jueves, 23 de febrero de 2017

IMSERSO.

Alguna gente con la que me relaciono trasluce importantes prejuicios sobre los viajes del IMSERSO. Cuando se suscitan en las conversaciones, sus comentarios expresan a las claras una actitud reactiva, que revela su rechazo frontal a participar en esta modalidad de turismo social que programa el conocido Instituto de Mayores con dos objetivos principales: atender la demanda social a precios muy accesibles y contribuir al mantenimiento de las instalaciones hoteleras, de las compañías de transporte y demás infraestructuras turísticas durante la temporada baja. Las personas a las que me refiero parecen pensar algo así como que engrosar la clientela del IMSERSO equivale, o casi, a reconocerse y declararse definitivamente viejos, discapacitados o casposos. Cualidades todas ellas que, naturalmente, consideran antitéticas de las autopercepciones que se atribuyen, que les hacen considerarse mejor ubicados entre la clientela habitual del Corte Inglés.

El significativo colectivo al que me refiero parece desconocer que los procesos de envejecimiento afectan por igual a cualquier viajero, dado que el tiempo es una variable que aqueja y perturba a todos por igual. Es una realidad acreditada que en España la prolongación de la esperanza de vida comenzó más tarde que en los países vecinos, pero actualmente su incidencia está siendo bastante más intensa y más acelerada. Hace dos o tres años que las Naciones Unidas advertían en sus informes de que nos encontramos entre los países que comparten ranking con las potencias tradicionales en la materia como Japón, Alemania, Italia, Francia y Reino Unido. Es más, las prospectivas auguran un crecimiento espectacular en las próximas décadas. Así, por ejemplo, en enero de 2016, en España vivían 8.657.705 personas con 65 y más años, es decir, el 18,4% del total de la población. Según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2066 habrá más de 14 millones de personas mayores, que supondrán el 34,6% de una demografía que alcanzará entonces algo más de 41 millones de habitantes.

Junto al incremento de las tasas de mayores, emerge otro dato interesante. Pese a lo que se diga en las tertulias y mentideros, la posición económica de los mayores ha mejorado relativamente en los últimos años. En 2015, su tasa de riesgo de pobreza se situaba en el 12,3%, que era inferior a la del resto de los españoles. Muy probablemente esta mejora se debe a que los demás segmentos de población han empeorado y consecuentemente han bajado el umbral referencial. De ese modo, comoquiera que los mayores mantienen sus ingresos a través de las pensiones (por fortuna., todavía no recortadas en exceso), muchos quedan por encima de la nueva referencia.

Por tanto, el incremento de la esperanza de vida al nacer (85,4 años para las mujeres y 79,9 años, según datos del INE para 2015) hace que cada vez sea más amplio el colectivo de mayores. Por ofrecer un dato, solo en Madrid y Barcelona viven casi un millón. ¡Ahí es nada! Por otro lado, el aumento del importe medio de las pensiones ha propiciado un mayor poder adquisitivo, que también se destina en parte al ocio. De manera que no debe sorprender que el Programa de Turismo Social del IMSERSO permita viajar a más de un millón de jubilados cada año, con la consiguiente generación de 100.000 puestos de trabajo directos en temporada baja y una actividad económica que casi alcanza los 400 millones de euros en el sector turístico.

Se trata de una oferta de vacaciones que incluye estancias en el litoral peninsular, Baleares y Canarias; viajes culturales a destinos de interior; turismo de naturaleza; circuitos a capitales de provincia y viajes a Ceuta y Melilla, con amplitud de los turnos (entre cinco y quince días de estancia), en régimen de pensión completa, con transporte de ida y vuelta, asistencia sanitaria y póliza de seguro. Todo ello a unos precios muy asequibles, bonificados por el IMSERSO.

Me cuesta entender la renuencia de mis conocidos a participar en este Programa. No solo porque me parece una magnífica oportunidad para cambiar de aires a precios razonabilísimos y porque constituye una manera de contribuir al sostenimiento de un importantísimo sector de la actividad económica, sino también porque, además, creo que propicia una gran oportunidad para ensanchar las relaciones sociales. Aunque no somos muy asiduos, hemos participado en media docena de estos viajes. En general la experiencia es plenamente satisfactoria porque, además de las ventajas mencionadas, propicia la convivencia con un conjunto de personas que constituyen una muestra que replica bastante bien el conjunto de la sociedad.

Así, en pocas horas descubres al tipo espabilado y listillo que porfía por ocupar los primeros lugares en cuantas ocasiones se tercia (acceso al autobús, entrada a los espacios que se visitan, colas del catering, etc.). Identificas a parejas taimadas que buscan los recovecos y entresijos del devenir del día a día para sacar provecho de la amabilidad y/o la generosidad de los demás. Reconoces a personas esquivas, que van absolutamente a la suya y que se infiltran en cualquier cola o se extravían a la menor ocasión, importándoles un bledo cuanto les rodea. Te asombras observando grupitos de paisanos que, como si careciesen de vida propia, parece que contrataron conjuntamente el viaje y que lo despedirán de la misma manera. Together forever sería el corolario que resumiría su particular periplo: habitaciones contiguas, mesa compartida, asientos consecutivos, etc., etc. Por otro lado, identificas a algunos aficionados a exhibir ineducadamente su condición de “muy viajados”, que vociferan a los cuatro vientos las irrelevantes anécdotas y los poco afortunados comentarios que les ofrecieron guías poco rigurosos que les acompañaron en los viajes que hicieron a Praga, Edimburgo, Nueva York o Tokio para celebrar que habían alcanzado la jubilación o completado determinado aniversario de vida en pareja.

