martes, 15 de agosto de 2017

Elogio del desorden

Silvia es la persona que nos ayuda con la limpieza de la casa. Es una mujer que aún no alcanza los cuarenta años, de pequeño tamaño, enjuta, fibrosa, dispuesta, y hasta frenética en ocasiones. Un puro nervio, una persona con una fortaleza –no solo física– envidiable y con una grandísima disposición de ánimo. Una mujer honrada a carta cabal, un espécimen extraordinario del que te puedes fiar a pies juntillas, que no es poca cosa en los tiempos que corren.

Obviamente, no la encontramos en la calle. Hace años que fue alumna de mi mujer en el centro de adultos al que asistía para obtener el título de graduado en E. Secundaria. Porque, como es de imaginar, Silvia podría encarnar a la perfección un ejemplo paradigmático del dramático fracaso escolar que aflige a nuestra juventud desde hace décadas, sin que nadie le ponga remedio. Afortunadamente, en este caso, la quiebra académica no conllevó el consiguiente fiasco vital aunque, haciendo honor a la verdad, las prodigalidades de la vida no se han cebado precisamente con ella, exceptuando el incalculable tesoro que posee, personalizado en su queridísima hija.

Como he dicho, Silvia es casi una fuerza de la naturaleza. Así la percibimos cuando pone el pie en casa y saluda a voz en grito a cuantos allí nos encontramos. Aún no ha concluido los cumplidos y ya se ha cambiado de ropa. Inmediatamente todo se transforma en una revolica: artilugios y productos de limpieza, electrodomésticos, trapos, etc. campan por doquier. Da lo mismo que te vayas a la terraza o al baño, que intentes acceder al salón o a un dormitorio. Todo está patas arriba, como invitándote a largarte de allí (cosa que, por cierto, solemos hacer últimamente)

Tan es así que, cuando se marcha, nada en la casa ocupa el lugar donde estaba cuando llegó. Lo que permanecía a la derecha está en la izquierda, lo que estaba arriba ahora está debajo, lo que reposaba en su sitio ha sido desplazado, lo que perduraba décadas ordenado en las estanterías merodea en otros espacios. Es más, lo que estaba de pie se ha vencido, lo que se hallaba enhiesto se ha encorvado, en fin, lo que parecía completo ahora se percibe fragmentado.

Piaget, en su despacho.
(Fundación J. Piaget)
El jueves o viernes de cada semana, cuando Silvia llega a casa, se me activan determinadas neuronas haciéndome recordar una vieja fotografía que le tomaron al insigne profesor Jean Piaget en su despacho. Se trata de una instantánea realizada el año 1979, apenas un año antes de que falleciese. No voy a redescubrir el Mediterráneo reiterando que a Piaget le debemos una de las categorizaciones más reconocidas –si no la que más–  de los periodos del desarrollo cognitivo de los seres humanos. No en balde es el padre de la denominada epistemología genésica. Sin duda, alguien capaz de materializar semejante labor evidencia amplias dotes para la observación, la investigación, la sistematización y la transmisión del conocimiento científico.

Y justo aquí emerge la aparente paradoja. Porque difícilmente puede imaginarse que un individuo capaz de atesorar los variopintos y complejos recursos que exige la formalización del conocimiento científico muestre, al menos en apariencia, la más absoluta incapacidad para ordenar su propio despacho. La fotografía que custodia la Fundación Jean Piaget lo muestra prácticamente envuelto por montañas de libros y papeles. Delante de la ventana ennegrecida apenas queda espacio para que entre la luz. En una mesa ínfima, confundiéndose con libros y carpetas, reposan un termo de color rojo y algunas tazas de café o de té, que parecen haber encontrado un mínimo resquicio donde apoyarse, junto al reborde de la mesa. El fondo de la estancia lo ocupa una estantería sobre cuyas baldas permanecen, aparentemente desordenados, montones de volúmenes, algunos apoyados sobre sus lomos con una relativa ordenada disposición, otros supuestamente amontonados de cualquier manera. A su izquierda se adivina una especie de bancada auxiliar sobre la que yace un ingente volumen de papeles: libros apoyados en dosieres, carpetas descansando sobre libros, cajas de cartón desvencijadas encima de sobres y envoltorios... Y como remate de ese caótico anaquel una pequeña manta, con la que presumo que el señor Piaget cubría sus extremidades cuando las sentía destempladas.

Dicen los que saben que el orden es una obsesión contemporánea. Y es cierto, en nuestro tiempo se ha impuesto una ley no escrita que establece que ser ordenado es lo correcto y, por tanto, lo socialmente aceptable. De ahí que, por ejemplo, los grandes almacenes estén repletos de secciones de organizadores para todo: para decorar las cocinas, para organizar las habitaciones de los niños y las oficinas, para poner orden en dormitorios y armarios, en los frigoríficos o en los trasteros. Una moda que ha invadido, también, los teléfonos y los ordenadores, que incorporan aplicaciones para intentar sistematizar el caos que inunda nuestras vidas. Sin embargo, algunos expertos aseguran que la organización y el orden no nos hacen mejores. Es más, en muchas ocasiones, constituyen dispendios innecesarios, con un coste que les despoja de su hipotética rentabilidad. De modo que, en contra de lo que parece de sentido común, dicen que una moderada desorganización hace más eficientes y creativas a las organizaciones y a las personas.

