sábado, 21 de enero de 2017

Adjetivar.

¿Alguien puede creer que una persona sensata pase sin dormir una noche entera buscando un adjetivo? Pues dicen que Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, lo hacía; aseguran que escudriñaba incansablemente en los diccionarios y en su memoria “le mot juste”, la palabra exacta, para acoplarla a sus personales relatos literarios. Otra extravagancia de gente desocupada y despreocupada, con largo patrimonio y abundantes rentas que disfrutar, es lo primero que se te ocurre pensar. Al menos, eso creía yo. Pero la cosa tiene bastante más miga.

Desde hace algún tiempo me interesan los adjetivos, especialmente desde que leí un artículo sobre ellos en el blog de Jaime Fernández, periodista, escritor y autor de ensayos literarios, que desconozco. Por favor, no vaya a creerse que me preparo para ser  escritor o algo parecido. Ni aspiro a ello, ni muchísimo menos. Me parece algo tan difícil que ni me atrevo a intentarlo. De hecho, me sorprende relativamente un fenómeno habitual en los últimos tiempos, cual es la capacidad que tienen algunos jóvenes para escribir centenares, miles de páginas, con las que conforman largas sagas de novelas exitosas. Me asombra que personas con tan corta experiencia vital atesoren tamaña capacidad de inventar y/o recrear relatos históricos o ficticios. Pero, bueno, eso es harina de otro costal.

Por lo que he podido averiguar, adjetivar es una de las recurrentes preocupaciones de los escritores. Tan es así que Azorín, por ejemplo, dijo en cierta ocasión que la literatura está en el adjetivo. Opinión que comparten otros, como Josep Pla, que aseguraba que el gran problema de la literatura es precisamente adjetivar las cosas. Y lo decía desde el convencimiento de que la forma es lo único que perdura en ella. Calificar con propiedad supone un arduo proceso, que se inicia cuando el escritor se acerca al objeto que pretende describir para analizarlo sin prisas y con detenimiento durante un cierto tiempo, y que completa a posteriori cuando se aleja de él para recordarlo y desentrañarlo. Porque el adjetivo se oculta en las entrañas del objeto y debe esclarecer su esencia desde la distancia que establece su memoria. Por tanto, podría decirse que lo auténticamente genuino de un creador es descubrir en los objetos atributos diferentes de los que han percibido y escrito otros anteriormente. Adjetivar con precisión no equivale a yuxtaponer muchos epítetos a un sustantivo sino a adjuntarle aquél que englobe el máximo número de ellos. O dicho de otro modo, antes que añadir un segundo adjetivo conviene estudiar la posibilidad de que sea absorbido por el primero.

Quienes escribimos y no somos escritores –también muchos que se supone que lo son, todo hay que decirlo– tenemos una debilidad casi invencible por el adjetivo, por utilizarlo excesiva e indiscriminadamente, desoyendo las sugerencias de quiénes saben de literatura.  Porque el adjetivo es una tentación que los escritores que pueden considerarse tales se reprimen constantemente, sabiendo que vale más una descripción sumaria que otra cargada de aquéllos, palabras escritas en caliente, que conviene dejar que se enfríen para podarlas y dejarlas en su justa medida. Es entonces, en el ejercicio retrospectivo, cuando el escritor toma conciencia de su relativa inutilidad, consciente de que tal vez lo único que realmente consigue el uso prolífico del adjetivo es aburrir a los lectores, abrumándolos con esa especie de tiniebla que pone ante sus ojos, que les hurta la posibilidad de recrear, de imaginar aquello que se ha escrito. Porque es indudable que una descripción sin adjetivos despierta más la imaginación del lector que otra saturada de ellos, que apenas le deja margen para interpretar el relato.

Desde otra perspectiva, el adjetivo puede considerarse como una especie de bisutería expresiva. Lo realmente literario es la contención y la elipsis. El amigo Flaubert lo reflejaba con la precisión que le caracteriza cuando aseguraba que “el talento de escribir no consiste sino en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En el estilo es como en la música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”.

Los consejos de los maestros en el arte de escribir apuntan hacia la austeridad, algo que no practico porque, además de no ser escritor, soy dado a la exuberancia y a la voluptuosidad. Alguien ha dicho que para cualquier cosa que se desee contar "existe una sola palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla”. Otros insisten en que el escritor debe buscar hasta dar con esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y no contentarse jamás con algo aproximado, recurriendo a supercherías y equilibrios lingüísticos que no significan otra cosa que huir de la dificultad. Azorín, Borges, Cortázar, Maupassant, etc. son partidarios de no cargar a un sustantivo con dos adjetivos si solo precisa de uno, porque ese innecesario emparejamiento no significa otra cosa que la esterilidad del pensamiento. En última instancia podríamos mencionar la recomendación del catedrático de Harvard Raimón Lira, maestro de Vargas Llosa, que insistía en sus clases en que “los adjetivos se han hecho para no usarlos”.

Por otro lado, Alejo Carpentier consideraba los adjetivos como "las arrugas del estilo". Decía que si se les otorgan dignidades y categorías se convierten en surcos que no anuncian otra cosa que la decrepitud. Según él, cada época tiene sus perecederos adjetivos, como tiene sus modas y sus chismes. En su opinión, los grandes estilos se caracterizan por la extrema parquedad en el uso del adjetivo, acotando privativamente algunos muy concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, que, en último término, son los preferidos por quienes redactaron obras como El Quijote o la Biblia.

Pese a todo, pienso, como otros, que no está mal adjetivar las cosas, especialmente si se hace con gracia e ingenio, porque ello supone ensayar una tentativa para construir un lenguaje propio, relativamente independiente del lenguaje común. El estado positivista que nos envuelve y abruma, en el que el apresuramiento y el parloteo priman en la comunicación, ha relegado decididamente el adjetivo porque choca con su tendencia uniformadora. Y ello no es lo peor, lo auténticamente preocupante es que no solo desaparecen los adjetivos en la interrelación sino que las personas pierden la facultad de observar con la más elemental atención.

De modo que confesaré que soy más como Pío Baroja. En mis pacatos escritos, ensarto los adjetivos "como burro que suelta pedos", pese a las recomendaciones de los próceres de la literatura. Ello no empece que comparta la opinión de quienes consideran que adjetivar bien debe ser una tarea precisa, inteligible y clara y, si es posible, graciosa. Vamos, algo que justifica liar y fumarse un cigarrillo mientras se toma la decisión de colocar un adjetivo antes o después del sustantivo.

Canetti desconfiaba de los adjetivos porque “albergan sentimientos”. Contrariamente, yo confío en ellos consciente de que, como él mismo decía, “siempre que me asaltan los adjetivos, me vuelvo ridículo”. Y es que, en suma, pienso que la clave está en lo que confesaba Bábel (una vez auto-reinterpretado): en la escritura lo esencial está “en espigar las palabras que son en primer lugar significativas, en segundo lugar sencillas y en tercer lugar hermosas”.

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