Ahora bien, lo esencial es que te encuentras con una mayoría de personas “normales”, es decir, gente razonable, comedida y educada, que sustenta la armonía de la expedición y que con sus actitudes y disposiciones contribuye a su éxito. Empezando por los guías, que suelen ser hombres y mujeres expertos y profesionales, que se aplican a realizar su trabajo muy pacientemente y muy bien. Y continuando por los demás participantes, sea a titulo individual, en pareja o en pequeños grupitos. De modo que, en mi opinión, la oportunidad que ofrecen para experimentar la convivencia de una manera tan estrecha y variopinta es motivo suficiente para participar en los viajes del IMSERSO. Si, además, contribuyes con ello a dinamizar la actividad económica y a favorecer el empleo, y encima lo haces pagando muy buen precio, ¿qué más se puede pedir?

sábado, 18 de febrero de 2017

Crónicas de la amistad: Muro (17)

Las últimas luces del día ponían el broche a una jornada que despedíamos deslizándonos con nuestros vehículos por las sinuosas vías que enlazan el Comtat, l’Alacantí y el Vinalopó. Carreteras que serpentean mientras salvan el desnivel y la escasa distancia que media entre las heredades próximas al Benicadell, los valles del Vinalopó y la costa. Un recorrido pausado y trufado de luces ambarinas, dispersas en un paisaje nebuloso, que se ofrecía como envoltorio perfecto para las creaciones del inefable Ennio Morricone, el amigo de los Leone, Tornatore, Tarantino y tantos otros, que sonaban en el coche de Pascual, amenizando el regreso con compases de piezas sublimes, que han sido telón de fondo de historias de acción y de aventuras, o de tragicomedias y dramas, en decenas de películas que jalonan nuestras biografías. Nada mejor que esas armoniosas modulaciones para aderezar las postreras conversaciones y despedir otra jornada fantástica, que recordarán nuestros corazones y conservarán nuestras pupilas.

Esta vez la cita era al mediodía, en Muro, la patria chica de Elías, un lugar tradicionalmente hacendoso y fabril que reivindica y proclama su independencia de la capital comarcal y exhibe orgulloso su vínculo con el río de Alcoi, que lo apellida. Tal vez por ello, el restaurante Alcoyano era la primera estación. Allí, Juanvi había dispuesto unos quintos y algún vermut para suavizar la espera que, como siempre, se reveló párvula. Apenas pasaban dos minutos de la hora acordada y todos estábamos allí: los Antonios, Luis, Elías, Alfonso, Sofo, Pascual, Tomás y quien suscribe. Mientras nos saludábamos con los primeros abrazos y brotaban los primeros comentarios, despachamos un frugal tentempié a base de ensaladilla rusa, almendras y panchitos recién tostados, y unos champiñones que la esposa de Juanvi prepara maravillosamente. Entretanto, conocimos la noticia del día, que nos recordaba por enésima vez que la justicia no es tal, y que mucho menos es ciega. Los poderosos siguen yéndose de rositas mientras los demás nos quedamos estupefactos, con tres palmos de narices, por más que nos desahoguemos mentando sus ancestros o los de quienes tienen la obligación de administrar justicia.

Un breve desplazamiento en coche nos trasladó al Celler de la Muntanya. Allí nos estaba esperando Juan Cascant, alma máter del proyecto, que fue el anfitrión perfecto durante la visita. Nos estuvo contando con amenidad, no exenta de rigor, y con todo lujo de detalles el corto devenir de una empresa que es modélica en muchos aspectos. Conocimos de su amistad con Toni Boronat y su importancia en el origen de este modelo productivo colaborativo, que no solo busca ser rentable para el agricultor sino que pretende evitar el abandono de los cultivos, preservar los ecosistemas y propiciar la biodiversidad agraria. Nos decía Juan que lo que realmente pretenden es  implementar un modelo empresarial ético y comprometido con su entorno, según los preceptos de la Economía del Bien Común, promovidos por el economista austriaco Christian Felber.

La mayoría de los viñedos tienen una extensión de entre cinco y seis hanegadas, y son fruto de herencias familiares. Los hijos y nietos de los antiguos agricultores, que se dedican a otras cosas, viven con ilusión esta nueva experiencia del cultivo de la tierra, hasta el punto de que en ciertos casos la explotación agrícola ha revitalizado la cohesión y el reencuentro familiar. Y es que uno de los principales leitmotiv del proyecto es la recuperación del viñedo tradicional, a base de cultivarlo en microviñas heterogéneas, con suelos, climas, orientaciones geográficas y variedades diferentes, que aseguran la singular idiosincrasia de los vinos.

Particularmente me sorprendió un detalle en el que nos hizo reparar nuestro anfitrión. En un momento del recorrido, nos mostró lo que denominó un pequeño tesoro, una reliquia del pasado que intentan recuperar. Se trataba de unos plantones de la variedad denominada “farana” o “plantafina de Pedralba”, que hace años que desapareció de estos pagos. La mención a Pedralba, una localidad vecina de Gestalgar, mi pueblo, me puso en la pista del recuerdo. Mi padre cultivaba algunas cepas de esta variedad, que allí se denominaba “plantafina”, en una pequeña parcela de apenas dos o tres hanegadas situada en la Loma de la Casa Suay. Recuerdo perfectamente como apreciaba estos racimos de uva blanca y temprana, de grano pequeño y espaciado, hollejo dorado y sabor particularmente dulce, que seleccionaba y reservaba para el postre con que acompañábamos las frugales comidas del mediodía durante la recolección de la algarroba.

En una larga hora –que nos pareció cortísima– Juan nos ilustró acerca del sentido que tiene hoy la práctica de la economía del bien común, una pseudoutopía que incluye el moderno concepto de “comercio justo”. No sólo nos explicó la motivación, los esfuerzos, la dedicación, el interés o la necesidad que han impelido su búsqueda colaborativa e incansable, el esfuerzo que han desarrollado para poner en valor una explotación que es mucho más que una simple iniciativa económica o un mero negocio. Lo suyo, además de eso, es cuasi una utopía que sobrepasa los límites de la economía, que anida en la concepción más holística de la cultura y que arraiga en los intersticios de la etnología, de la historia y de la idiosincrasia de unas gentes y de un territorio que constituyen su sustento y que parecen decididos y comprometidos en no dejar escapar esta oportunidad.

