sábado, 21 de abril de 2018

Crónicas de la amistad: Muro (23)

Por más que de tanto en tanto me pregunte si la crónica todavía no escrita trascenderá los márgenes del anecdotario; por más que a veces tenga la impresión de que los pretextos amistosos dan para poco más en mis relatos; por más que me desconcierte a menudo el reto de encararme al papel para garabatearlo con el hilo de mis pensamientos o la efervescencia de mis emociones; por más que me asalte de nuevo el síndrome de la hoja en blanco… siempre acabo concluyendo con una perogrullada que me persuade: toda idea empieza en la nada. En consecuencia, me convenzo de que si el meollo del asunto es evitar que la página vacía me devore, el reto que tengo ante mí consiste en responder a semejante desafío, enhebrando las teclas del ‘ordenata’  e intentando tejer algo que, antes o después, acabará tomando forma. Solo es cuestión de perseverancia.

Hoy mis reflexiones sobre la amistad se deslizan por un calzada heterodoxa, pavimentada con los versos de mi amigo Paco Pastor. Porque la amistad también es cosa de poetas, de su vida y de sus obras. ¿O acaso no es amistad lo que tan intensamente compartieron y han dejado escrito gentes como Rafael Alberti y Antonio Machado? ¿Alguien puede negar el apego entre Pablo Neruda y los poetas andaluces de la Generación del 27? ¿Cómo puede llamarse a la timba que desde hace años alimentan, en Rota, Sabina, García Montero, Ángel González y otros aviesos cómplices? Salvando las distancias, Paco, además de excelente persona, también es un gran poeta que, entre otros reconocimientos, ha obtenido recientemente el VIII Premi de poesía Ciutat de Torrent, con un gran poemario, que es joya delicadísima editada por Tabarca Llibres (2017), cuya última pieza, Fils de llum, además de darle nombre, sugiere que:

no importa
la nit i la ferralla,
jo aproparé el rostre
                    d’ivori
              als seus mars
d’esclavitud,
emmudiré les roses
            que encara crepiten
                    en l’oracle
                           de les llàgrimes,
despullaré
              a la sal besada
                     del seu primer
                           nèctar,
com un profeta
dels horitzons
instigaré els alisis
                    de la paraula,
diluiré la tristor
                     de la pedra,
i no importa
                   que el gorg
                   s’acabe
al final de la canya,
jo perseguiré els instants
      on encara repose
                          un espill brut,
un atles
       de la llum
                   esquiva

En este 20 de abril, pisando lo que queda de las abancaladas terrazas moriscas del Comtat y de la Baronía de Planes, me pierdo en el devoto recuerdo que enlaza el vaporoso discurrir de los versos del amigo, navegante de los alisios de la palabra, licuante de la triste piedra seca, perseverante rastreador de la luz esquiva. Siento tan contiguas, tan sentidamente íntimas sus estrofas, tan aladas mensajeras del pálpito amistoso, que las percibo como propias. Y me reconozco en ellas. Está claro, amigos, que a poco que me descuide me arramblan las ensoñaciones; más, si menudean las vivencias amistosas. Pero ya estáis vosotros para separarme del ensimismamiento. ¿O acaso no eras tú, Elías, la luz que nos guiaba hoy a tu Muro? Así debió ser porque allí estábamos todos, en el bar Alcoyano, cuando rayaba la hora meridiana. El regente, Juanvi –un crack de la mercadotecnia gastronómica, en proceso de desguace–, había dispuesto una mesa circular en la que nos ha servido algo más que una trivial colación: ensalada de tomate con ventresca, bolets, croquetas de bacalao, boquerones fritos, tortilla de butifarra y alguna otra genial fruslería nacida del talento gastronómico de su esposa. Todo ello, regado con algunas litronas de Amstel, nos ha dispuesto (o indispuesto, según a quiénes se pregunte) el cuerpo para dirigirnos al primer destino: Planes y el Barranc de l’Encantà, una hondonada de leyenda.

Un tópico, el de la “encantada”, diseminado a lo largo y ancho de la geografía peninsular. Según en qué lugares la protagonista adopta el perfil de ninfa, de náyade, de mujer de agua, de ser encantado, en suma. Son historias que aluden a tesoros ocultos, a enigmáticas doncellas afloradas por el bullir de los manantiales en noches de luna llena, a amoríos imposibles que cincelaron paisajes pétreos… Estanques, pozas, cuevas, fuentes, castillos, lagos, minas o saltos de agua que aúnan su particular encanto a la seducción de la memoria oral, que les atribuye hechizos que el devenir de los siglos no ha logrado desvanecer. Mucho se ha especulado sobre el significado de estos relatos, aunque parece que su propósito más verosímil no es otro que disuadir a los incautos de los riesgos que entraña intentar acceder a lugares de especial peligrosidad (cuevas, ríos, castillos, pozos, cerros…). Y para ello, los anónimos relatores se valen de referencias nocturnas, morunas y sobrenaturales, que intentan atemorizar para lograr tal propósito. En este caso, el Estrecho de l’Encantà es, junto con el Gorg del Salt, el lugar más comprometido del barranco, donde se hallan las mayores pozas y desniveles. Aunque la leyenda asocia l’Encantà con los moriscos, Cavanilles alude a una inscripción labrada sobre la piedra de entrada a la gruta (en la que presuntamente los moriscos escondieron cuanto de valor poseían), fechada en 1573, que confirmaría que la fábula es anterior al decreto de expulsión de 1609. Por ello, otros creen que, dado que el relato arranca de un exilio musulmán –descartada la expulsión decretada por Jaime I en 1248, por no afectar a estos territorios–, su origen podría vincularse con el destierro de Al-Azraq y sus súbditos, acaecido en la primavera de 1258. ¿Quién sabe? En todo caso, hoy pisamos territorio de leyenda en el que, lamentablemente, el discurrir de la primavera había evaporado ya los efluvios de la flor de los  cerezos.