No hay duda de que Piaget compartía este pensamiento, aunque por lo visto lo practicaba con mayor radicalidad. Cuando en cierta ocasión se le preguntó acerca de cómo podía sobrevivir en un lugar como su despacho, se refugió en el pensamiento de Bergson, el filósofo de la intuición, atribuyéndole la certeza de que no existe el desorden, sino dos tipos de orden: el geométrico y el vital. Desde esta perspectiva, Piaget aseguró a quienes le preguntaron que el suyo era inequívocamente un orden vital.

Algo parecido debe pensar mi admirada Silvia porque el desorden, como la belleza, depende de los ojos desde los que se contempla. No solamente existe la teoría del caos sino que muchas personas caóticas defienden a capa y espada que su caos responde a una estructura. Y seguramente no mienten. Estoy convencido de que despachos desordenados como el de Piaget están repletos de indicios que ayudan a sus moradores a controlar donde están las cosas y a utilizarlas con eficiencia. Ahora bien, otra cosa bien diferente es que nos veamos forzados a trabajar o a vivir en medio del desorden que provocan otros. Ahí ni valen pistas, ni sutilezas relevantes: te vuelves loco, y punto. Solo advierto una ventaja en ello: supone un acicate extraordinario para intentar devolver cada cosa a su sitio lo antes posible y recuperar de nuevo el orden, aunque sea un obstáculo para la creatividad.

jueves, 10 de agosto de 2017

Desde mi guarida

En estos primeros días del ferragosto mi casa se ha convertido en una especie de madriguera, diría que casi en un improvisado sepulcro custodiado pretorianamente por el sacrosanto aire acondicionado. Nada consigue sacarnos de tan artificioso cenotafio, ni siquiera las noches, que no parecen tales, a fuer de ser tan agotadoramente tórridas y repulsivas. Permanecemos enclaustrados desde que el Sáhara decidió trasladarse a vivir más al norte, quizás para avisarnos, siquiera por unos días, de lo que nos espera a la vuelta de la esquina si persistimos en calentar el cotarro.

Sin embargo, lo que pudiera parecer una perspectiva sombría –me refiero a la que delimitan los angostos y lúgubres espacios que definen cuatro paredes tenuamente desnudas y otras tantas ventanas cegadas por las persianas–, no lo es tanto. Desde la protección que procura la penumbra, como si de un ejercicio de voyeurismo se tratase, a través de las rendijas que dejan las lamas que ocluyen los vanos, se puede escrutar y hasta llegar a descubrir encuadres interesantes, que son como claraboyas personalizadas mostrando realidades imaginarias o imaginadas realidades, que sazonan el tedio y apartan la desmotivación que acompaña a la obligada y deprimente reclusión estival.

Plano 1. Así, llevado del bochornoso y mórbido ambiente, te aflojas y optas por dirigir la mirada al primer resquicio que ofrece la persiana. Detectas a la izquierda, en primer plano, un ventilador negro. En contraste con él, destaca un inmaculado embellecedor del conducto del aire acondicionado que asciende verticalmente y ribetea una pared de ladrillo, recortando un bloque de apartamentos situado en un segundo plano, al otro lado de la calle, cuyas ventanas cubren toldos listados de marrón y amarillo, sin anomalías  evidentes. En el mismo plano, a la derecha, descansan tres macetas sobre una mesa que sostiene un pie metálico de forja cuyo tablero decoran arabescos de traza original. La superficie vaporosa y ardiente del toldo se ofrece como telón de fondo de la terraza, sujeto en su extremo inferior a una barandilla cilíndrica pintada de amarillo caléndula. Una torre de focos perpendiculares emerge en los contornos de un deshabitado estadio de atletismo. Las farolas trepan hacia las alturas en ambos lados de la calle. Una piscina rodeada de pinos y palmeras pone su contrapunto, insolente y fresco, a esta especie de naturaleza muerta que es una suerte de obligado plano medio que fija la atención que ha dispersado un escenario tan avasalladoramente tórrido. La cubierta de una singular construcción metálica, desvaída en el horizonte, que descansa bajo los pies verdes y húmedos del único edificio que se avista hacia el sur, sobre el Tossal, brinda la imaginaria y recortada silueta de un enigmático unicornio azul.