La visita concluyó con una cata de los caldos de la casa, de magnífica factura, que Juan nos descubrió respetando los cánones de una ocupación tan especializada y sibilina. Y aprovechamos la ocasión. La mayoría, lerdos en la materia, aprendimos  a mirar, a oler y a paladear los vinos que nos ofreció, pero sobre todo comprobamos la pasión de un hombre por lo que cree, por lo que hace y por el territorio en el que vive.

Fuera de tiempo, alargando la visita lo que era imposible, y tal vez más, nos apresuramos a llegar al restaurante de Víctor, una magnífica elección de Elías, donde degustamos un menú excelente, como siempre. Aperitivos completísimos a base de croquetas de bacalao y boquerón; tomate y all-i-oli para embadurnar las tostadas, pulpo asado y unos chipirones majestuosos que dieron paso a una olleta portentosa, a la que no le faltaba nada y que se había cocido en su punto exacto, que hizo las delicias de la inmensa mayoría de los comensales, exceptuando un par que echó por el camino de en medio y se despachó con los socorridos platos de carne y pescado. Todo ello fue convenientemente regado con cerveza y con un Peña Cadiella, de Vins del Comtat. Unos postres dulces, trufados con fruta de temporada, completaron el menú, que rematamos con unos sorbos de Naturalment dolç, 2011,  un malvasía, señor del Celler de la Muntanya,  que puso el justo y adecuado colofón a un buen menú.

Como es habitual, con los postres empezó la sobremesa que, en esta ocasión, fue pródiga en cantos y dedicaciones. La vena italiana se impuso a cualquier otra pretensión. Desgranamos (así como suena) canciones de Mina y de Celentano, de Pipino de Capri y de Domenico Modugno, de Riccardo Crocciante y de Patty Bravo, trufadas con otras de Raimon (que Antonio Antón siempre pone sobre la mesa, como Dios manda)  y con otras francesas de gentes legendarias como Adamo o Aznavour. Incluso asomaron por allí Demis Roussos, los Platers,  los Relámpagos, los Pekenikes, Juan Pardo, los Brincos y hasta Karina.

Aquello se iba poniendo “caldosito” y decidimos que era hora de escampar. Eso sí, previamente habíamos acordado las próximas citas.  El 21 de abril, en Alcolecha, por decisión de Alfonso, a quien corresponde ser el anfitrión. La siguiente será una asamblea general nocturna, que se celebrará en Alicante, el 3 de junio, a la que concurrirán nuestras parejas y Domingo Moro, que se desplazará ex profeso desde Ibiza. Será el anticipo que anuncie urbi et orbe el solsticio estival y les Fogueres de Sant Joan, también el Festival Fifty Years on the road, que celebraremos en septiembre.

Y así, entre risas y chascarrillos, repartiéndonos los vinos que nos procuramos en el Celler, despedimos este nuevo encuentro, con plácemes y abrazos, disfrutando incontinentemente de nuestra amistad, de esa pócima maravillosa que nos ha engatusado a todos, de esa costumbre a la que somos adictos y de la que no pensamos desertar.

viernes, 17 de febrero de 2017

Dicen que de Madrid…

Dicen que “de Madrid al cielo”. Y así reza en el arquitrabe del puente peatonal que une el Parque de Roma con Moratalaz para que, quiénes pasan por debajo, circulando por la M-30, se percaten, si es que todavía no lo han hecho, de que como en Madrid no se está en ningún otro sitio. Verdaderamente así es, especialmente si se circula en horas punta por tan eximia vía.

Chascarrillos aparte, me he preguntado por la autoría de tan celebérrimo dicho y,  por lo que he indagado, parece que, como sucede con la mayoría de las expresiones populares, su origen se pierde en la noche de los tiempos. Así, unos dicen que proviene de unos versos del reputado entremesista Luis Quiñones de Benavente, amigo de Lope de Vega, incluidos en su obra Baile del invierno y del verano, donde se dice literalmente: “Pues el invierno y el verano,/en Madrid solo son buenos,/desde la cuna a Madrid,/y desde Madrid al Cielo”.

Otros aseguran que el adagio empezó a hacerse famoso a finales del siglo XVIII, a raíz de las reformas que Carlos III realizó en la ciudad, gracias a las que, según aseguran algunos y reflejan bastantes libros, Madrid dejó de ser definitivamente una anticuada villa castellana y pasó a convertirse en la regia capital de un todavía vasto (y decadente) imperio.

Pero todavía hay más. Se dice que en el Cerro Garabitas, en la Casa de Campo, se reúnen algunas noches las almas de los difuntos madrileños y desde allí ascienden al cielo. Así lo atestiguan algunos vecinos del parque que declaran que han visto como las luces remontan las copas de los árboles y se confunden con el firmamento.

He estado esta semana en Madrid requerido por una obligación autoimpuesta: ver a mi nieto madrileño. Durante mi ansiado encuentro, he contrastado sus satisfactorios progresos, lo he acunado en mis brazos, he disfrutado de su proverbial simpatía y me he hecho todavía más devoto suyo. Deben ser las cosas del querer de los abuelos que, por lo que voy comprobando, no conocen de edad ni condición.  Un corto viaje que simultáneamente me ha brindado la oportunidad de contemplar una vez más el memorable y velazqueño cielo madrileño, aunque a ras de tierra.