Un brevísimo paseo por el camino que discurre en paralelo al cauce del exiguo regato y unas fotografías a pie de poza para inmortalizar la visita al asombroso Barranc de l´’Encantà han puesto fin a la vertiente socionatural del encuentro, a la que algunos descreídos han renunciado, apostados, cual “gorrillas”, junto a los coches y cobijados en la inexistente sombra de los pinos. Enfrascados en la enésima, estéril y bizantina discusión sobre la pertinencia de esta componente cultural, que ya es habitual en nuestros encuentros, nos hemos acomodado en los vehículos para que decenas de curvas y contracurvas nos devolviesen a Muro. Nos esperaban en Casa Calvo, un restaurante tradicional especializado en cocina valenciana energética y saludable. Un establecimiento señero, que echó a andar en 1930 y que hoy estaba a rebosar de gentes que habían concluido la semana laboral y disfrutaban de los placeres de la mesa y de la compañía, como nosotros. Tras algunas consideraciones, hemos echado por el camino de en medio y nos hemos decidido comer “de picaeta”. De modo que “contenidos”, como siempre, le hemos encomendado a la encantadora maître que nos trajese pericana, ensalada de encurtidos, calamares a la romana,  carne en salsa con albondiguillas y patatas fritas…y alguna cosa más. Un menú que ha precedido a unos postres exquisitos, a base de milhojas de crema con chocolate, tarta de trufa con salsa de naranja y manzana asada con crema catalana. Todos ellos remates inefables.

Tras un breve escarceo por el carrer Carme, buscando el acceso a la terraza del bar La Música, cerrado hoy a cal y canto, hemos recalado en “El Batán”, un bareto habilitado junto al cauce de un antiguo barranco que, aunque sigue siendo tal, ha sido transformado en un vial concurridísimo y decoradísimo con pinturas murales que honran a nuestros ancestros y pretextos: Ramon Llull, Roiç de Corella, Joan Valls, Ovidi Monllor… Allá hemos despenado los postreros cubatas y ‘cafeses’, mientras Antonio Antón espoleaba su guitarra y sus habilidades intentando acompañar las propuestas de un Elías hoy desbordante, enseñoreado de su Muro.

Una vez más he hallado en nuestros encuentros el territorio de la alegría. A mí, como a García Montero (lo siento, hoy tocan los poetas), la felicidad me da pudor. La vida y el mundo están llenos de carencias y precariedades que me persuaden de abordar la trascendencia de la felicidad. Pero sí ansío saber, hablar y gozar de la alegría, del deseo de vivir, de disfrutar de la existencia. Y, en mi opinión, uno de los lugares de privilegio para hacerlo es el delicado espacio que conforman nuestros encuentros. Por eso hago votos para que sean muchas las ocasiones en que podamos disfrutar de la vida a manos llenas, como hoy. Ya sabéis, la próxima ocasión se presenta en Novelda, será el 18 de mayo, en casa de Luis, y sin que sirva de precedente.

sábado, 24 de febrero de 2018

Crónicas de la amistad: Elx (22)

A propuesta de Luis, hoy alteramos la secuencia del recorrido habitual yendo de Novelda a Elx. Seguimos sin perder de vista el Vinalopó, el viejo río que los romanos denominaron Pinna Lupi (peña del lobo), título que copiaron los árabes, llamándolo Binalūb, y al que mucho más recientemente otros, como Schulten, basándose en la Ora Marítima, de Avieno, denominaron Alebus. Un regato de casi 81 kilómetros de longitud cuyo ínfimo cauce modela y vertebra, milenio tras milenio, buena parte del flanco occidental de la geografía provincial.

Nuevamente se nos ofrece otra oportunidad para celebrar la amistad que, como dijo el periodista Antonio Lucas, tal vez sea “la más imprecisa de las verdades, o la más exacta de las religiones, porque se apoya en una rigurosa sospecha: saber que uno se prolonga mejor en el otro”. Y es que la amistad es un modo de quererse fascinante del que hay tantas versiones como personas. En sí misma, es una crónica fabulosa que apenas se escribe, pero que se piensa casi a diario, porque el hecho de querer a alguien incluye, sin pretenderlo, una hermosa geometría que obliga a triangular muy bien para acoplar entusiasmos y frialdades. Estoy convencido de que la mayoría de las veces lo mejor que nos sucede a los amigos cabe en un silencio o un abrazo oportunos; en un saber estar juntos sin más pretensión que tenerse al lado; en saber hacer el ridículo en el momento justo sin temor a ser reprendido; … en ser capaz de escuchar una risa en el peor momento del día. Por otro lado, como decía Rafael Azcona, creo que la principal virtud de la amistad es la capacidad de evitar poner al otro en la tesitura de tener que decirte: “no”. Y es que los amigos son como el mindfullness del amor. Con un amigo no hay pasado ni futuro, siempre es ahora; y esa visión, que no paga peajes ni pide réditos, quizás sea la única garantía de que el amor puede llegar a ser invulnerable.

Paseando por el Fondo
Antonio Antón nos había citado en su casa de la carretera de Santa Pola, a las once. A esa hora allí estábamos todos, como clavos. Tras embarcarnos en un par de coches nos hemos dirigido al Fondo, que no al Fondó, un parque natural declarado como tal en 1988, que es parte de la antigua albufera de Elche, que modeló históricamente la desembocadura del río Vinalopó y que los humanos han desecado casi completamente para convertirla en terreno cultivable. En esa zona pantanosa, la Compañía de Riegos de Levante, a principios del siglo pasado, construyó dos embalses reguladores para recoger y distribuir a los agricultores el agua que se eleva desde la desembocadura del río Segura, que riega más de mil hectáreas. Este singular conjunto hidráulico, oculto tras los cañaverales y la vegetación palustre, aparenta ser una gran laguna natural, que se complementa con charcas y saladares que trufan cultivos y palmerales conformando un paisaje excepcional, que acoge a casi doscientas especies de aves. Entre ellas la cerceta pardilla y la malvasía cabeciblanca, ambas especies en peligro de extinción, además de distintas variedades de garzas, anátidas, limícolas y flamencos (pocos) que conviven con anguilas, mújoles, carpas y con el fartet común, también llamado peixet de sequiol, una singularidad exigüísima del Mediterráneo español, que se caracteriza por su voracidad (de ahí su nombre), pese a que las hembras, que son las de mayor tamaño, apenas alcanzan los cuatro centímetros cuando son adultas.