Plano 2. Un visillo traslúcido vela la imagen que encuadra la rendija de otra ventana delatando el defectuoso cierre de la persiana. A través de los cristales entreabiertos de ese doble tragaluz orientado al norte se vislumbra la superficie rectangular de una piscina grande, con una lámina de agua artificiosamente tintada de un hiriente azul celeste, enmarcado por una alfombra de un mullido césped que alterna múltiples tonalidades de verde. Pocas personas se bañan pese a la canícula reinante. Un pequeño jardín triangular señala la línea de fuga que corresponde a una parcela secundaria, sembrada con espaciadas sombrillas vegetales. Tras él, un trozo de carretera, sin apenas circulación, trunca la continuidad de la perspectiva. Solo el esqueleto de un edificio en construcción, flanqueado por dos grúas que se elevan en paralelo, inmóviles y pobladas de gaviotas, parece dar sentido a su pretenciosa proyección sobre el plano imaginario ideado desde el punto de fuga que materializa el ojo del taimado observador apostado en la penumbra. Como contrapunto, un bloque rojo y gris cierra el plano de conjunto por el lado derecho, mientras a la izquierda se aprecia, desleído, el contorno de los primeros repechos del Cabeçó d’Or, cuya cumbre hace meses que perdimos de vista mientras crecían las alturas del nuevo edificio. “Ciega la vida nueva, es como un verso al revés, como amor por descifrar, como un dios en edad de jugar”. (S. Rodríguez)

Plano 3. Una puerta corredera de una sola hoja cuartea la perspectiva en esta pieza que mira al sur. El suelo de losas cuadrangulares extiende, al frente, sus tonalidades pardas a lo largo de siete metros. Al fondo, una ventana entreabierta, con cristales traslúcidos, permite enfocar una celosía de hechuras figurativas que fragmenta y transforma en ficticias piezas de puzzle las fachadas del bloque de viviendas del otro lado de la avenida. A la izquierda, en primer plano, armarios y electrodomésticos se alinean con el banco de la cocina sobre el que reposan cacharros variopintos. A la derecha, las puertas del frigorífico dan paso a otra bancada sobre la que descansan una báscula digital, algunas cajas metálicas de galletas, perolas de hierro y una tostadora supuestamente retro. Una puerta corredera de aluminio lacada en blanco, protegida por una cortina china de encajes vegetales, cierra una pieza que custodia la sombra de un viejo y colosal vagabundo.

Plano 4. Me engullen los vértices de rectángulos múltiples. A la izquierda, enmarcado por una puerta corredera, un paralelepípedo ortogonal acoge bancos, mesas y sillas que se proyectan sobre una superficie diáfana. A la derecha, un largo rectángulo, mórbidamente iluminado, da acceso a dos puertas y a un recibidor que se abren indolentemente a miradas sin inspiración. A primera vista se entrevé un sofá de tonos enfoscados y una mesa de centro con objetos diversos. En primer plano sobresale un pequeño mueble con numerosas fotografías y discos. Al fondo, un espacio paralelepipédico conforma una habitación poblada de libros y cuadros, custodiados por un ventilador desvencijado y blanco, que descansa indolentemente sobre el suelo de terrazo. Alea jacta est.

¿Quién se atreve a ningunear el atractivo de la opacidad de un ferragosto doméstico más que especial? Porque si así fuese, amenazo con contar de inmediato una historia diferente, igualmente cierta y verdadera.

domingo, 6 de agosto de 2017

34 añazos

Dicen que el tiempo vuela y que el tiempo presente, al mencionarlo, ya es ausente. Otros comentan que con el mal tiempo desaparecen los falsos amigos y las moscas. Terceros aseguran que el tiempo y la marea ni se paran, ni esperan. Por otro lado, dicen que el dinero va y viene, pero que el tiempo ido no vuelve. También aseguran que el día de ayer, nadie lo volverá a ver. Muchos practican aquello de “a mal tiempo, buena cara”, mientras otros comentan que con el tiempo y la paciencia se adquiere la ciencia y hasta hay quienes afirman que a su tiempo maduran las uvas. Algunos declaran que el tiempo todo lo alcanza, a la corta o a la larga. Y hay quien dice que tiempo que viene despacio, en irse también es reacio, e incluso que el tiempo cura más que el sol. Dicen, en fin, que vuela el tiempo de corrida, y tras él va nuestra vida. Se dicen tantas cosas…

Esta misma tarde, una añeja y apreciada alumna, Mari Carmen Abellán, aseguraba en uno de los centenares de guasaps que inundan el grupo que ella misma creó hace unos meses y reactivó hace pocos días que: “A la mayoría [de sus compañeros] no los he visto desde el colegio…, hace 34 añazos”. Lo siento por la ciencia, pero tengo para mí que, en determinadas ocasiones, el tiempo no es la variable continua que por definición se asegura que es. Cuando leo esos cientos de guasaps y observo algunas de las fotografías que han insertado quienes fueron mis alumnos, mi percepción del tiempo se reduce a un dígito, o mejor dicho, a la ausencia de dígitos, es decir, a la nada. Parece que fue ayer cuando convivíamos en el vetusto colegio Ruperto Chapí –un edificio “desechable” que se construyó provisionalmente para 10 años, y ahí sigue, en pie y en uso– y han transcurrido ya más de tres décadas de aquella formidable aventura.

Grupo alumnos/profesores Ruperto Chapí (Alicante), 1997
Como medida profiláctica, tengo por costumbre silenciar los grupos de guasap en los que se me incluye. No es que esté en decenas de ellos pero, la verdad, cuando por la circunstancia que sea se desata la euforia en uno, resulta agotador escuchar el avisador que anuncia el sinfín de los mensajes, que a veces se prolonga horas y horas. No obstante, silenciar el grupo no equivale a dejar de prestarle atención. Como el icono de la aplicación revela la profusión de los mensajes, resulta casi imposible sustraerse a la curiosidad que genera. De modo que he ido leyendo la intensa malla de fotografías, comentarios, opiniones, chascarrillos y ocurrencias que han ido tejiendo este fantástico ramillete de mozos y mozas que fueron mis alumnos y que hoy bordean la cincuentena.