Me inclino por el origen popular del adagio referenciado. Creo que una explicación plausible del mismo encaja en el contexto de la imparable migración interior generada por la capitalidad de la villa que materializaron los Austrias, que se aceleró con el centralismo borbónico y que se disparó definitivamente durante la Dictadura, especialmente en el periodo de 1940 a 1970, en el que la ciudad casi triplicó su población, que apenas ha oscilado desde entonces. Una progresión disparatada desencadenada por una suerte de reedición meseteña del legendario El Dorado, generada en un contexto fantasioso y especulativo, carente de planificación urbana, que originó incontables núcleos de infraviviendas y zonas residenciales, principalmente en los distritos del sur, que después ha habido que ir arreglando como y hasta donde se ha podido.

Imagino al denostado populacho, a los millones de humildes labriegos, destripaterrones, gañanes, arrieros y peones llegados a Madrid en busca de su particular “dorado”, absolutamente sorprendidos y obnubilados por el tren de vida que se ofrecía ante sus ojos como el gran maná caído del cielo. ¿Qué mejor pretexto para positivar su nueva realidad vital que la inasible esperanza de alcanzar el edén?

Hoy he revivido personalmente esa especie de fiebre del oro, tal vez de manera parecida a como imagino que la vivieron decenas de miles de conciudadanos cuando llegaron desde su tierra a los descampados que acogieron muchos de los actuales distritos madrileños. Igual que les sucedió a ellos, me ha dejado estupefacto la contemplación de un expositor de apenas 3 ó 4 metros de longitud, en el que se ofrecían simultáneamente: zarajos, a 2,25 €; panceta adobada, a 7,99; chorizos de pueblo, a 8,81; morcillas de cebolla, a 6,42; blanquitos, a 3,15; entresijos, a 7,49; gallinejas, a 8,49; criadillas especiales, a 5,99; sangre, a 5,69; cabecitas de cordero, a 7,99; riñones de cerdo, a 4,50; carne de ternera, a 9,98; morro, a 7,50, igual que las manitas de cordero deshuesadas; callos y manitas de cordero, a 4,49; asadura de lechal, al mismo precio; riñones de cerdo, a 4,50; criadillas de cordero, a 12,99; hígado, a 8,99; lengua de ternera blanca, a 7,99; morro del mismo animal, a 7,50; y morcillas de Burgos, a 6,45 €.

Estoy hablando de la casquería que tienen los hermanos Gómez en el mercado tradicional de la calle Nápoles, en el distrito de Hortaleza. Un establecimiento emplazado en los bajos comerciales de un antiguo bloque de viviendas, construido en la plenitud especulativa de los años 40 y 50 del pasado siglo. Un lugar que necesita algo más que una remodelación y que todavía permite visualizar la escasa distancia que media entre Madrid y el cielo. En este caso, prefigurado como explosión de viandas, que hoy son absolutamente ignoradas tanto por los próceres del imperante glamur gastronómico, como por los menús domésticos. Y la verdad es que tengo poca fe en que esas exquisitas vísceras recuperen su antiguo pedigrí y vuelvan a lucir convenientemente aderezadas sobre las mesas. La estación del precariado que nos toca vivir no da ni para eso. Si no acertamos a remediarlo, parece que en pocos años subsistiremos a base de bollería y refrescos industriales, proteínas artificiales y aire específicamente contaminado. Para entonces, es posible que haya desaparecido el mencionado puente peatonal y que hasta se haya olvidado el viejo adagio que reza en su pretil.

viernes, 10 de febrero de 2017

Manuela Pascual.

No soy fatalista, ni por disposición ni por convicción. No obstante, a veces, las cosas que  suceden o la realidad que me circunda me llevan a pensar que el fatalismo es más que una presunción y que hasta puede equipararse con la realidad verosímil. Me explicaré.

Como casi todos los días, he salido a pasear, recorriendo los aproximadamente cuatro kilómetros de rigor. Cuando regresaba a casa, no sé por qué razón, he sentido la anómala pulsión de continuar el paseo más allá de lo habitual. Casi instintivamente he emprendido uno de los itinerarios que periódicamente recorro, con ligeras variaciones, que curiosamente han propiciado que disfrutase de algunos detalles reconfortantes. El primero ha sido revivir las secuencias escénicas que siempre que paso por allí me motiva la imagen de un viejo vagón, abandonado en medio de un solar colindante –o quizá perteneciente– a la hoy desértica Estación de la Marina; un vehículo en el que reparo cada vez que transito por esa orilla del espigón que enlaza la playa del Cocó con las dependencias del Club de Regatas que ocupan las antiguas instalaciones del Tiro de Pichón, en la Cantera. Allá permanece, imperturbable, cual navío varado, en medio del secarral, como pidiendo el trozo de vía que le niega la empresa, consciente, como parece, de que ya no está en disposición de aspirar a que le engarcen a un tren con pretensiones.

Otro deleite que me ha facilitado la prolongación de la caminata ha sido la oportunidad de contemplar una visión espectacular del atardecer de hoy, cuando se desmoronaba sobre un mar inusualmente manso y tornasolado, que lo abarcaba todo desde el Cabo de las Huertas al de Santa Pola, ribeteando con sus leves ondas azuladas y pardas el horizonte violáceo que se extinguía despaciosamente, rindiéndose al fulgor de las artificiosas luces que empezaban a alumbrar y que apagaban abruptamente los tamizados matices de un crepúsculo que se cernía sobre las aguas con la indolencia acostumbrada.

Apenas había recorrido el Paseo de Gómiz admirando la quietud de las leves olas que rompían sobre la arena la bruna atmósfera que transportaban, todavía no repuesto del impacto visual que me produjo el barco estratosférico que han varado chapuceramente en medio de un bosquecillo de palmeras de la mediana o isleta que prolonga la fuente de la Plaza del Mar hacía el comienzo de la avenida de Denia, descubría una Explanada refulgente, desprovista de su acostumbrada opacidad y de su lóbrego aspecto, luciendo el nuevo alumbrado, que a primera vista parece innecesariamente excesivo.