Concluida la faceta socio-natural de la jornada, que amaneció tan heladora como espléndida, nos hemos detenido en una zona de picnic del propio Parque donde hemos dado cuenta de la coca de miguitas con sardina de bota –que otros llaman arengada, sardina de cubo, de casco, o salpresa–, que había provisto Pascual, adquirida en el Horno Mamella, una institución en Santa Pola, acompañada de unos botes de San Miguel, conservados bien fresquitos en una coquetona nevera portátil. Ahí hemos empezado a pasarnos de revoluciones. Tal vez ha sobrado detenernos en la siguiente estación del itinerario previsto por Antonio, la Venta de La Úrsula, en la carretera de Dolores. Un clásico que nos ha ofrecido un irrenunciable tentempié a base de un remedo del “chanchullo” noveldense, acompañado de unos platitos de embutido casero regados con un par de litronas y otras tantas copas de Protos.

Sin solución de continuidad, desde allí nos hemos dirigido a Perleta, en cuyo Asador Antonio Antón había encargado la francachela de hoy. Un renovado restaurante-brasería radicado en la genuina partida ilicitana, a la que debe reconocerse el mérito de haber dedicado su escuela al Mestre Canaletes, el “mestre sense títol” por antonomasia, que sacó de la ignorancia a centenares de personas analfabetas del Camp d'Elx sin credencial alguna. José Canals Jiménez, que era su verdadero nombre, fue un personaje nacido en Les Baies que a los seis años trabajaba en las salinas, recogiendo los boñigos de las reatas de mulas que movían las vagonetas, por lo que le pagaban dos reales de jornal. Por la noche acudía a tomar lecciones de un maestro a la vez que aprendía música, llegando a dominar la guitarra, el laúd y la bandurria. Con apenas catorce años enseñaba música y, tras  jornadas agotadoras segando juncos en El Hondo o trabajando en la “teulera”, se desplazaba por las noches a Elx, andando, para tomar clases adicionales. Cuando apenas tenía 18 años lo buscaron para sustituir a un maestro rural y empezó a enseñar sistemáticamente, tarea en la que no cejó en toda su vida porque a los 80 años aún daba clase en su casa de la Baia Alta, en un lugar llamado Roal dels Garretes. Escribió en El Tío Cuc, El Obrero, La Tranca, El Bou y otras publicaciones y, sin ser político, compartió las reivindicaciones de los trabajadores. La prosa y el verso se le dieron bien y popularizó El cuento del formigó, que fue un sonado varapalo a los políticos de la República. Un consejo de guerra, celebrado en Alicante en 1941, le condenó a seis meses y un día de prisión menor por auxilio a la rebelión. Según la sentencia, era de antecedentes izquierdistas, y estuvo afiliado al Sindicato Agrícola.

Pues bien, en el mencionado asador, hemos despenado un menú pantagruélico, impresionante, absolutamente desmesurado. Compuesto de aperitivos que incluían raciones triples y exuberantes de croquetas de bacalao, quisquilla, gamba, calamar a la romana, jamón al corte, ensalada de salazones y alcachofas a la plancha. Todo ello servido magistralmente en un reservado excepcional. Semejantes fruslerías han dado paso a un caldero tabarquino de gallina, con su arroz a banda y alioli (“fet a má per l’amic Carrasco, per part de mare”),  que no se lo saltaba un romano. Tras los “divertimentos” previos, semejante reto ha puesto en jaque nuestra capacidad de réplica, que en esta ocasión no ha estado a la altura de las circunstancias. Espero que al menos haya servido para que aprendamos algo. Los postres y cafés, a los que ha seguido un generoso servicio de copas en la terraza del restaurant, han rematado una minuta espectacular a precio de algo más que amigos.

Allí hemos concluido nuestro encuentro, rumoreando como siempre las letras casi olvidadas de las viejas canciones que siempre nos acompañan, con Antonio Antón a la guitarra, hoy excepcionalmente acompañado en las voces por su querida Paqui, que se ha desplazado ex profeso a tomar un café con nosotros. Allí, en una espléndida terraza, olisqueando el humo de los cigarros que consumían Luis y Elías y saboreando las postreras copichuelas en un ambiente distendido, grato y fresquito, hemos despedido el cónclave entre abrazos y plácemes, como siempre.

Acabaré reiterando lo que sabéis de sobra. Más allá del irrepetible anecdotario que distingue a cada una de las convocatorias, lo que me impulsa a escribir estas crónicas no es otra cosa que la humilde aspiración de preservar mínimamente, a través de ellas, el inmarcesible caudal de afecto que liberamos en estos preciados encuentros de amigos. Amigos que sabemos a ciencia cierta que da igual que hayan transcurrido dos semanas o tres años desde que compartimos la última cerveza o el penúltimo café; que sabemos que estamos incondicionalmente todos; que sabemos que vamos a seguir respetando los tiempos, las ausencias y las presencias, las miradas, las palabras y los silencios… el amor, en suma, que sentimos y compartimos. Sabéis que estuve y estoy porque decidí estar; y que aquí estaré, pese a vosotros o a mí mismo. Porque, al final, de quereres va la vida: de querer querer, de querer estar, de querer ser, de querer dar y de querer recibir. Y yo, como vosotros, de querer, lo quiero todo.

Así que, según lo acordado, ya sabéis cuales son las próximas oportunidades que se nos ofrecen: a mediados de abril, en Muro; a finales de mayo, en Novelda; a finales de junio, en Alicante. Y en septiembre, en Aspe.

viernes, 9 de febrero de 2018

Tómbola de caridad

Busco alguna explicación y no la encuentro. Desconozco por qué hoy, ocho de febrero, casi sesenta años después, viene a mi mente, nítidamente, la imagen de la Tómbola Valenciana de la Caridad, una especie de lugar “sacro-laico” al que concurríamos mi madre, mi hermana y yo cada vez que viajábamos a la capital para visitar a algún médico, porque jamás fuimos allí para otra cosa. Quizá deba darle la razón a Juan Marsé y a Luis Landero cuando aseguran que la infancia es para muchos una fuente de inspiración. Verdaderamente, ¿quién no guarda innumerables recuerdos de una etapa tan determinante de la vida? Algunos pertenecen a la memoria consciente, y otros muchos llenan la memoria inconsciente. Olores, sabores, sonidos, visiones, experiencias… Asombro es, tal vez, la palabra que mejor define esa primigenia percepción del mundo que en ese momento evolutivo se nos ofrece esencialmente ignoto. Parece estar ahí, esperando a que lo descubramos. Cada vez tengo menos dudas de que somos quienes somos porque fuimos los niños y niñas que fuimos. La infancia, como dice Landero, es para siempre. Yo también lo percibo así.