Unos mensajes que, en general, hablan por sí mismos, a las claras, de cada uno de ellos. Como si los tuviese delante, sentados en los pupitres que ocupaban en las aulas del ala este del primer piso del colegio. Aún a riesgo de olvidarme de algunos y de equivocarme y molestar involuntariamente a otros con mis comentarios, sinceramente, sigo apreciando al bueno de Ignacio Minaya, con su porte circunspecto y su carita de niño compasivo y aplicado. Advierto la delicadeza de Ana Maravillas, con su rostro casi níveo, sus ojos claros y sus largos cabellos rubios. Me subyuga la jovialidad de Antonio Velasco, ahora desprovisto de aquella asalvajada y oropelada melena. Admiro el talante conciliador y la filantropía de personas como Mari Carmen Abellán, la gran hermana mayor. Contemplo la bonhomía de gentes como Manuel Jesús Martí y también de su hermana Asun, si no estoy equivocado, que espero que esté tan bien como él. Continuo rindiéndome ante la enorme humanidad de los dos mayores “armarios” del colegio, Antonio y Manolo, cuyos corazones no les caben en el pecho. Me gana el trasto de José Manuel Murcia, el espigado y perspicaz chaval que las mata a la chita callando. ¿Y qué decir de Margarita? La hija que todos quisiéramos tener. O de la buena de Loli Alonso, siempre tan voluntariosa y tan trabajadora. Emilio Sarrión y Javaloyes, dos excelentes personas ya cuando eran niños, que estoy seguro habrán mejorado, aunque el segundo ya no emule a Nino Bravo en privado. No les iba a la zaga José M. López Lafuente, un mozo espigado, aplicado y bonachón, que nunca nos dio un mal de cabeza. ¿Cómo olvidar la madurez de muchachas como Yolanda Sáiz, Nati o Amparo? Tres personas educadas y magníficas. Como lo eran y seguirán siéndolo Yolanda Bermúdez (a cuyos hermanos trato a través de otro grupo de guasap, igual que al hermano de Pepe Maciá), Cristina L. Morales, Mari Carmen Medina, Mari Ángeles Berenguer, María José o Loli Toro, a la que casi reconozco. Todas ellas gentes de bien.

Quienes me sigan dirán: este se está dejando lo mejor para el final. Y de alguna manera así es, aunque no exactamente. Probablemente me quedan por mentar algunos de los que hicieron más méritos para ser recordados. No sé si estoy en lo cierto, pero ¿cómo olvidar a Ernesto o a Jesús Rubio, si son quiénes pienso que son? ¿O a Juanfran y a Paredes? ¿Cómo desairar a la fuerza de la naturaleza que ha sido y seguro que continuará siendo Gemma Richart? ¿O a la “cola de lagartija” que fue Loli Muela, tan inteligente como poco entusiasta de las tareas intelectuales? Finalmente –al menos por el momento, porque habrá omisiones y olvidos involuntarios que prometo enmendar cuando tome conciencia de ello–  recuerdo a Luis Munera. Sigue siendo el mismo crack que cuando era niño. Listo, ocurrente, comunicador, muñidor…, un gran tipo con unas enormes habilidades sociales, de esos que se bastan por sí mismos para animar cualquier cotarro y que son una bendición para los grupos en los que caen. En fin, seguro que me olvido de algunas y de algunos. Estad seguros que no lo hago conscientemente. Tal vez las fotos que vais “subiendo” y algún encuentro futuro me ayuden a recobrar la memoria. Todos, los mencionados y los que he podido omitir, tenéis mi afecto y mi agradecimiento.

Dije en otra ocasión que “en pocos momentos de mi vida he sentido tan intensamente la profesión como en los años que trabajé con Manolo [Gomis] en el colegio Ruperto Chapí, y en algún otro. En esa época tenía continuamente la sensación de que estábamos haciendo lo que debíamos, cuando correspondía y de la manera que convenía que se hiciese. El nuestro era un ejercicio profesional impregnado de sentido, de convicción y, por qué no decirlo, de pasión por lo que hacíamos. Pocas veces he disfrutado personal y profesionalmente tanto como lo hice entonces. La tarea diaria fluía con naturalidad, sin retóricas, artificiosidades o imposturas. Era habitual la coherencia entre lo que pensábamos, lo que se sentíamos y lo que hacíamos. Los otros, nuestros alumnos y sus familias, y muchos compañeros, lo percibían y lo vivían con idéntica intensidad y simultaneidad. Aquella realidad no era flor excepcional, producto de un día de trabajo inspirado, sino un eje conductor que vertebraba nuestro ocupación docente a lo largo de las semanas, los meses y los cursos académicos. Hay centenares de testigos que ratificarán lo que digo”. Gemma, sin ir más lejos, lo corroboraba en un reciente guasap, cuando decía “¡Qué suerte tuvimos en encontrar a esos profesores con ganas y energía! Que nos transmitieron esa alegría en aquellos tiempos tan difíciles. Tengo ganas de verlos de nuevo y darles las gracias”. Pues bien, creo que este grupo es una excelente muestra de los resultados de aquella tarea. Gracias, queridos amigos, por ser como sois y por enseñarnos las cosas que antes no habíamos aprendido en los libros, ni nos enseñaron nuestros profesores. Dice una colega de profesión que el oficio de maestro es aprender. Y tiene razón. Algunos aprendimos mucho de vosotros, aunque os cueste creerlo. Muchas gracias por ensenárnoslo.

