. Evoco el frescor de la humedad que brotaba de las entrañas de la tierra y que abducían las ardorosas y desnudas extremidades juveniles, también aliadas y visitantes frecuentes de las aguas que acompañaban permanentemente las acequias que construyeron nuestros antepasados en las cabeceras de las parcelas. Recuerdo aquel picor insufrible del polen que caído de las espiguillas se mezclaba con el sudor e irritaba sobremanera las doblegadas y juveniles espaldas, mucho antes de que el reloj del campanario anunciase el mediodía.

Rememoro las lluviosas jornadas invernales deshaciendo el maíz recolectado. Aquellas faenas en las que participábamos cuantos vivíamos en casa, cada cual con sus fuerzas, todos ‘panojón’ en ristre, erosionándonos las yemas de los dedos mientras desgranábamos las mazorcas que habían pasado el otoño oreándose en la cambra. Recuerdo los párvulos y precarios regalos enterrados por mi madre cada noche de reyes en los montones de aquel maná granulado y amarillo.

Como todos los años, cuando despuntan los primeros rigores del verano, me gusta andar descalzo por casa, sintiendo en los pies el frescor de las losas del suelo, que ellos agradecen muy especialmente, libres de la reclusión en que viven permanentemente entre calcetines y zapatos. Aunque hace muchas décadas que no practico las viejas faenas, cuando llegan estas fechas y me descalzo un tanto a hurtadillas, suelo recordar la proverbial frescura de aquellos campos de maíz, que además fueron proveedores de las hojas –chalas las denominan en algunos lugares de América, ‘callorfas’ en mi pueblo– con que se rellenaron algunos de los colchones que acogieron mis sueños adolescentes.

sábado, 10 de junio de 2017

De tontos y embusteros, o de ambas cosas

Las Aventuras del Barón de Münchhausen es un libro breve que se lee de una sentada y que consigue dibujarnos en la cara una sonrisa permanente, solo interrumpida de vez en cuando por las carcajadas que provocan las fantásticas y descabelladas peripecias que cuenta el protagonista, uno de los héroes más ingenuos y embusteros imaginable: Karl Friedrich Hieronymus, un barón alemán que en su juventud fue paje del duque de Brunswick-Luneburgo y que posteriormente se alistó en el ejército ruso, sirviendo en él hasta 1750 tras participar en dos campañas militares contra los turcos. A su regreso relató algunas de sus aventuras con amplias dosis de imaginación. Contó hazañas tan asombrosas como que había cabalgado sobre una bala de cañón, matado varios pares de patos de un solo tiro, viajado dos veces a la Luna, vuelto del revés a ciertas fieras, recorrido el fondo del mar o escapado de una ciénaga tirando de su propia coleta. Tomando como pretexto esos relatos, Rudolf Erich Raspe, bibliotecario, escritor y estafador alemán, creó un personaje literario a caballo entre el superhombre y el antihéroe, entre la comicidad y la bufonada, que se consagró como mito de la literatura infantil, siguiendo en cierta manera la tradición de El Quijote o de Gulliver, a través del relato de las disparatadas aventuras de uno de los héroes más farsantes que conocemos.

Por otro lado, en el castellano son numerosas las frases despectivas para aludir a las personas con mermada inteligencia o evidente simpleza. Personajes como “el Tonto del bote”, “Perico el de los palotes”, “el Bobo de Coria” o “Abundio” son producto de la mordacidad de las gentes para designar a personajes, reales o imaginarios (que de todo hay), que forman parte de la tradición o del folklore en tanto que prototipos de la estupidez. Desde Navarra a Sevilla, pasando por Madrid y otras provincias, estos involuntarios cómicos ejemplifican diferentes grados y matices de la ingenuidad o de la simpleza.

La pulsión creativa de la humanidad no cejará mientras exista. Las historias que  diariamente protagonizan las personas engrosan y agradan el acervo cultural o el anecdotario, filtradas por los particulares anteojos que cada contexto histórico hace valer para preservar lo que las circunstancias afloran como significativo o definitorio de una determinada coyuntura.

Este dilatado preámbulo viene a cuento de las reflexiones que me ha motivado la reciente sentencia del Tribunal Constitucional, declarando inconstitucional la amnistía fiscal promulgada por el gobierno del PP en marzo de 2012. Para no hacerme excesivamente pesado, para argumentar su alcance, utilizaré con brevedad cuatro datos que comentaba eldiario.es, en abril de 2015.