Recuerdo, por seguir con el ejemplo, los viejos paseos por el entorno de la Plaza de la Virgen, cuando mis inofensivos y fascinados ojos miraban la basílica de la Mare de Déu dels Desemparats, la Seu, el Micalet, el palacio arzobispal… Por cierto, este último, un horror de arquitectura folklórico-franquista –según aprecio que hice años después– característica de los años del nacionalcatolicismo, que tantas desdichas incitó y provocó en el urbanismo y en la educación de la capital del Regne, y en casi todos los lugares del país.

Precisamente el actual ocupante de la sede arzobispal, uno de los cuatro o cinco obispos valencianos que han detentado semejante privilegio en los seiscientos años transcurridos desde la institución del arzobispado en tiempos de los Borgia, parece la mar de satisfecho prolongando la inquebrantable coherencia ultraconservadora que refrenda la historia de tan magna católica, apostólica y romana corporación. Una sede, la valenciana, a la que dieron enjundia y solera sus tres primeros arzobispos: César Borja, hijo de papa, y sus dos primos Joan de Borja y Pere Lluís de Borja, cardenales. Un ejemplo paradigmático del nepotismo y el clientelismo imperante en los años en que alboreaba la Edad Moderna, cuando todavía no se habían cuestionado de verdad las mejores prácticas feudales.

Con don Alfonso de Borja, obispo de Valencia, posteriormente conocido con el nombre de Calixto III, arranca el origen de la familia que con el tiempo se revestiría de los más preclaros timbres de nobleza, de poder y de influencia, enlazándose con príncipes, magnates reales y próceres del más rancio linaje nacional y extranjero, dando pábulo a las leyendas más delirantes, haciendo correr ríos de tinta y dejando para la posteridad un patrimonio material envidiable. Un debut, todo hay que decirlo, sin seguidores, porque de los más de cuarenta arzobispos que han sido designados tras él, hasta hoy, apenas media docena son valencianos. Históricamente, los arzobispos valentinos han sido metódicamente castellanos, fieles servidores del monarca o del dictador de turno.

Dando un inevitable salto histórico, para no hacerme excesivamente pesado, me transporto a los años cuarenta del pasado siglo. En 1946, es nombrado arzobispo de la diócesis Marcelino Olaechea y Loizaga, franquista y vasco. Apenas un año después de su toma de posesión crea un banco y un patronato, naturalmente bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados, para la construcción de viviendas “higiénicas”, de renta reducida, que debían acoger a parte de la multitud de emigrantes que llegaban a la ciudad. Una decisión que secunda, con siglo y medio de retraso, los esfuerzos de los higienistas decimonónicos por facilitar el cambio de los hábitos y las condiciones materiales de vida de los obreros en aquellos pretéritos tiempos de la revolución industrial, que tan esquiva resultó a este país. El hacinamiento y el caos urbanístico que vivieron las ciudades industriales en la primera mitad del siglo XIX, encontraban ahora su réplica en una ciudad, tradicionalmente agrícola, que amparaba una legión de inmigrantes que le hacía crecer a un ritmo mucho más rápido que la construcción de viviendas. De ahí que, en 1948, el Patronato levantase los primeros grupos en Tendetes y Patraix, y un año después en Benicalap. En 1951 ve la luz el proyecto estrella de don Marcelino, como no, el barrio de San Marcelino, que con 530 viviendas fue el grupo más grande de cuantos construyó el Patronato. El dinero para llevar a cabo estos proyectos lo consigue, presuntamente, con la famosa tómbola, que funda en 1948 e instala en la plaza de la Reina, y por la que se le empezó a conocer como el arzobispo tombolero, trocándose popularmente sus apellidos en “tombolaechea” y “dinerolohaga”. Le sucedió otro obispo franquista y navarro, García Lahiguera. En fin, salvando algún buen hombre, como Roca Cabanilles, lo de la diócesis valentina es históricamente memorable.

Más allá de este excurso que, la verdad, no sé por qué lo he emprendido, me pregunto: ¿qué pensaríamos aquellas paupérrimas criaturas cuando visualizábamos, asombrados, un conjunto monumental tan portentoso como el que acoge la diócesis valentina? ¿Qué pensaría mi madre cuando decidía comprar aquellos boletos de la tómbola episcopal? Daría cualquier cosa por poder preguntárselo.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Seducción

Una de las máximas aspiraciones de cualquier ser humano es gustar a los demás. Tan es así que ese anhelo lleva a algunas personas a intentar conseguir por cualquier medio que todo el mundo ansíe su amistad, su compañía, su cuerpo, su inteligencia o cualquier otro de sus atributos y/o habilidades. Ciertamente, quienes logran cosechar fama por méritos propios consiguen tales indulgencias, que suelen ir aparejadas con el hecho de ser conocidos por gestas o particularidades que los hacen populares. Pero no es menos cierto que muy pocos son quienes alcanzan la gloria. De modo que la inmensa mayoría de los mortales estamos predestinados a engrosar el descomunal ejército de los buscadores del minuto o trocito de gloria. Una quimera en la que algunos empeñamos casi lo que sea. Incluso vendemos nuestras vergüenzas a cualquier postor y/o, lo que es peor, las exhibimos pública y descarnadamente.