Todavía impresionado por la pródiga luminosidad del paseo por antonomasia, mientras avanzaba en dirección hacia Canalejas, he advertido en lontananza un perfil de persona que me resultaba familiar. Conforme me aproximaba a ella iba agudizando la mirada a la vez que repasaba sus atributos, que se ofrecían con creciente nitidez expuestos como estaban a tan notoria luminosidad. Se trataba de una mujer de cuerpo menudo y porte encorvado, que caminaba a buen ritmo auxiliándose de un andador. Pese a que esa apariencia no correspondía a la que recordaba, he reconocido a la persona casi a primera vista, mucho antes de que se cruzasen nuestras trayectorias. Tras muchos años sin verla, no hace mucho que la reconocí puntualmente en otros lugares de la ciudad. Hace unos meses que la vi, o creí verla, de lejos en la Rambla, y algunos años más atrás la adiviné junto al Rincón de la Zofra, al final de la playa de San Juan. Sin embargo, ambas ocasiones no fueron propicias para materializar un deseado encuentro, contrariamente a lo que ha sucedido hoy. Probablemente porque he creído que no podía dejar pasar otra oportunidad para saludar a doña Manolita Pascual, una profesora admirada y magnífica, un referente como pocos en la Escuela de Magisterio de Alicante de los años  60 y 70. 

La he abordado directa y abiertamente, como suelo hacer cuando me lo propongo. La he saludado y su respuesta ha sido rápida y clarividente preguntándome si había sido alumno suyo. Le he respondido afirmativamente y, a partir de ahí, un tanto deslumbrados por el fulgor del alumbrado, hemos emprendido una breve e intensa conversación de apenas diez o doce minutos que me ha facilitado constataciones inequívocas. La primera de ellas comprobar que doña Manolita sigue siendo quien era, o casi. Le he facilitado algunos indicios situacionales que le han llevado a preguntar por mi nombre. Apenas le había respondido, cuando inmediatamente me ha ubicado en la promoción a la que pertenezco, recordándome a algunos de sus integrantes. Se acuerda perfectamente que fue la primera hornada de maestros del tardofranquismo, habitantes circunstanciales de la vieja Escuela del Castillo de S. Fernando, que conseguió estudiar en régimen de coeducación, gracias a sus esfuerzos y a los de otros colegas, como Maruja Pastor.  La segunda verificación es que da la impresión de que conserva su privilegiada “cabecita” tal cual, es decir, como la conocimos cuando empezamos a tratarla hace cincuenta años. Los pocos minutos que ha durado la conversación me han convencido de que sigue perfectamente conservada y amueblada, naturalmente inquieta y en su efervescencia intelectual característica. La tercera  es que continua siendo una persona coherente, que sigue viviendo ajena al mundanal ruido y que no parece necesitar demasiadas distracciones para disfrutar de una buena vida, que por lo que cuenta parece entretenida, ocupada y preocupada.

Me han sorprendido tanto la alegría que he adivinado en su rostro al reconocerme como su inusual cercanía, expresándome explícitamente su satisfacción por volverme a ver y por tener noticias de gente a la que recuerda con afecto y a la que me ha rogado que abrace de su parte. La he visto avanzar con su andador con determinación, como si se empecinase en preservar el brío que incorporaba a aquellos pasitos cortos que la caracterizaban cuando era joven, que nos transportaban la decisión, seriedad, rigor e inteligencia con que impregnaba los rudimentos psicosociológicos de la profesión que se afanaba en enseñarnos.

Me ha dado la impresión de que conserva su curiosidad ingénita, que permanece al margen de la sociedad líquida y que sigue indagando en la sabiduría de los clásicos. Me hablaba de pasada de algún diálogo socrático que estaba repasando y de una novela centrada en el pensamiento de Platón que leía.

En fin, vuelvo al principio, reitero que no soy fatalista. Pero da que pensar que precisamente hoy decidiera prolongar mi paseo. Porque esa azarosa posibilidad me ha proporcionado satisfacciones insospechadas. De todas ellas, reconozco que la que me alegra sobremanera es haber tenido la oportunidad de tomar la mano que me ofrecía doña Manolita apenas la he saludado y pasear junto a ella unas decenas de metros. Me reconforta muy especialmente haberme reencontrado con la mirada limpia de sus ojos claros que todavía ahora, en su vejez, conservan la sorprendente vivacidad que iluminaba aquellas vetustas aulas, escudriñando con inteligencia y contenida emoción las potencialidades y también las triquiñuelas de cientos de adolescentes que aspiraban a ser educadores.

sábado, 21 de enero de 2017

Adjetivar.

¿Alguien puede creer que una persona sensata pase sin dormir una noche entera buscando un adjetivo? Pues dicen que Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, lo hacía; aseguran que escudriñaba incansablemente en los diccionarios y en su memoria “le mot juste”, la palabra exacta, para acoplarla a sus personales relatos literarios. Otra extravagancia de gente desocupada y despreocupada, con largo patrimonio y abundantes rentas que disfrutar, es lo primero que se te ocurre pensar. Al menos, eso creía yo. Pero la cosa tiene bastante más miga.

Desde hace algún tiempo me interesan los adjetivos, especialmente desde que leí un artículo sobre ellos en el blog de Jaime Fernández, periodista, escritor y autor de ensayos literarios, que desconozco. Por favor, no vaya a creerse que me preparo para ser  escritor o algo parecido. Ni aspiro a ello, ni muchísimo menos. Me parece algo tan difícil que ni me atrevo a intentado. De hecho, me sorprende relativamente un fenómeno habitual en los últimos tiempos, cual es la capacidad que tienen algunos jóvenes para escribir centenares, miles de páginas, con las que conforman largas sagas de novelas exitosas. Me asombra que personas con tan corta experiencia vital atesoren tamaña capacidad de inventar y/o recrear relatos históricos o ficticios. Pero, bueno, eso es harina de otro costal.