Primero. Un honrado ciudadano español que tenga la suerte de trabajar paga en el impuesto de la renta entre el 20% y el 47% de su salario. Un inversor que viva de las rentas de su capital, entre el 20% y el 24%. A estos porcentajes hay que sumar el IVA, el IBI, la gasolina y unos cuantos impuestos más. ¿Cuánto paga un defraudador? La amnistía fiscal del Gobierno de Rajoy permitió perdonar el fraude a cambio de abonar el 10%. Y lo peor es que este insultante porcentaje ni siquiera fue verdad porque el Gobierno rebajó aún más esa ridícula penalización. En vez de un 10% de todo el dinero sin declarar, Montoro lo dejó en el 10% de los intereses que hubiese generado ese dinero negro durante los últimos tres años. Evidentemente, no es igual ni mucho menos.

Segundo. El Gobierno permitió también que el dinero en efectivo se pudiese acoger a la amnistía fiscal. Bastaba con declarar que tenías los fajos de billetes desde antes de 2010. Obviamente, fue un enorme agujero por el que se coló fundamentalmente dinero del narcotráfico, de la trata de personas, de la venta de armas, de la corrupción y de todo tipo de actividad criminal... porque el trabajo honorable no suele producir semejantes tesoros.  

Tercero. El Gobierno al que pertenece el ínclito ministro Montoro esperaba recaudar con su genial idea 2.500 millones de euros. La cifra real no llegó ni a la mitad porque, para pasmo de propios y extraños, Hacienda solo recolectó 1.191 millones de los 40.000 millones de euros que se “regularizaron” con la amnistía.

Cuarto. Los defraudadores “perdonados” por Montoro (entre los que se encuentran personas honorables como Rato, Bárcenas, los Pujol…) solo pagaron al fisco un 3% de media. Es decir, hasta cuando los ciudadanos compramos una barra de pan, que se grava con el IVA superreducido del 4%, pagamos más que los mangantes  amparados por el PP.

Por si esto no fuera suficiente, y pese a declarar enfáticamente en la misma sentencia que “la amnistía fiscal supone la abdicación del Estado ante su obligación de hacer efectivo el deber de todos de sostener el gasto público”, la resolución del Tribunal Constitucional no modifica en absoluto los efectos de la referida amnistía de 2012, haciendo prevalecer el principio de seguridad jurídica sobre el deber constitucional de contribuir al sostenimiento del Estado. Ingenuamente, en mi tontuna, me pregunto: si nadie contribuye al sostenimiento del Estado, ¿para qué queremos la seguridad jurídica si acabará por no existir ni Estado ni nada quese le parezca y que se pueda asegurar? ¿O es que no es eso, sino que todo se fía a la incontrovertible certeza de que siempre habrá una legión de tontos silenciosos que seguiremos manteniendo al Estado para que unos cuantos listos y sinvergüenzas se aprovechen de él?

Las ocurrencias de Abundio, llevando uvas de postre cuando iba a vendimiar o vendiendo el coche para comprar gasolina, son trivialidades comparadas con las tragaderas que hemos desarrollado los ciudadanos de este país para con la clase política y con la administración de justicia. La capacidad de resignación y autoengaño de la ciudadanía –que cada vez dudo más que merezca tal nombre– deja en mantillas las ocurrencias del Bobo de Coria cuando construía puentes sobre ríos inexistentes, o la desvergüenza del Barón de Münchhausen intentando hacer creíbles sus inconcebibles aventuras. Me queda la esperanza de que algún conspicuo compatriota encuentre alguna frase chusca que, incorporada al acerbo popular, haga pasar a la historia, como merecen, al señor Montoro, al PP y a algunos eximios tribunales de este país.

miércoles, 7 de junio de 2017

Mi cuarto a espadas

Quienquiera que me conozca, cualquiera que me haya tratado mínimamente y que por lo que sea lea estos párrafos, pensará que me he trastornado o que algo gordo me ha debido suceder para hacerme desvariar así. Nada más lejos de la realidad. Lo que ahora mismo siento y pienso, lo que quiero argumentar y defiendo es que probablemente vivimos en la encrucijada vital más inestable que ha conocido la especie humana. Reparemos, si no, en las decenas de evidencias que lo demuestran. Señalaré solo una, la penúltima de las amenazas contra la supervivencia de la humanidad que ha protagonizado ese fulano llamado Trump (y los que con él van), ese energúmeno, permanentemente disfrazado de no sé qué, que de un día para otro, impulsado por intereses incalificables y espoleado por una gerontocracia repugnante, ha decidido hacer dejación de las ineludibles obligaciones que le impone el Acuerdo de París (2015), que firmó su predecesor en la presidencia de los Estados Unidos en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero a través de la mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas a efectos del calentamiento global a partir del año 2020, cuando finalice la vigencia del anterior Protocolo de Kioto (1997).