La semana pasada estuvimos en tierras extremeñas, participando en uno de los viajes del IMSERSO. La base de operaciones radicaba en Mérida, la insigne ciudad erigida sobre la colonia Iulia Augusta Emerita, que fundó, por encargo de Augusto, Publio Carisio con objeto de asentar en ella a los soldados licenciados (eméritos) de las legiones X Gemina y V Alaudae, excombatientes de las guerras cántabras. Entre la infinidad de restos arqueológicos, espacios históricos, museos y, ¿por qué no decirlo?, bares y restaurantes donde delectar el paladar con chacinas y caldos de la Ribera del Guadiana, una anécdota contingente, que alude a un viejo vecino de la ciudad, sedujo mi interés. La narración no es otra cosa que el relato de la biografía, inequívocamente legendaria, de un atleta poco conocido que, sin embargo, ocupa por derecho propio un espacio merecidísimo en el olimpo de los deportistas más admirados y ricos de la historia. Su nombre: Cayo Apuleyo Diocles.

Diocles fue un auriga hispanorromano, natural de la provincia de Lusitania, al que cabe el honor de ser el más notable del Mundo Antiguo en su especialidad. El celebérrimo Antonio García Bellido lo etiquetó como el "héroe de las muchedumbres más apasionadas, ídolo de un pueblo que cifraba su felicidad en estas dos solas palabras: panem et circenses”. Su carrera deportiva fue inusualmente larga, alcanzando los veinticuatro años, cuando la mayoría de sus adversarios morían o quedaban desahuciados mucho antes por la frecuencia de los accidentes. Cuando tenía dieciocho, probablemente tras imponerse en competiciones locales, que ya eran de primer nivel, emigró a Roma. Allí las “escuderías” del momento se denominaban “facciones”, con seguidores tan fanáticos como los actuales hooligans.

Según consta en el testimonio epigráfico más importante que existe sobre las carreras de carros, cuyo original se ha perdido –y, por tanto, solo se conocen los detalles que menciono a través de copias–, Diocles comenzó a correr a los 18 años por la facción blanca, cambiando a la verde a los 24 y, finalmente, a la roja a los 27, donde siguió corriendo hasta retirarse a los 42 años, una edad muy excepcional. Compitió en 4.257 carreras y obtuvo 1.462 victorias, quedando en segundo o tercer puesto en otras 1.438 carreras. Su porcentaje de triunfos es superior al 34 %. Unos registros estratosféricos que prácticamente nadie alcanzó. Bien es verdad que, como hacía M. Schumacher con los bólidos de Ferrari, conducía seleccionadas colleras de caballos lusitanos, que se dice que eran los mejores del momento. Debió ser así porque la tradición asegura que a las yeguas lusitanas las engendraba el viento. Algunos de ellos fueron tan famosos que sus nombres estaban en boca de los aficionados. Es el caso de Cotino, Gálate, Abigeio, Lúcido o Pompeyano, ancestros reputadísimos de Northern Dancer, Secretariat, Phar-Lap, Sea Bird, Man o'War, Citation, Nijinsky o Spectacular Bid, todos purasangres que se adueñaron de los hipódromos a lo largo del último siglo.

Esta semana se inició con la celebración de la 52 edición de la Super Bowl (partido final del campeonato profesional de fútbol americano), el mayor evento deportivo que existe en el mundo actual, que aúna los ingredientes que caracterizan el deporte de alta competición: espectáculo, polémica, pasión… dinero; en suma, deporte y capitalismo, o viceversa. Un show metadeportivo que disputaron los New England Patriots y los Philadelphia Eagle, cuya victoria final se apuntaron los últimos contra pronóstico. Las cifras que mueve el evento marean: 120 millones de espectadores solo en EE.UU y más de 200 cadenas de todo el mundo retransmitiendo el partido, que agregan 100 millones de espectadores adicionales. El dinero que concita la Super Bowl es descomunal. Los Eagles, dueños del Vince Lombardi 2018 (trofeo de la competición), recibirán un premio de 112 mil dólares por cada jugador, que para los de los Patriots será de 56.000. A estas cantidades hay que sumar los 79 mil dólares que ambos equipos consiguieron al vencer en los dos partidos de playoffs de sus respectivas conferencias. Una fortuna que, como otras, tiene eco en la revista Forbes, que desde la neoyorkina Quinta Avenida publica anualmente, desde 1986, su lista de las personas más ricas del mundo. Según ella, en el ámbito del deporte, los cracks mejor pagados en 2017 fueron Ronaldo (93 millones de dólares), LeBron James (86), Messi (80), Federer (64) y Kevin Durand (60,6). Es decir, dos futbolistas, dos jugadores de baloncesto y un tenista.

Pues bien, estas descomunales ganancias, cuya magnitud supera mi capacidad de apreciación, apenas son nada comparadas con la fortuna que amasó el amigo Diocles. Según los cálculos que ha realizado el investigador Peter Struck, profesor de Estudios Clásicos en la Universidad de Pensilvania, ganó a lo largo de su carrera 35.863.120 sestercios –el equivalente a 15.000 millones de dólares–, cifra lejos del alcance de cualquiera de los megacraks mencionados que, por otro lado, está acreditada en la inscripción monumental que le dedicaron sus admiradores y compañeros de profesión cuando murió.

Y es que alrededor de este auriga se creó una aureola gracias a la cual sus ingresos económicos se multiplicaron. De su fortuna solo tenemos noticia de las rentas consolidadas por las carreras ganadas. Pero no todo acababa ahí. Debe tenerse en cuenta que el merchandising de la época en torno a gladiadores y aurigas incluía todo tipo de objetos: lámparas de aceite con la efigie del deportista, que se vendían en mercados y en los propios eventos; mosaicos conmemorativos equivalentes a los posters actuales; estelas; estatuillas... Incluso los nombres de los caballos se incluían en estos elementos. Para hacernos una idea de cómo eran las cosas, baste recordar que el emperador Calígula nombró cónsul a su caballo favorito, Incitatus. Así pues, ya entonces la capacidad de movilización de fans y seguidores generaba importantes ingresos adicionales a los premios, lo mismo que lo hacían las apuestas y el material promocional de los deportistas, que es fácilmente reconocible en los yacimientos de la época.