Por lo que he podido averiguar, adjetivar es una de las recurrentes preocupaciones de los escritores. Tan es así que Azorín, por ejemplo, dijo en cierta ocasión que la literatura está en el adjetivo. Opinión que comparten otros, como Josep Pla, que aseguraba que el gran problema de la literatura es precisamente adjetivar las cosas. Y lo decía desde el convencimiento de que la forma es lo único que perdura en ella. Calificar con propiedad supone un arduo proceso, que se inicia cuando el escritor se acerca al objeto que pretende describir para analizarlo sin prisas y con detenimiento durante un cierto tiempo, y que completa a posteriori cuando se aleja de él para recordarlo y desentrañarlo. Porque el adjetivo se oculta en las entrañas del objeto y debe esclarecer su esencia desde la distancia que establece su memoria. Por tanto, podría decirse que lo auténticamente genuino de un creador es descubrir en los objetos atributos diferentes de los que han percibido y escrito otros anteriormente. Adjetivar con precisión no equivale a yuxtaponer muchos epítetos a un sustantivo sino a adjuntarle aquél que englobe el máximo número de ellos. O dicho de otro modo, antes que añadir un segundo adjetivo conviene estudiar la posibilidad de que sea absorbido por el primero.

Quienes escribimos y no somos escritores –también muchos que se supone que lo son, todo hay que decirlo– tenemos una debilidad casi invencible por el adjetivo, por utilizarlo excesiva e indiscriminadamente, desoyendo las sugerencias de quiénes saben de literatura.  Porque el adjetivo es una tentación que los escritores que pueden considerarse tales se reprimen constantemente, sabiendo que vale más una descripción sumaria que otra cargada de aquéllos, palabras escritas en caliente, que conviene dejar que se enfríen para podarlas y dejarlas en su justa medida. Es entonces, en el ejercicio retrospectivo, cuando el escritor toma conciencia de su relativa inutilidad, consciente de que tal vez lo único que realmente consigue el uso prolífico del adjetivo es aburrir a los lectores, abrumándolos con esa especie de tiniebla que pone ante sus ojos, que les hurta la posibilidad de recrear, de imaginar aquello que se ha escrito. Porque es indudable que una descripción sin adjetivos despierta más la imaginación del lector que otra saturada de ellos, que apenas le deja margen para interpretar el relato.

Desde otra perspectiva, el adjetivo puede considerarse como una especie de bisutería expresiva. Lo realmente literario es la contención y la elipsis. El amigo Flaubert lo reflejaba con la precisión que le caracteriza cuando aseguraba que “el talento de escribir no consiste sino en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En el estilo es como en la música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”.

Los consejos de los maestros en el arte de escribir apuntan hacia la austeridad, algo que no practico porque, además de no ser escritor, soy dado a la exuberancia y a la voluptuosidad. Alguien ha dicho que para cualquier cosa que se desee contar "existe una sola palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla”. Otros insisten en que el escritor debe buscar hasta dar con esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y no contentarse jamás con algo aproximado, recurriendo a supercherías y equilibrios lingüísticos que no significan otra cosa que huir de la dificultad. Azorín, Borges, Cortázar, Maupassant, etc. son partidarios de no cargar a un sustantivo con dos adjetivos si solo precisa de uno, porque ese innecesario emparejamiento no significa otra cosa que la esterilidad del pensamiento. En última instancia podríamos mencionar la recomendación del catedrático de Harvard Raimón Lira, maestro de Vargas Llosa, que insistía en sus clases en que “los adjetivos se han hecho para no usarlos”.

Por otro lado, Alejo Carpentier consideraba los adjetivos como "las arrugas del estilo". Decía que si se les otorgan dignidades y categorías se convierten en surcos que no anuncian otra cosa que la decrepitud. Según él, cada época tiene sus perecederos adjetivos, como tiene sus modas y sus chismes. En su opinión, los grandes estilos se caracterizan por la extrema parquedad en el uso del adjetivo, acotando privativamente algunos muy concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, que, en último término, son los preferidos por quienes redactaron obras como El Quijote o la Biblia.

Pese a todo, pienso, como otros, que no está mal adjetivar las cosas, especialmente si se hace con gracia e ingenio, porque ello supone ensayar una tentativa para construir un lenguaje propio, relativamente independiente del lenguaje común. El estado positivista que nos envuelve y abruma, en el que el apresuramiento y el parloteo priman en la comunicación, ha relegado decididamente el adjetivo porque choca con su tendencia uniformadora. Y ello no es lo peor, lo auténticamente preocupante es que no solo desaparecen los adjetivos en la interrelación sino que las personas pierden la facultad de observar con la más elemental atención.

De modo que confesaré que soy más como Pío Baroja. En mis pacatos escritos, ensarto los adjetivos "como burro que suelta pedos", pese a las recomendaciones de los próceres de la literatura. Ello no empece que comparta la opinión de quienes consideran que adjetivar bien debe ser una tarea precisa, inteligible y clara y, si es posible, graciosa. Vamos, algo que justifica liar y fumarse un cigarrillo mientras se toma la decisión de colocar un adjetivo antes o después del sustantivo.

Canetti desconfiaba de los adjetivos porque “albergan sentimientos”. Contrariamente, yo confío en ellos consciente de que, como él mismo decía, “siempre que me asaltan los adjetivos, me vuelvo ridículo”. Y es que, en suma, pienso que la clave está en lo que confesaba Bábel (una vez auto-reinterpretado): en la escritura lo esencial está “en espigar las palabras que son en primer lugar significativas, en segundo lugar sencillas y en tercer lugar hermosas”.

lunes, 16 de enero de 2017

¡Come y calla!