lunes, 24 de julio de 2017

Great expectations

Estoy convencido de que uno de los mejores años de nuestras vidas es aquel en que nacemos. No sólo porque en él se produce la irrepetible ventura de que nos alumbren al mundo, sino porque además compartimos tamaña dicha con otros congéneres, que en mi caso llegan a ser 148.865, según dicen. Un placer que difícilmente tiene réplica en cualquier otro episodio de la existencia, que todavía alcanza mayor dimensión si se enfoca desde la perspectiva de lo que significa sincronizar la hora de nuestro nacimiento con otras seis mil personas. Nunca tan multitudinarias coincidencias fueron tan de mi agrado.

En esta sociedad numérica que me apabulla, nacer es posicionarse –tal vez con mayor trasparencia que nunca– en el ranking ecuménico del Planeta. ¿Quién no se ha preguntado por el lugar que ocupa en el mundo? ¿Quién no ha reflexionado sobre su posición en el catálogo de las personas vivas? No me parecen interrogantes artificiosos o retóricos, al contrario, considero que son interpelaciones relativamente frecuentes, para las que probablemente no encontramos respuestas satisfactorias. Al menos es lo que sucedía hasta hace relativamente poco. Sin embargo, de unos años acá, existe la posibilidad de conocer esos y otros detalles a través de una web, Population.io, que aspira a hacer de la demografía una materia accesible para la mayoría de las personas, ya que la empresa que la patrocina –World Data Lab– considera que las estadísticas demográficas juegan un papel importante en la comprensión de los avances socioeconómicos contemporáneos.

Así pues, gracias a esa aplicación, sé que en el momento que escribo esto soy la persona viva del Planeta que hace el número 6.888.023.173. Lo que equivale a decir que soy mayor que el 92% de la población del mundo y que el 80 % de la gente que vive en España. Poco más de seiscientos millones de personas me sobrepasan en edad. En síntesis, soy un auténtico privilegiado. Y mucho más si atiendo a otros datos de la referida web que informan de que todavía me quedan alrededor de veinte años de vida, porque sus cálculos les permiten aventurar que debo fallecer en torno al 17 de julio del año 2037. La verdad es que firmaría ya mismo por ello, sin más exigencias ni protocolo; especialmente si me garantizan que cobraré la pensión (más o menos actualizada) hasta entonces y que disfrutaré de una salud medianamente regular.

¿Quién me lo iba a decir a mí, que nací el año que acababa el “racionamiento”, trece años después de que finalizase la guerra y se implantasen las celebérrimas cartillas? Y así fue, llegué al mundo justo cuando uno de los Consejos de Ministros de la Dictadura aprobaba un nuevo régimen de producción, venta y precio de los artículos que habían estado intervenidos durante más de una década por la Comisaría de Abastecimientos y Transportes. ¿Cómo podía imaginar entonces mi madre que acababa de alumbrar a un niño con una expectativa vital de más de ochenta años, cuando la esperanza de vida del momento apenas rebasaba los sesenta?

Cartillas de racionamiento individual
Cuando concluyó la Guerra Civil había una extremada escasez de alimentos y de otros artículos de primera necesidad. El gobierno de la Dictadura optó por el reparto de esos bienes, intentando racionalizar el suministro, garantizar su distribución y evitar la especulación. Sin embargo, como sabemos, la realidad fue bien diferente. A la sombra de las reglamentaciones fue creciendo el fenómeno del estraperlo en el mercado negro, convirtiéndose en uno de los mayores problemas de la sociedad española de posguerra. Un fenómeno que apenas sufrieron las clases pudientes que, a base de influencias y de pagar precios inflados, lograban los productos que estaban vetados a los demás. En ese contexto, la Comisaría de Abastecimientos y Transportes, creada en marzo de 1939, se encargaba de proporcionar semanalmente, a precios tasados y previa presentación de la correspondiente cartilla, alimentos como garbanzos, pan negro, boniato, aceite, azúcar, bacalao o tocino y, de vez en cuando, algunos productos especiales como el dulce de membrillo o el jamón. Por supuesto, todo ello estaba (in)adecuadamente racionado y se vendía a precio tasado, satisfecho previamente. Sólo eran de venta libre las hortalizas, las frutas y el pescado.