Nihil novum sub sole. Al final del camino, tutto cambia perché nulla cambi: imperio, panem et circenses, merchandising... El cinismo de los que siempre prefieren las cosas a las personas, como Lampedusa. Puestos en este trance, me seduce mucho más la versión atlética, original y analógica, encarnada por Diocles, que la de sus remedos tecnologizados de la era de globalización.

lunes, 5 de febrero de 2018

La educación, materia opinable

Escribir, lo mismo es un vicio incontinente, una quimera que te absorbe y te seduce, que una costumbre fugitiva, corroída por la pereza e invadida por el olvido de la cotidianidad, o presa de ambas cosas, a poco que te descuides. No sé exactamente cuánto, pero seguramente hará alrededor de un mes que no he cogido el lapicero para completar una línea de este blog. Cuatro semanas de ayuno expresivo condicionado por otros menesteres que, aunque estaban relativamente previstos, han terminado ocupándome más de lo que hubiese deseado. Menos mal que una noticia aislada, que leí el pasado viernes en el diario Hoy, de Extremadura, me rescata de esa alargada apatía. Aquello a lo que me refiero no es asunto novedoso. Es más, en los medios de comunicación suelen aparecer opiniones equiparables a las que relataré, de la misma manera que recogen cada cierto tiempo interesadas –y casi siempre desafortunadas– declaraciones de políticos insidiosos, que aprovechan cualquier coyuntura para meter cizaña y trabajar en la dirección que no debieran.

El titular del artículo al que aludía, rezaba del siguiente modo: “Santa Amalia no quiere ser Helsinki”. Hablamos de un municipio pacense de la vega del Guadiana, próximo a Don Benito. La entradilla subrayaba: Madres de alumnos del colegio público de Santa Amalia exigen a Educación que modifique la enseñanza ‘a la finlandesa’ que se imparte de 3 a 6 años”. Despieces y textos de apoyo recogían entrecomilladas algunas opiniones de las madres que sostenían opiniones categóricas sobre la metodología escolar: “Le tuve tres meses y le saqué del colegio porque no me gustaba el método; mi hijo, como los demás, estaba al libre albedrío”, señalaba una. Otra aseguraba que su hija “perdió lo que llevaba aprendido de la guardería cuando llegó a este centro, el único que hay en el pueblo.” Incluso una tercera apostillaba: “He matriculado directamente a mi hijo en un colegio de una localidad cercana; no respaldo un método en el que el niño hace lo que le apetece en cada momento”.

El colegio público Amalia de Sajonia es un centro educativo con 400 alumnos de E. Infantil y E. Primaria, de los que un centenar tiene edades entre 3 y 6 años. Por lo que se dice en el reportaje, desde hace casi una década, el centro desarrolla un proyecto educativo innovador, rotulado “Aprendiendo a ser yo mism@”. Se trata de una propuesta de inspiración finlandesa, basada en el modelo constructivista del aprendizaje, que pretende ser una réplica de las exitosas prácticas educativas de aquel país, y que esencialmente consiste en “educar al ser humano en su totalidad, estando a su lado cuando nos necesita, pero dejándole libre para ser”. Las seis profesoras responsables de materializarlo argumentan que han optado por él después de años de experiencia, de formación y de continua renovación pedagógica. Han transformado las aulas en espacios abiertos y su función docente ha permutado la directividad por el acompañamiento. De modo que en el colegio no existen clases por niveles, los alumnos se mueven con total libertad y cumpliendo unas normas claras por los seis espacios que han preparado con los recursos materiales y humanos disponibles. Seis son, pues, los entornos en los que se trabajan otros tantos ámbitos formativos: Lengua, Actividades Multisensoriales, Ciencias y Experiencias, Plástica, Psicomotricidad y Música, así como un espacio de Juego Simbólico.

Las mamás de los pequeños aseguran que no rechazan la metodología constructivista, sino cómo la aplica el colegio. Consideran que es una forma de enseñanza que no es segura para sus hijos, “dado que con el sistema de aulas abiertas todos los niños se encuentran simultáneamente al cuidado de todas las profesoras a la vez”, de tal modo que ninguna está pendiente de un grupo concreto. “Esto hace que cuando vas a preguntar a la tutora por tu hijo, pueda decirte poco”. Apostillan, además, que al permitir que los niños estén en cada momento de la jornada lectiva en el lugar que les apetezca, “algunos pasan prácticamente todas las mañanas fuera de las aulas”. Más allá de la seguridad, entienden que es preciso que se les motive para que inicien el aprendizaje. En su opinión, deberían comenzar el conocimiento de los números y las letras, aproximarse a la lectura y a la escritura, ya que afirman que “se pueden pasar tranquilamente los tres cursos de Infantil sin coger un lápiz”.

Estoy seguro de que algunos que lean lo que escribo recordarán episodios similares vividos en otros tiempos y lugares. Y aunque resulte redundante, conviene evocar lo que hace pocos días decía la maestra, escritora y académica Carme Miquel en el diario Levante, que no es otra cosa que el prontuario que todo maestro o maestra que se precie tiene siempre en su memoria. En ese vademécum se recoge categóricamente que ser maestro requiere capacidad y técnica para poner al alcance de los alumnos los conocimientos científicos y humanísticos, valorando las aportaciones de todos los pueblos y culturas, empezando por los propios. También exige ocuparse de desarrollar al máximo sus capacidades intelectuales y físicas proporcionándoles mecanismos para vivir y convivir de manera óptima. Demanda, además, ensanchar su creatividad y racionalidad, transmitirles una cultura de paz y de defensa de los derechos humanos y educarles en la solidaridad y en la cooperación. Exige fomentar en los niños y muchachos actitudes de respecto al territorio, habituándolos a tener conciencia y saber tomar medidas para revertir los problemas ecológicos que amenazan el planeta.  Ser maestro o maestra preceptúa favorecer en ellos el sentido crítico, la capacidad de discernir, de pensar libremente y de decidir, obviando las presiones sociales inconvenientes.