Este fulano, que no se sabe muy bien si está loco o solamente lo parece, ha decidido unilateralmente, como suele hacer su prepotente calaña, que va a seguir los dictados de su principal competidor comercial, la República Popular China. Como si la nación a la que representa –todavía la más poderosa del mundo (tal vez de ahí provenga su indecente lema electoral: First America!)– fuese equiparable a ese inmenso territorio en el que malviven y hasta ‘infraviven’ infinidad de gentes, atávicamente sometidas a las dictaduras y, tal vez por ello, inevitablemente condenadas a subsistir en un estado de ánimo general en el que importa lo mismo dos que veintidós. A ellos, el cambio climático les debe sonar como a mi el rosario de la aurora o el sursuncorda. ¡Cómo si no tuviesen otra cosa en qué pensar! Ya tienen suficiente con arreglárselas para respirar cada mañana, para echarse algo a la boca cada día, para encontrar un mínimo espacio en el que descansar unas horas o para remedar involuntariamente la vida de los gusanos, cuyo único leitmotiv es seguir respirando aún careciendo de pulmones y corazón.

Centenares de miles de años intentando progresar, ambicionando mejorar la vida de las generaciones futuras, para llegar a este aparentemente fatídico destino que desnaturaliza y despoja de sentido cualquier pretensión de la humanidad. Parece como que hoy todo vale nada porque se ha impuesto la perspectiva de que el mundo acaba mañana. Por si semejante dislate fuese poco, hemos depositado el futuro del planeta, el provenir de la especie, la posibilidad de seguir vivos y de compartir los inconmensurables recursos y las mil culturas que hemos engendrado los humanos en manos de un personaje cuyo mayor atributo es la maraña amarilla que corona su cabeza, que a veces parece una ensaimada y otras un alborotado y ralo penacho de crin vegetal.

No es necesario ser un premio nobel en Humanidades o Economía, ni un estratega político de campanillas para saber que sobran recursos en la tierra para asegurar comida y techo a la humanidad entera sin necesidad de esquilmar el planeta. No es la supervivencia del globo lo que está en juego sino la insaciable y desmesurada ambición de unos pocos, contagiada a una legión de idiotas, que solo ansían el lucro personal importándoles tres rábanos la vida de propios y extraños. El planeta existe todavía porque ha prevalecido a lo largo de su historia la ley de la supervivencia, que impulsa y protege la vida de cualquier ser animado por primario que sea. Lo terrible es que parece que muchísimos humanos nos hemos trastornado de verdad y no en apariencia, como yo. Sencillamente hemos dejado de pensar en el futuro, hemos olvidado el significado de la misma supervivencia: sin futuro no hay ni vida, ni esperanza, ni nada. 

Y si estas son las cartas con las que debemos jugar, además de discrepar radicalmente de las condiciones en que se juega la partida e intentando encontrar alguna salida plausible a tan disparatada timba, echo mi cuarto a espadas en una alternativa que considero incomparablemente más sensata y mejor que la ruleta rusa o cualquier otra aleatoria disyuntiva a la que nos sojuzgue el desgobierno planetario que sufrimos. Propongo que se someta al juicio de mil enfermos terminales, elegidos mediante muestreo aleatorio y proporcional a las personas que pueblan los cinco continentes, qué debe hacer la humanidad para intentar asegurar su futuro. Propongo que se les pregunte por el principal valor del ser humano que debe preservarse a toda costa y también por el legado que primordialmente desean dejar a sus hijos y a sus nietos. Y que los resultados de esa consulta, y las consecuentes disposiciones para materializarlos, sean vinculantes para todas las naciones, constituyendo la parte dispositiva de un único e inamovible compromiso universal sobre el futuro del planeta. Abogo por una actitud ecuménica de esta naturaleza que, aunque sea solamente por esta vez, haga primar por encima de cualquier otro interés una suerte de compromiso definitivo por la supervivencia. 