A partir de 1950 comenzó a ampliarse la lista de productos liberalizados. Sin embargo, fue durante el mes de febrero de 1952 cuando se desató rumor de la supresión del racionamiento y del control de los precios, especialmente del tabaco. A finales de marzo, cuando yo aún no había cumplido el primer mes de vida y no consumía otra cosa que no fuera la leche que me proporcionaban los pechos de mi madre, todos los periódicos anunciaban en primera página el fin de racionamiento del pan con efectos del uno de abril. Se autorizaba la libertad de producción y venta, aunque con alguna intervención provisional de los precios. Desde entonces la población podía adquirir libremente este artículo en las panaderías sin necesidad del previo corte de los cupones, ni limitación de cantidad alguna. De hecho se autorizaba la fabricación de piezas de 150, 250, 500 y 1000 gramos para facilitar el abastecimiento y la comodidad de los consumidores. Al mismo tiempo se suprimió el racionamiento del aceite y de la carne de ganado vacuno, lanar y de cerda.

Evidentemente, si en algo no pensaba el Gobierno de turno era en que adoptando tales medidas favorecería la nutrición de la población y en que ello redundaría en el incremento de su esperanza de vida. Simplemente, pretendía fomentar la producción y lograr una cierta normalización del comercio, tras largos años de aislamiento y de feroz autarquía, aprovechando la ayuda internacional que se recibía y un ciclo favorable de cosechas agrícolas. Adicionalmente, se logró el control del mercado negro y del estraperlo de los productos racionados. En apenas diez años se duplicó el consumo de carne per cápita y se triplicó el de azúcar y luz. Sin solución de continuidad, alumbraba el desarrollismo y venía otro tiempo, que afortunadamente pude vivir en primera persona.  

Volviendo al inicio y retomando la expectativa vital que me atribuye la web referenciada que, como decía, sitúa en los aledaños del año 2037, confieso que tomo la predicción con mucha cautela y con bastante incredulidad. Creo que nunca mejor dicho aquello de “vivir para ver”. Y, por tanto, es lo que pienso: ¡ya veremos!

domingo, 23 de julio de 2017

Miradas mudas

Algunas miradas parecen no ver nada, solo quienes las poseen saben lo que ven, suponiendo que quieran ver algo. María es una mujer que asocio a una silla de tijera de color azul en la que permanece sentada largas, larguísimas horas, casi siempre en el mismo sitio, o al menos me lo parece. Cada vez que paso por el barrio, allí está, sola, sobre la acera, a la izquierda del portal que presumo que da acceso a su vivienda, bajo una estrecha ventana malprotegida por una reja herrumbrosa y enclenque. Largas horas sentada en su silla, pegada a la pared, sin recostarla, sin despegar del respaldo su envarada y desgastada anatomía. De pelo canoso y ensortijado, no cumplirá los setenta, aunque aparenta bastante más edad.  Su desmangado y estampado vestido deja ver unos brazos de piel oscura y ajada, que alarga de vez en cuando para echarle mano a una botella de agua que parece esperar pacientemente que decida llevársela a la boca. Posee una mirada extraviada, casi perdida en el restringido espacio que delimita una calle con coches aparcados a ambos lados y aceras de metro y medio. Un territorio relativamente angosto e incómodo que conoce como la palma de su mano, aunque no lo transite y apenas lo vea. Allí permanece horas y horas, días y días, semanas y semanas, dirigiendo su anhelante mirada –paradójicamente perdida y anodina hacia las escasas personas que transitan el precario escenario que delimita su existencia, expuesta a la intemperie de calimas y fríos. Ese es el lugar sobre el que esparce diariamente su mirada sorda, el breve habitáculo que acoge su insustancial e imperceptible biografía.

Caravaggio, Entierro de Santa Lucía
Lo que se ofrece ante la mirada de Juan es la engañosa inmensidad de un exiguo parque de barrio. Un espacio vacío a estas horas de la mañana, apenas poblado por una docena de gorriones, una pareja de mirlos y cuatro gatos que se desperezan al sol. Es difícil aventurar qué particular perspectiva le ofrece ese pequeño territorio. Tal vez por ello permanece inmóvil, sentado en su silla articulada, luciendo una camisa oscura de manga corta, recién planchada, que acentúa su blanca cabellera y la mirada desentendida de un ser ausente. Sentado, como cada vez que sale a la calle, en una poltrona que aborrece y de la que no puede disociarse. Un artilugio que penosamente empuja su mujer, persona de cierta edad, como él, de pelo corto y teñido con tinte oscuro, de cuyo hombro cuelga un bolso que guarda los escasos pertrechos que les acompañan en sus diarios paseos. Una mujer que hace tiempo que perdió la ilusión por acicalarse, por salir a la calle como le gustaría. Una señora que en los últimos años ha restringido radicalmente su espacio vital, limitándolo a la servidumbre del acompañamiento a quien apenas acierta a acompañarse a sí mismo. Los he encontrado a dos pasos de la línea divisoria que proyectaba la sombra de un edificio sobre el suelo ardiente de una plaza desértica. Como si estuviesen esperando que una nube efímera apagase fugazmente la despiadada solanera, permitiéndoles atravesar con desahogo el espacio que media entre los extremos del parque. Como si no encontrasen el camino adecuado para soslayar exitosamente las dificultades del intrincado itinerario que recorren desde hace algún tiempo.