Todo ello hace del magisterio un oficio ilusionante y digno, pero también enormemente complejo. La inmensa mayoría de los profesionales son personas conscientes, rigurosas y  comprometidas en sacar adelante un empresa con infinitas aristas y enormes dificultades. Muchas veces deben navegar contracorriente, combatiendo con valentía y determinación las exigencias torticeras de grupos de presión y conglomerados sociales que fomentan la competitividad, la irracionalidad, la vulgarización y la banalización de aspectos importantes de la vida. La educación de las personas que habitan un país necesita el apoyo del conjunto de la sociedad. Utilizar el mundo educativo para hacer demagogia, fracturar la convivencia o generar malestar y desconfianza hacia los maestros, sembrando infundios y espoleando a los padres para que actúen como inspectores sin cualificación de la tarea educativa, además de ser indigno y manipulador, es extremadamente pernicioso para la formación de los futuros ciudadanos. Una sociedad moderna jamás se asienta sobre la intolerancia, la manipulación o el sectarismo.

Si las madres de los alumnos de Santa Amalia conociesen mínimamente los rudimentos del trabajo que desarrollan las maestras y los maestros, estoy seguro que tendrían opiniones diferentes de las que traslada el artículo de referencia. Nunca es tarde para aprender, únicamente se requiere actitud y voluntad para hacerlo.

martes, 2 de enero de 2018

Paradojas (2)

Hace años leí un reportaje encabezado por un larguísimo titular que, más o menos, rezaba: “Un pueblo de Almería logra un record Guiness al conseguir reunir en una playa cerca de mil personas para un baño comunitario ‘en pelotas’, batiendo la marca alcanzada anteriormente por una ciudad australiana”. En él se contaba que su ufano alcalde se mostraba orgulloso de semejante hazaña, inmortalizada por las sobrecogedoras fotografías que incluía mostrando supongo que sin premeditación los estragos que el paso del tiempo perpetra sobre las humanas morfologías: barrigas cerveceras, celulitis desorbitadas, lorzas gigantescas, colgajos y desperfectos; en fin, demasías todas, que sugerían más un cuadro hiperrrealista del infierno dantesco que los ‘flashazos’ de una jornada festiva protagonizada por alegres naturistas. Este carpetovetónico país nos tiene acostumbrados a estas desinhibidas frivolidades y desparpajos que, por otra parte, caracterizan una aparente ‘modernor’ que nos otorga, por mérito propio, posiciones privilegiadas en los rankings del disparate y nos relega de otros prestigiosos inventarios políticos, económicos, culturales o educativos. 

Por otro lado, no es menos cierto que este reino de panoplia y pamplina, o de pandereta y peineta –como se prefiera–, patrimonializa enormes incongruencias. Las “naturalidades” mencionadas conviven y contrastan con constricciones anacrónicas, que perviven sorprendentemente y hasta se enaltecen escandalosamente. Un ejemplo de ello es una enigmática y casi perdida  tradición, que se ha convertido en emblema del pueblo gaditano de Vejer.

Monumento a la cobijada. Vejer de la Frontera.
Como es archisabido, el Romanticismo puso de moda el tema morisco en la literatura europea, haciendo de España el país depositario de aquella histórica herencia. Varios fueron los viajeros que, en el segundo tercio del siglo XIX, recorrieron las regiones sureñas en busca de la huella árabe, como lo hizo Richard Ford, en 1832. En su Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa describe su recorrido por los pueblos de la comarca de La Janda. En él comenta que desde una de las fondas en las que se alojaba divisó Vejer, que se le ofrecía como “el espejo mismo de una ciudad mora, escalando penosamente una empinada eminencia”. A a su paso por Tarifa dice literalmente que admiró a sus mujeres “proverbiales por su gracia y meneo” y “su manera curiosa y oriental de llevar la mantilla”. Asegura que en Marchena contempló “cobijadas” similares, vistiendo esa curiosa prenda a la usanza mora que, según él, “consiste en no mostrar más que un ojo; que, sin embargo, punza y penetra, emerge del velo oscuro como una estrella, y la belleza se concentra en un solo foco de luz y significado”.

Ford se refiere en su relato al traje de “cobijá”, como se le conoce popularmente por estas tierras, compuesto por unas enaguas blancas con tiras bordadas, una blusa del mismo color adornada con encajes, una saya negra sujeta a la cintura, a la que le sobresale el encaje bordado de las enaguas; y un manto negro, fruncido con un forro de seda, que cubre a la mujer totalmente, excepto un ojo que queda al descubierto.

Diferentes fuentes documentales, consultadas por antropólogos y etnólogos, confirman que el genuino y turbador atuendo que compone el cobijado de la mujer de Vejer es una pervivencia del traje castellano de manto y saya, que los conquistadores debieron exportar a Andalucía a finales del siglo XIII y principios del XIV. Al contrario que el jaique, con el que se ha querido comparar, que es un lienzo único e inconsútil, las cobijadas visten un atavío más alambicado, cuyo uso se prohibió definitivamente en 1931, tras múltiples intentos anteriores. Una prohibición que pretendía eliminar el uso de prendas que disfrazaban la identidad y facilitaban el trasiego de armas. Después de la Guerra Civil hubo amagos para recuperar la cobijada, pero la penuria posbélica había hecho que la mayoría de esos trajes se reutilizasen para confeccionar prendas masculinas y ropa de cama. No obstante, todavía se conservan algunas cobijadas originales, como la que custodia el Museo del Traje de Madrid. Curiosamente, en 1976, se recuperó la tradición y actualmente se utiliza en las fiestas patronales de Vejer, que se celebran del 10 al 24 de agosto.

Dios me aparte de la tentación de cuestionar las inveteradas costumbres de nadie, y mucho menos de las de las vejeriegas. Lejos de mi ánimo objetar los usos y tradiciones de un histórico y reputado municipio en cuyas aguas se disputó la batalla de Trafalgar y que acogió pedanías como Barbate o Zahara de los Atunes, hoy afamadas y autónomas municipalidades. Pero, a fuer de sincero, diré no me gusta la cobijá, como no me gusta el burka, el niqab, el chador o el burkini. Me desagrada que tales prendas sean privativas de las mujeres. Si utilizarlas tiene algún fundamento o recomendación ecológica o fisiológica, no concibo que no se busquen soluciones parejas para la indumentaria masculina.

