jueves, 11 de agosto de 2016

Tristeza

Se dice que casi todo el mundo cree saber qué son las emociones, aunque lo cierto es que tal certeza es una mera suposición, que deja de tener sentido en el preciso instante en que se pide a alguien que las defina. Justo en ese momento, quienes son sinceros reconocen que no saben casi nada de ellas. Cosa que, por otro lado, no es algo excepcional porque en el ámbito de la Psicología, la disciplina a la que corresponde específicamente su estudio, el área emocional es una de las que adolecen de un corpus de conocimiento de escasa solidez.

Comúnmente, se acepta que lo emocional es un espacio (?) difícil de investigar. Tal vez por ello escasean en ese ámbito los estudios sistemáticos y están poco definidas las metodologías. De ahí que sea complicado hallar definiciones y clasificaciones de las emociones, que respondan rigurosamente a las dimensiones que las individualizan. Pese a ello, existe cierto acuerdo en que una característica que las singulariza es el agrado o el desagrado que producen. La emoción siempre tiene una connotación de placer o displacer; ese vínculo es un rasgo diferencial que la distingue de otras variables psicológicas. Así pues, en general, se acepta que una emoción es una experiencia afectiva que conlleva para quienes la sienten una percepción agradable o desagradable, produciendo placer o displacer. Incluso algunos autores aseguran que las emociones tienen funciones que les confieren utilidades únicas. Consideran, por ejemplo, que las denominadas emociones básicas (el miedo, la ira, la alegría, la tristeza, la confianza, el asco, la anticipación y la sorpresa) contribuyen a asegurar nuestra adaptación social y a facilitar el propio equilibrio personal.

Esta dilatada introducción no tiene otro objeto que servir de preámbulo a algunas reflexiones bienintencionadas, sin otra peregrina e injustificada intención que contribuir a atemperar el estado anímico que embarga a uno de mis mejores amigos: la tristeza. Hace días que se siente triste, afligido, apesadumbrado, melancólico. Preso de un cierto dolor moral, que parece deprimir sus afectos. Algo tan novedoso en él, como paradójicamente cercano.

Hace siglos que las páginas de la vida y de la literatura están repletas de tristezas. Existe una vetusta tendencia a subrayar lo problemático, lo que produce displacer, porque lo positivo, la felicidad, apenas tiene interés social. Las emociones negativas originan mayores sentimientos de empatía que las placenteras. Tendemos a despreocuparnos de lo que es normal y a centrarnos en lo atípico, que es lo que necesita y debe ser comprendido y explicado. Se ha impuesto, definitivamente, una corriente cultural que minusvalora el interés, la riqueza intelectual y la hondura moral de las personas que expresan su alegría, que comparten su afición por la vida, que publicitan las habilidades con que la disfrutan. Contrariamente, reconocidos autores han compuesto algunas de sus mejores páginas ahondando en sentimientos importunos como el miedo, la tristeza, el abandono, la soledad, el desamor, el fracaso, la vergüenza, la rabia o la culpa. Sentimientos que, por otro lado, todos identificamos porque los hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas.

Las definiciones de tristeza atienden a menudo a las situaciones particulares; por ello, los estados mentales que corresponden a las personas tristes son variopintos. Mientras unos la describen como algo parecido a no encontrar sentido a la vida, otros aseguran que se trata de un sentimiento que hace pensar y reflexionar sobre las cosas más preocupantes. Hay quienes ven la tristeza como algo vinculado a cualquier problema personal, y terceros que la conciben como una sensación de vacío interior, que no se consigue llenar hasta que se supera. Algunos la visualizan como una compañera que hace que tomemos conciencia de nosotros mismos y de los demás, proporcionándonos una visión de largo alcance que nos ayuda a reflexionar y a enfrentarnos a los problemas. Como puede imaginarse, hay otras muchas visiones de la tristeza, cada una con su particular acento.

Cualquiera que sea el concepto de tristeza que se adopte no debería conllevar la connotación negativa que generalmente se le atribuye, porque difícilmente se concibe la vida sin sufrimiento. Es poco discutible que la tristeza, en tanto que emoción básica primaria y recurso adaptativo y social, es un simple estado de ánimo. Estar triste no es estar enfermo, ni ser infeliz. La tristeza es algo normal y necesario, que limita nuestra actividad y nos induce indiferencia respecto a las cosas, es verdad, pero también nos permite experimentar facetas insólitas de la vida feliz, como intensificar la búsqueda y el autoconocimiento. De hecho, tratar de evitar radicalmente la tristeza puede ser más doloroso que sufrirla. Es más, si nos obstinamos en ello, probablemente vivamos atemorizados.

Le diría a mi amigo que las emociones son como señales de alerta sobre lo que nos está sucediendo, indicándonos que algo importante nos afecta significativamente o influencia nuestras relaciones sociales. Sin ellas sería imposible asegurar algo que es imprescindible: el necesario diálogo con nosotros mismos, con nuestro mundo interior y exterior. Le diría a mi amigo que la tristeza es algo normal, una emoción que provocan percepciones realistas y no distorsionadas de acontecimientos que conllevan pérdidas o decepciones. Y le diría, sobre todo, que es pasajera y que no merma la autoestima. Es verdad que cuesta disociarla del sufrimiento, pero debemos intentar que se convierta en un sentimiento saludable, ponderando en sus justos términos los elementos que la provocan, eludiendo dramatismos y catastrofismos. En esto, como en tantas otras cosas, lo importante no es el hecho que produce el desequilibrio o la desesperanza, sino el cómo uno lo vive.

Como corolario, sin pretensiones, le diría a mi amigo que sentir y entender la propia tristeza nos hace más poderosos y hasta puede ayudarnos a mejorar la autopercepción. Le diría, por encima de todo, ¡ánimo, amigo!

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