Si ello no fuera posible, desconozco cuál podría ser la salida del atolladero en que nos encontramos. No sé cómo lograr resolver la enorme paradoja de un presente con la mayor riqueza y poder jamás imaginados que, sin embargo, nos aboca a la simplista estupidez de acabar con nosotros mismos, haciendo inútil el potencial de unos recursos abrumadores, que vuelven a devenir tan embarazosos como el oro que Dionisos concedió al rey Midas. Como dijo en alguna ocasión mi admirado Francisco Ayala, “éstas son incógnitas que la divina providencia, la fortuna o la pura casualidad deberán despejar, ya que los hombres no parecemos dispuestos ni siquiera a intentarlo con los recursos del ingenio y de la buena voluntad”.


domingo, 4 de junio de 2017

Crónicas de la amistad: Alacant (19)

Ayer, 3 de junio, regresamos a Alicante. Elegimos la capital como en las ocasiones anteriores en que el cónclave resultó especialmente concurrido por ser un lugar relativamente equidistante de los municipios en los que residimos. En este caso, se trataba de materializar la que casi se ha institucionalizado como cena anual, en la que, además de los habituales, participaban personas muy especiales: nuestras parejas y Domingo Moro, que por segundo año consecutivo se desplazaba bien temprano y ex profeso desde Ibiza para participar en un evento que, de alguna manera, simboliza la antesala del cincuentenario de nuestro primer encuentro, que se consumará el próximo mes de septiembre, con fecha por decidir. Probablemente, hemos logrado alcanzar una cifra tan redonda porque estamos persuadidos cuanto menos de dos cosas. Por un lado, de que “la amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad”, como dijo Francis Bacon. Por otro, de que “es más difícil y más rara que el amor, y por eso hay que salvarla como sea”, como aseguró Alberto Moravia. En mi opinión, cincuenta años de apego representan un intervalo más que razonable para acreditar que lo hemos logrado. 

Esta vez repetíamos escenario: el reservado de la Barra de César Anca, junto a la Explanada. Un espacio ideal para un encuentro de estas características. Habíamos encargado uno de los típicos menús de tapeo de la casa, a base de tiradito de atún con rúcula, cebollita roja, aceite de trufa y lascas de parmesano; brocheta de langostino con mousse de queso brie y maraña de kataifi; crêpe crujiente de pato y manzana con maraña de puerro frito; huevo escalfado con crema de cebolla tierna y salmón ahumado; canelón de rabo de buey con crujiente de ibérico, taco de merluza confitada a baja temperatura con crema de ajos tostados y gulas salteadas y tarta de manzana caliente a la buena mujer/pan perdido con helado de vainilla y chocolate caliente. Todo ello regado con cerveza, refrescos, blanco de Rueda y Rioja tinto.

Ciertamente, un menú conformado con platos de pitiminí que, eso sí, estaban perfectamente elaborados y resultaron a entera satisfacción de la concurrencia, según acredita la opinión general. Para asombro de los camareros –nada familiarizados con nuestra idiosincrasia– semejantes fruslerías que al final del recorrido, todo debe decirse, no lo son tanto, estuvieron trufadas con el arsenal calórico que habitualmente aporta Domingo desde su anhelada Ibiza: aperitivo Palo con unas gotitas de ginebra y limón y un toque de agua de seltz; y además, ‘orelletes’ y ensaimada para “reforzar” el postre de la casa, que algunos acompañamos de una copita de Frígola, y que tuvo su guinda con las trufas vileras de Marcos Tonda, que como casi es de rigor nos obsequiaron Rosana y Tomás. La réplica vino de la mano de Pascual que, en nombre de todos, ofreció a Domingo una billetera para que ponga a buen recaudo la más que razonable fortuna que le acompaña atávicamente en los juegos de azar, especialmente en la lotería navideña. Como siempre, estuvo al quite e inmediatamente puso sobre la mesa la propuesta de reeditar la inversión de 20 euros per cápita en el próximo sorteo extraordinario del 1 de julio, proposición aceptada unánimemente. Por otro lado, el cronista aprovechó la circunstancia para obsequiar a Domingo y a los demás contertulios un pequeño folleto que contiene las dieciséis primeras “Crónicas de la amistad”.