Es una obviedad que el acto de comer es un hecho biológico, natural. Sin embargo, ni en todos los países, ni en todos los tiempos, se ha comido lo mismo. Es más, la historia avala que las formas culturales de comer condicionan la necesidad biológica de hacerlo, como lo demuestra el hecho de que a lo largo de la historia de la humanidad hayan muerto de hambre muchas personas, pese a tener a su alcance alimentos que no eran considerados tales por sus respectivas culturas. No me extenderé en detalles.

A poco que reflexionemos, constataremos que en algo tan básico y natural, como es el acto de comer, confluyen un conjunto de variables que no pueden soslayarse. Por un lado están las estrictamente biológicas, como las necesidades y capacidades del organismo y las características de los alimentos. Por otro, emergen los elementos ecológicos y/o demográficos, que tienen que ver con sus circuitos de producción, distribución y consumo. En tercer lugar deben considerarse las cuestiones sociopolíticas, es decir, el acceso efectivo a la comida que tienen los diferentes grupos sociales, sea a través de sistemas de mercado, de control gubernamental, o de otra naturaleza. No pueden eludirse, finalmente, los ingredientes culturales, es decir, las categorizaciones que determinan en cada cultura qué es comida y qué no lo es; qué, cuándo y con quién se debe comer, cómo debe ser la dieta para las diferentes edades, etc.

Estas dimensiones socioculturales de la alimentación, que no pueden desvincularse de la estricta y subjetiva perspectiva del comensal, hacen de ella una realidad que está a caballo entre la biología y la práctica social. Por tanto, comer es, cuanto menos, un hecho complejo que nos vincula y articula a cada uno de los humanos con nuestra sociedad y con nuestro tiempo. Las costumbres alimentarias no son simples hábitos individuales porque son inconcebibles aisladamente del contexto psicosociocultural en que se practican. Me cuento entre los que creen que, más que hábitos alimentarios, lo que existen son sistemas culinarios, es decir, estructuras culturales del gusto que engloban prácticas sociales cargadas de sentido. Por eso, pretender cambiar las formas de comer, la alimentación de una colectividad, significa ambicionar modificar sus valores, sus gustos y hasta su delicado y complejo equilibrio.

Retaurante Eat, Greenpoint (NY)
No es ningún secreto que, como sucede con todos los bienes escasos, el silencio empieza a ser altamente valorado en las ruidosas sociedades occidentales. No solo para ayudar a la gente a conocerse mejor sino incluso como estrategia para acercarse unos a otros. Muy especialmente en el mundo anglosajón, y a ambos lados del Atlántico, cada vez hay más cafés llenos de gente que lee en silencio a lo largo de una o dos horas para, después de ese tiempo de placer autónomo, compartir otro charlando con los demás, mientras se ingiere el último combinado de moda. Hasta se ensayan nuevas formas de relación mediante citas rápidas y silentes, intermediadas por empresas especializadas, en las que priman los gestos, las sonrisas, las miradas, es decir, cualquier lenguaje, excepto el verbal. Parece como que esta gente se hubiese propuesto acabar con la vetusta tradición que circunscribía las relaciones sin palabras al ámbito de los cortejos. Y es que muchos aseguran que este nuevo (?) mutismo tiene un efecto positivo sobre el organismo, dado que ayuda a rebajar los niveles de estrés y a relajarse.

Hace ahora una década que la artista británica Honey Ryan creó en Berlín las llamadas “zonas silenciosas”. En este caso se trataba de compartir menús veganos en los que había que respetar unas normas muy sencillas: una pareja compartiendo mesa, no hablar ni escribir, hacer el menor ruido posible, no interactuar con aparatos tecnológicos y permanecer en tan singular escenografía al menos 2 horas. Aquella iniciativa tiene actualmente múltiples réplicas. Una de ellas es el restaurante Eat, en Greenpoint (NY), que ofrece una dominical y silente propuesta de hora y media bajo el lema “come y calla”. Un local reducido y estrecho, sin música y con poca luz, en el que un cocinero veinteañero y un par de pinches sirven a una treintena de personas platos presuntamente compuestos con productos orgánicos locales (?), sin elección ni opinión posibles. Sin duda, un lujo barato (unos 45 dólares, más propina) en la exclusiva y estrepitosa rutina neoyorquina, una nueva curiosidad en una ciudad obsesionada con la pose de estar a la última en excentricidades.

Para su artífice, la experiencia es una performance de base filosófica. Asegura que su propuesta tiene que ver con nuestra relación con lo otro. Dice que de la misma manera que sucede con el sexo, la psicología o el lenguaje, introducir algo externo en nuestro cuerpo, que es lo que hacemos cuando comemos, supone siempre un compromiso profundo. Y por eso apuesta por productos ecológicos, afirmando que “si no sabemos de dónde viene la comida, cómo se produce, cómo ha afectado la tierra a sus cualidades nutritivas, cuando llega a nosotros tenemos una relación alienante con ella". Sin comentarios.

Luego, la carta que ofrecen es realmente espléndida: pan de trigo con mantequilla, sopa de zanahoria con especias, ensalada de lombarda cruda, puchero de porotos con papas, nabo y boniato, para los veganos; y abadejo con tomate picante acompañado de col silvestre y ajo, para el resto. De postre, helado con sal marina y quinoto. Menú tan exquisito debe aderezarse con una extrema timidez al mover los cubiertos para evitar que colisionen estrepitosamente contra la vajilla artesana creada por el dueño del local, cuyo tintineo matizarán siempre los leves chasquidos de las hojas de lombarda sucumbiendo a la presión de los molares de los comensales.