De modo que, hoy por hoy, me hiere la vista contemplar a las mujeres con burkini en playas y piscinas mientras, simultáneamente, observo a sus maridos, hijos, padres y hermanos tomando el sol y bañándose desenfadadamente luciendo sus 'meybas'. Me agobia y abruma, especialmente en verano, ver en las calles a gentes con burkas, niqabs o cobijadas. Me cabrea leer comentarios hipermachistas, como el recogido en el meritado texto de Richard Ford, cuando refiere que “después de los toros, lo más peligroso eran estas tapadas”. Y es que, al decir de Quevedo –otro que tal, añado– “tras la apariencia austera y grave del traje de manto y saya, las cobijadas podían mostrar y a su capricho –faltaría más– todas las excelencias femeninas”.

En fin, puestos a elegir, pues la verdad, prefiero el despelote almeriense, ¿para qué disimular?

domingo, 31 de diciembre de 2017

Cool

Inmemorialmente, hoy, como cada día, asistimos a la gran eclosión de la vida. Gracias a la vida, proclamó justamente la inmortal Violeta del Carmen Parra Sandoval. La vida que siempre sorprende con su imparable curso, a veces participado por las personas y a veces por otros seres y fenómenos. Todos, en suma, simultánea o secuencialmente, protagonistas fortuitos de los acontecimientos aleatorios que construyen la historia.

La Real Academia sigue displicentemente ajena a ese imparable fluir. Persiste en su renuencia a ‘sacralizar’ la vitalidad inabarcable de los códigos que acordamos los hablantes. Pese a lo imparable de la globalización o la abrumadora presencia de la digitalidad. Pese a que el lenguaje, los medios que utilizamos las personas para comunicarnos, sea el mejor reflejo de la trayectoria de nuestras vidas porque las retrata fielmente, a veces con sutileza, otras descarnadamente. Lo hace especialmente el léxico común, al que los próceres y académicos suelen regatear el lugar que, justamente por tal motivo, debiera ocupar en el parnaso de las palabras.

Mientras vivimos echamos mano de lo que sabemos, inventamos y compartimos; construimos nuevos significados. Unas veces con motivación y sentido; otras llevados del esnobismo más frívolo. En todo caso, ahí estamos, unos y otros, vivitos y coleando: transcendentales o superficiales; snobs o castizos; corrientitos o extravagantes. Todos habitantes de la plaza pública, usuarios de las novísimas ágoras sociales, visitantes circunstanciales de mentideros y alcaicerías. Generando léxico, construyendo significados.

La página electrónica del DRAE proclama que el formato digital del Diccionario incorporó, en marzo de 2012, la quinta actualización desde su publicación en 2001, adicionando 1697 modificaciones aprobadas por la Academia desde septiembre de 2007 hasta diciembre de 2011. La semana pasada, sin ir más lejos, el Diccionario incorporó otras 3.345 modificaciones, que incluyen palabras y acepciones nuevas, matizaciones y supresiones de términos en desuso. Por fin, evitando traicionar su trayectoria, la institución decidió considerar vocablos muy extendidos y de plena actualidad. Entre ellos, posverdad, definida como la "distorsión deliberada de una realidad" con el fin de influir en la opinión pública, y atribuida a menudo al presidente estadounidense Donald Trump o a la campaña del Brexit. O chusmear, palabra que alude a quienes hablan "con indiscreción o malicia de alguien o de sus asuntos". También espadón, como manera coloquial de referirse a un militar golpista.

Los nuevos cambios incluyen la anexión al léxico español de extranjerismos procedentes de varias lenguas. Del inglés (a estas alturas) se adopta fair play (juego limpio), cracker (los que vulneran sistemas de seguridad informáticos) o container (en las acepciones de contenedor y de barco destinado al transporte de mercancías en contenedores), y se añade también el verbo clicar. Del árabe se toman sharía (la "ley religiosa islámica reguladora de todos los aspectos públicos y privados de la vida"), umma (la comunidad de creyentes del islam), halal, el término empleado para designar la comida apta para consumo de musulmanes observantes, y hummus, la crema de garbanzos tan popular en Oriente Medio.

Se admiten términos como el neologismo postureo, esa "actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción". O buenismo, vocablo despectivo muy extendido en política y reservado a quien ante un conflicto "cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia". Y, entre las curiosidades o extravagancias, como se prefiera, figuran dos términos de etimología griega como aporofobia, o miedo al pobre, y amusia, definida como la "incapacidad de reconocer o reproducir tonos o ritmos musicales".

Nada tengo contra las adiciones acordadas, que me parecen pertinentes y juiciosas. Sin embargo, creo que se olvida un término que hace tiempo que debió sumarse a este particular falansterio de las palabras, el extranjerismo “cool”. Porque en el léxico común Maddona es cool y Lady Gaga no lo es tanto, por la misma razón que Marlon Brando es más cool que James Dean y ambos lo fueron más que George Cloony o Al Pacino. Y, obviamente, no estoy hablando de “lo último de lo último”

Cool (“frío”, según los viejos diccionarios), debe su actual acepción al legendario saxofonista de jazz Lester Young, que en la década de 1940 dio un giro radical al término cuando dijo: “I am cool”. Expresaba de ese modo que se encontraba relajado y que tenía la situación bajo control. Para que nos situemos, recordaré que Young fue el primer artista que actuó de noche en un escenario llevando gafas de sol.

Hoy, este adjetivo eclosionado en la escena cultural estadounidense (ya se sabe que hace años que el viento solo sopla del oeste), es sinónimo de un estado mental equilibrado, un comportamiento dinámico y un cierto estoicismo estilístico. Una persona “cool” es aquella que contesta las normas establecidas con un estilo personal, aparentando tener la situación bajo control. Es una especie de “rebelde con éxito”, una heroína o un héroe “a la última”. Gente que tiene un poder icónico instantáneo, que trasluce una visión artística original que materializa con un estilo personal, y que deja un cierto legado artístico con el que se identifica una particular generación.

Sin ir más lejos, en este país tenemos ahora mismo una artista que proclama ser una super cool. Se llama Laura Durand (https://www.youtube.com/watch?v=SYZCqaqt1zo). Tal vez deba esperar algún tiempo para que su propia generación le aúpe al lugar cool que le corresponda. Hago votos porque no acabe en el freezer. ¿Quién sabe?