En La Barra de César Anca
Revestidos de finezza y bonhomía, sorprendidos por el breve y sin embargo contundente discurso de Paco Ochando, todos los presentes: Elías y Pepi (con su recién estrenada condición de “iaios”), Paqui y Antonio, Pascual, Rosana y Tomás, Paqui y Alfonso, Vicente y Amalia, Paco Ochando, Antonio y Maite, Sofo y Domingo contrastamos nuevamente que la amistad es uno de los pilares que sustentan nuestras vidas. Y por eso añoramos a Luis y a Guti, ausentes en este caso por razones de fuerza mayor. Como reflejan numerosos estudios y he referido en otras ocasiones, el contacto con los amigos influye inequívocamente en el bienestar psicológico y en la salud física. Hasta el punto de que existe una correlación significativa entre las redes sociales que mantenemos activadas y la longevidad que alcanzamos.

Ahora bien, la amistad –como tantas otras cosas de la vida– no debe descuidarse, bien al contrario, conviene estar muy atentos a sus avatares. Porque a medida que nos hacemos mayores se intensifica la tendencia a recluirnos en nuestro entorno más cercano y a que se nos olvide transitar por el espacio que ocupan los amigos. Por ello, suele ocurrir –y debemos evitarlo– que cuando se aproxima el final de la vida nos lamentemos por no haber cultivado suficientemente las amistades, por no haber dedicado el tiempo que merecían los seres queridos, o por ambas cosas.

Sabemos por experiencia que conservar los amigos no es sencillo. Sin embargo, cincuenta años ininterrumpidos de práctica amistosa han acrisolado en nosotros convicciones y conductas que hacen fácil lo que es sustancialmente difícil, asegurándonos una universal y ubérrima capacidad para cultivar el afecto, asentada en la ineludible práctica de unas pocas e importantes virtudes.

La primera de todas ellas es la honestidad. A la amistad le conviene sobremanera la honestidad. Es más, se puede afirmar categóricamente que ésta es la condición que la hace posible, porque amistad y mentira son incompatibles. No hay amistad sin sinceridad, de manera que solo las amistades francas perduran en el tiempo.

Por otra parte, sabemos a las claras que el rencor es el mayor enemigo de la amistad, cuyo cultivo casi nunca se asemeja a un camino de rosas. Pero es justamente la habilidad para gestionar y resolver los desencuentros la que ayuda, más que cualquier otra cosa, a fortalecer los lazos amistosos. Transigir y saber perdonar es algo consustancial al mantenimiento de las buenas amistades.

Hemos contrastado que conviene exteriorizar y mostrar explícitamente el afecto. Si descuidamos los detalles cariñosos, aunque sea de manera inconsciente, la relación con los amigos acabará enfriándose hasta desaparecer. Es imprescindible que nos esforcemos para lograr vernos, abrazarnos, conversar, compartir o perder el tiempo, sea cual sea el pretexto que encontremos para cada ocasión.

La amistad es incompatible con el egoísmo porque es una relación indefectiblemente recíproca, con un flujo intrínsecamente bidireccional. No sólo tenemos amigos para divertirnos, también para que nos apoyen cuando lo necesitamos y para que se alivien y se sientan reconfortados con nuestra ayuda y nuestro afecto cuando sus circunstancias lo requieran.

Sabemos que conviene ser comedidos en las expectativas que albergamos respecto de la amistad. En ocasiones los buenos amigos nos decepcionan. Todos fallamos alguna vez y, justamente por ello, estamos obligados a pensar que ciertas cosas no son más que el producto de situaciones pasajeras. Es evidente que todo tiene un límite, pero no debemos cometer el error de perder el contacto con los amigos por un quítame esas pajas, y hasta por motivos más importantes. Nunca es tarde para recuperar una amistad.

Somos plenamente conscientes de que en las relaciones personales es fundamental practicar el altruismo. Dicho de otro modo: es mejor hacer lo correcto, que ser correcto. Si hacemos algo que enoja al amigo, pero lo hacemos por su bien, antes o después acabará agradeciéndonoslo, como lo haríamos nosotros. 

El apego que disfrutamos y nos cementa, del que tanto nos orgullecemos y que tanto nos honra, es en buena medida el producto de estas y otras actitudes y de las consiguientes buenas prácticas que las acompañan. En nuestra mano está mantenerlo y, si es posible, acrecentarlo. Yo hago votos porque así sea, y estoy seguro de que vosotros también. La próxima ocasión la tenemos en La Vila, en septiembre. Hasta entonces, amigos.