Los testimonios de algunos participantes son auténticamente sobrecogedores: "Me he sentido aliviada porque normalmente hablo mucho, pero también fue un gran descanso saber que puedo estar callada en presencia de otra gente", dijo una de ellas, que confiesa que cuando fue al baño habló ante el espejo. "Al principio estaba muy nerviosa. Cuando llegamos, hacer cualquier ruido era terrible. La sopa estaba caliente y estaba soplando, pero no quería hacer ruido cuando lo hacía... pero, en cualquier caso, luego me relajé", dice otra, que sufrió un ataque de risa frente a la tercera en discordia, que no terminó ninguno de los platos pero hasta el final no pudo aclarar si no le gustaban o, simplemente, no tenía hambre. "Mis expectativas culinarias han sido totalmente satisfechas. La comida era increíble", decía otro, después de haber estado con los ojos cerrados en modo de meditación la mayor parte de la cena. "El silencio me permitió volver a experiencias en retiros espirituales que había hecho", aseguraba un hombre dedicado a negocios de estética.

La verdad es que no sé qué decir, o tal vez sí. Revuelto en mis disquisiciones, de repente me acucian unas infinitas ganas de que llegue el próximo 17 de febrero, en que compartiré ágape con mis amigotes en Muro. Allí comeremos lo que debemos y lo que no, hablaremos de lo que consideremos oportuno y de lo que no, cantaremos lo que nos apetezca y lo que se tercie, y nos querremos como sabemos y como solemos. Y, además, creeremos ciegamente que estamos haciendo lo que toca, y que somos felices, aunque no comamos callados junto al puente de Brooklyn, o en la Isla de los Museos.

sábado, 14 de enero de 2017

Antonio Martín Lillo, in memoriam.

Hoy, las secciones de obituarios de la prensa local recogen de manera destacada el fallecimiento de Antonio Martín Lillo. “Adiós a un histórico comunista”, “un hombre de gran valía política y humana”, “muere un político que no cesó en su lucha”, etc. En las redes sociales también son innumerables las referencias a quien ha sido importante referencia de la izquierda en la ciudad y más allá.

Me apresuraré a decir que ni fui, ni soy, ni creo que seré comunista. Por tanto, no es el apego ideológico lo que me ha vinculado con Antonio Martín Lillo. Mi relación con él y con su familia se inició como consecuencia de una amistad común. Desde hace muchos años, han compartido con nosotros el afecto de unas excelentes personas a las que conocimos por motivos diferentes. Justamente a partir de los comentarios y testimonios de esas personas, empecé a saber de los detalles de la vida de la virtuosa familia que conforman Antonio, Blanca, Víctor, Tina y el pequeño y bienquerido Víctor. Unas referencias entre las que, obviamente, predominaban las relativas al cabeza de familia por razón de su activismo político, de su compromiso social y de su proyección pública. Muchos años después, esta relación intermediada se complementó con otra mucho más directa cuando me incorporé a la Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica. Así pues, en estos últimos tiempos he tenido la oportunidad de compartir con él los espacios de debate, discusión, compromiso y civilidad que enmarcan la actuación de este colectivo, del que fue activo fundador.

Sería absurdo que insistiese en los valores ideológicos o políticos de una persona que conozco hasta cierto punto, y cuyas cualidades otros, con mayor conocimiento de causa, han reseñado en los medios de comunicación y en las redes sociales. Pero ello no merma ni un ápice mi interés por subrayar algunos rasgos de su personalidad que, en mi criterio, justifican de sobra esta entrada y que comparto por ser inherentes a mi particular manera de entender la vida.

El primero es su coherencia ideológica y política. Frivolidades al margen, creo que en este aspecto en lo único que se equivocó Antonio es en el “equipo” que eligió para “jugar”. Obviamente, él y todos sus camaradas piensan justamente lo contrario. Sin embargo, digo esto porque cualquier otra organización política de izquierdas se hubiese lucrado, en el sentido más decente del término, de contar entre los suyos con un militante absolutamente coherente con la ideología de la organización, honrado, cabal, discreto, disciplinado e inasequible al desaliento. Un lujo para cualquier partido político, sindicato, asociación u organización. Antonio es una de esas personas singulares que explican por sí mismas la histórica –y, a veces, hasta insultante- supremacía moral de la que se ufanan los militantes de las formaciones políticas autoconsideradas “de izquierda auténtica” frente a los que se alinean en opciones progresistas más moderadas. Verdaderamente, poder presumir públicamente de las virtudes personales y políticas de personas como Antonio Martín, sin temor a equivocarse o a tener que desdecirse casi inmediatamente, es un lujo al alcance de muy pocos.

La segunda cuestión que quiero destacar es su compromiso político. Ha pasado toda su vida militando activamente en el PCE. En la clandestinidad y en la cárcel, durante el franquismo, en el exilio y en la sociedad democrática. En este tiempo líquido en que vivimos, en el que paradójicamente prima el pensamiento débil, la posverdad post-truth–, que para mi significa simplemente la “mentira”, el transfuguismo, la descapitalización ideológica o la práctica de la golfería a cualquier nivel político e institucional, no tiene precio compartir militancia con una persona incorruptible y consecuente con sus compromisos.

Un tercer atributo que debe destacarse de Antonio y su gente es la enorme capacidad que poseen para forjar un denso núcleo familiar. Es tan vigoroso el flujo de apegos que existe en esa parentela que el espacio privativo de sus querencias más próximas irradia nítida y espontáneamente al exterior, llegando sus destellos a los demás y haciéndonos percibir el enorme caudal de afección que los vincula. Tampoco me parece éste un asunto baladí.

En suma, durante el tiempo y las circunstancias que he compartido con él he tenido la oportunidad de comprobar que, además y por encima de las anteriores consideraciones, era un hombre bueno y una persona honrada y ejemplar. En mi léxico particular no existen mejores atributos. Larga vida, Antonio, en nuestro imperecedero recuerdo.