Cada vez encuentro más Juanes y Marías por la calle. Me sorprende a menudo la cantidad de personas que parecen haber perdido la alegría, cuyos rostros y ademanes revelan las dolientes circunstancias que seguramente atraviesan. No sé si ello es causa del creciente envejecimiento de la población o es consecuencia de la involución del conjunto de la sociedad, que parece regresar paulatinamente al horizonte pretérito de hace pocos siglos, cuando carecía de sentido una aspiración que hoy, por lo menos en las sociedades occidentales, se ha consolidado como un derecho irrenunciable de las personas: aspirar a ser felices. Sorprendentemente, apenas unos centenares de años han sido suficientes no solo para hacer de la felicidad un emocionante derecho sino incluso para convertirla en una mercancía, en un objeto de consumo, que hay que adquirir para evitar ser un paria.

No sé si es porque la felicidad está de moda o porque los humanos somos seres forjados para lograrla, pero de la misma manera que veo Marías y Juanes cuyos rostros reflejan el sufrimiento de sus vidas, también observo otros Juanes y Marías que no aparentan que subsisten en auténticos valles de lágrimas. Desconozco si ello se debe a que, como dicen los expertos, un tercio de la felicidad se debe a la genética; o si obedece a que, como aseguran otros, las mayores tasas de felicidad se concentran en los veinte primeros años de vida y en los que siguen a los cincuenta/sesenta. O tal vez sea que, aunque la felicidad se asocia en exceso a que las cosas rueden bien, algunos, muy inteligentemente, entienden que no todo depende de ello, y ni siquiera de nosotros mismos. Estos saben que debemos poner mucho de nuestra parte para encarar los desafíos que nos plantea la vida. Y es que, pese a que algunos se empecinen en negarlo, nadie puede ser feliz a todas horas. Quizá hay muchos más Juanes y Marías de los que pensamos, que aprendieron que en el camino para lograr la felicidad no solo se encuentran las satisfacciones sino que también crecen las emociones negativas y no pocos sinsabores que es imposible evitar.

viernes, 21 de julio de 2017

Quién huye del mal gusto cae en el hielo

Hoy no tengo nada que decir, pero quiero decir. Y he decidido decir con lo que dice otro, que no es cualquiera, ni siquiera cierta otrora referencia, es alusión obligada y atemporal. Y dijo el otro y, con él, digo yo:

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ello se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo. La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y los dedos, la constancia de una atmósfera inundando las cosas desde lo interno y lo externo.

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley. Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.

La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recuerdo de un magnífico tacto.

Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, «corazón mío» son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.


Pablo Neruda, Sobre una poesía sin pureza, 1935

martes, 11 de julio de 2017

Lunes

De nuevo, lunes. Vuelta a la normalidad después de un largo fin de semana en la capital. Hacia más de un mes que no veíamos al nieto y tocaba compartir unos días con él y con sus padres. La ocasión pintaba calva porque se celebraba en Madrid la segunda edición del Mad Cool Festival. Dicen que es uno de los mejores festivales celebrados el pasado año en España, en el que actuó gente como The Who, Neil Young o Vetusta Morla. Esta vez se anunciaba un gran plantel de grupos, como Foo Fighters, Green Day, Kings of Leon, Wilko, Fuel Fandango, etc., que actuaron en la Caja Mágica las tres tardes/noches del fin de semana. Como nuestros hijos son muy aficionados a esos acontecimientos, consideraron que era una buena ocasión para esparcirse, despegarse mínimamente de su pequeño retoño y vivir un poco la noche madrileña. Así que la situación se presentaba pintiparada para que nos ofreciésemos a atender al pequeño durante esas veladas. De modo que nos plantamos en la villa y corte con los escasos pertrechos necesarios para pasar un revuelto y primaveral weekend atmosféricamente hablando con profusión de tormentas y temperaturas agradables.

Apenas habíamos puesto el pie en Madrid, comprobamos que las cuatro o cinco semanas transcurridas desde la última vez que vimos al nieto ha sido tiempo suficiente para que haya perfeccionado numerosas habilidades y recursos. Ha dejado de arrastrarse y ha aprendido a gatear, a incorporarse y a ponerse de pie cogiéndose a cualquier asidero, sea cesto, trona, silla o mano adulta próxima. Gatea que se las pela recorriendo las estancias de su casa, que no son todas las que desea porque sus padres acotan el terreno para evitarle peligros evidentes. Disfruta, por ejemplo, subiendo y bajando las escaleras que conducen al piso superior cogido de las manos de cualquier adulto. En tierra firme, avanza, detiene la marcha, toma asiento, mira en derredor mientras recupera fuerzas y reemprende con renovado vigor sus particulares circuitos de gateo, que disfruta especialmente cuando los demás simulamos ostentosamente que le perseguimos y le jaleamos. Cogiéndole de las manos camina a buen paso, yo diría que hasta con “marcialidad”. Con la misma fe y determinación afronta el ascenso y descenso de las escaleras de su casa, con las que tiene una auténtica –y esperemos que pasajera– fijación. Estaría medio día subiéndolas y bajándolas, infatigablemente, deslomando a padres, abuelos y a quien se presente. Por otro lado, consigue mantener el cuerpo erguido y en equilibrio sujetándose con una mano a un punto de apoyo cualquiera, sea un mueble o el junquillo de una ventana. De modo que no parece lejano el día en que se decidirá a caminar autónomamente, que muy probablemente llegará antes de que finalice el verano.

Hemos contrastado que ha incrementado su capacidad lingüística que se limita, obviamente, a la emisión de sonidos intencionados para establecer relaciones sociales, que además apoya en gestos elocuentes, especialmente uno que utiliza a menudo que no es otro que señalar con el dedo índice lo que quiere coger o hacia donde desea ir. A esta función interaccional de su particular lenguaje se añade la instrumental y regulatoria que subyace a determinados balbuceos, sollozos  y gritos, que expresa con la inequívoca intención de satisfacer algunas de las necesidades básicas que siente y, también, para controlar comportamientos propios y ajenos, como comer y beber, salir de su parque o negarse a subir al carro de paseo.

Sigue experimentando con el balbuceo, que ha adquirido cierto ritmo y entonación. Expresa a las claras placer o malestar sin palabras y repite algunos bisílabos (caca, papa, yaya…). Muestra indicios de que comprende algunos términos referidos a objetos y contextos concretos y repetitivos. Cada vez son más las los ensayos que prodiga para intentar articular sus primeras palabras intencionadas, que a buen seguro no tardará en pronunciar.

Ha perfeccionado muchísimo sus habilidades motrices, ofreciendo una coordinación muy precisa de las distintas partes del cuerpo. Sorprende el cuidado con el que cambia de la posición erecta a la sedente y viceversa, o la escrupulosidad con que ase cada utensilio, cubierto o juguete por la parte que debe, sea el mango, el asa o la empuñadura.

Hemos comprobado que sigue ejercitando sin desmayo su afán por comer y crecer. Es como una pequeña lima que goza ingiriendo lo que sea a cualquier hora del día. Pese a ello, no está obeso porque sus progenitores evitan que se exceda ya que, si fuese por él, no dejaría de comer, bien sea lo que le toca en cada comida o un trozo de pan, una galleta, un colín o lo que se tercie. Obviamente tiene sus preferencias. Entre ellas el yogur ocupa un lugar muy destacado, tanto que lo antepone a  cualquier otra vianda, que relega ipso facto a poco que se descuide quien le dé la comida y le muestre simultáneamente ambos alimentos. En este momento de su proceso evolutivo parece, como decía Freud, que todo el conocimiento lo adquiere a través de la boca, a la que acaba llevándose cualquier objeto que cae en sus manos. La boca es el principal origen de su placer (chupar, morder, masticar) y al mismo tiempo de sus conflictos y frustraciones cuando las personas que lo cuidan evitan que chupe o mordisquee lo que no debe. Ahora empiezan a interesarle otras partes de su cuerpo, como sus genitales, pero su atención sigue centrada esencialmente en la actividad oral.

Nos ha sorprendido cómo ha adquirido en tan poco tiempo algunas habilidades comunicativas. Ya sabe, por ejemplo, mostrar “vergüencitas” y hacer carantoñas, fruncir el ceño e incluso aparentar con cierto “cinismo” que está risueño cuando busca que los demás aprueben sus conductas. Simultáneamente, ha desarrollado la autonomía en el juego, entreteniéndose en su parque durante un tiempo considerable explorando una caterva de juguetes, activando sus mecanismos visuales y sonoros, cambiándolos de lugar o indagando táctil y oralmente en sus respectivos contenidos. Mención especial merece su habilidad con los mandos de la TV que, a poco que te descuides, toma, acciona y dirige hacia la pantalla con la naturalidad y habilidad que lo hacemos los adultos, cambiando fortuitamente los menús o los canales para sorpresa de propios y extraños.

Como puede comprobarse, para gozo de sus progenitores y de sus abuelos, nuestro nieto es un ejemplo paradigmático de un bebé que raya su primer año. Por lo que dice el pediatra, el repertorio sus capacidades y habilidades se corresponde globalmente con el estándar de la fase evolutiva por la que atraviesa. Pese a ello, como supongo que les sucederá a los demás abuelos primerizos, no dejan de sorprendernos porque son progresos que teníamos casi olvidados. De modo que, durante estos días, hemos disfrutado mucho contrastando los rapidísimos avances de una criatura que afortunadamente se cría sana y bien. Eso sí, para disgusto de sus padres, se ha hecho un poquito más madrugadora de lo que era porque raramente le dan durmiendo las siete de la mañana.

Por lo demás, a veces muestra signos inequívocos de que “tiene genio”, e incluso ofrece algún gesto que denota una cierta “mala leche”, como se suele decir. Especialmente cuando se le insiste en que haga algo que no desea. Aunque ello nos suceda a todos, no deja de asombrar tal conducta en una criatura tan pequeña. No obstante, al margen de estos puntuales furores, ha aprendido peculiares zalamerías, como mirar con ojos cariñosos y sonrisa pícara, fingir pequeñas vergüenzas o hacerse el encontradizo, con las que nos regala impagables instantes de felicidad.