lunes, 5 de febrero de 2018

La educación, materia opinable

Escribir, lo mismo es un vicio incontinente, una quimera que te absorbe y te seduce, que una costumbre fugitiva, corroída por la pereza e invadida por el olvido de la cotidianidad, o presa de ambas cosas, a poco que te descuides. No sé exactamente cuánto, pero seguramente hará alrededor de un mes que no he cogido el lapicero para completar una línea de este blog. Cuatro semanas de ayuno expresivo condicionado por otros menesteres que, aunque estaban relativamente previstos, han terminado ocupándome más de lo que hubiese deseado. Menos mal que una noticia aislada, que leí el pasado viernes en el diario Hoy, de Extremadura, me rescata de esa alargada apatía. Aquello a lo que me refiero no es asunto novedoso. Es más, en los medios de comunicación suelen aparecer opiniones equiparables a las que relataré, de la misma manera que recogen cada cierto tiempo interesadas –y casi siempre desafortunadas– declaraciones de políticos insidiosos, que aprovechan cualquier coyuntura para meter cizaña y trabajar en la dirección que no debieran.

El titular del artículo al que aludía, rezaba del siguiente modo: “Santa Amalia no quiere ser Helsinki”. Hablamos de un municipio pacense de la vega del Guadiana, próximo a Don Benito. La entradilla subrayaba: Madres de alumnos del colegio público de Santa Amalia exigen a Educación que modifique la enseñanza ‘a la finlandesa’ que se imparte de 3 a 6 años”. Despieces y textos de apoyo recogían entrecomilladas algunas opiniones de las madres que sostenían opiniones categóricas sobre la metodología escolar: “Le tuve tres meses y le saqué del colegio porque no me gustaba el método; mi hijo, como los demás, estaba al libre albedrío”, señalaba una. Otra aseguraba que su hija “perdió lo que llevaba aprendido de la guardería cuando llegó a este centro, el único que hay en el pueblo.” Incluso una tercera apostillaba: “He matriculado directamente a mi hijo en un colegio de una localidad cercana; no respaldo un método en el que el niño hace lo que le apetece en cada momento”.

El colegio público Amalia de Sajonia es un centro educativo con 400 alumnos de E. Infantil y E. Primaria, de los que un centenar tiene edades entre 3 y 6 años. Por lo que se dice en el reportaje, desde hace casi una década, el centro desarrolla un proyecto educativo innovador, rotulado “Aprendiendo a ser yo mism@”. Se trata de una propuesta de inspiración finlandesa, basada en el modelo constructivista del aprendizaje, que pretende ser una réplica de las exitosas prácticas educativas de aquel país, y que esencialmente consiste en “educar al ser humano en su totalidad, estando a su lado cuando nos necesita, pero dejándole libre para ser”. Las seis profesoras responsables de materializarlo argumentan que han optado por él después de años de experiencia, de formación y de continua renovación pedagógica. Han transformado las aulas en espacios abiertos y su función docente ha permutado la directividad por el acompañamiento. De modo que en el colegio no existen clases por niveles, los alumnos se mueven con total libertad y cumpliendo unas normas claras por los seis espacios que han preparado con los recursos materiales y humanos disponibles. Seis son, pues, los entornos en los que se trabajan otros tantos ámbitos formativos: Lengua, Actividades Multisensoriales, Ciencias y Experiencias, Plástica, Psicomotricidad y Música, así como un espacio de Juego Simbólico.

Las mamás de los pequeños aseguran que no rechazan la metodología constructivista, sino cómo la aplica el colegio. Consideran que es una forma de enseñanza que no es segura para sus hijos, “dado que con el sistema de aulas abiertas todos los niños se encuentran simultáneamente al cuidado de todas las profesoras a la vez”, de tal modo que ninguna está pendiente de un grupo concreto. “Esto hace que cuando vas a preguntar a la tutora por tu hijo, pueda decirte poco”. Apostillan, además, que al permitir que los niños estén en cada momento de la jornada lectiva en el lugar que les apetezca, “algunos pasan prácticamente todas las mañanas fuera de las aulas”. Más allá de la seguridad, entienden que es preciso que se les motive para que inicien el aprendizaje. En su opinión, deberían comenzar el conocimiento de los números y las letras, aproximarse a la lectura y a la escritura, ya que afirman que “se pueden pasar tranquilamente los tres cursos de Infantil sin coger un lápiz”.

Estoy seguro de que algunos que lean lo que escribo recordarán episodios similares vividos en otros tiempos y lugares. Y aunque resulte redundante, conviene evocar lo que hace pocos días decía la maestra, escritora y académica Carme Miquel en el diario Levante, que no es otra cosa que el prontuario que todo maestro o maestra que se precie tiene siempre en su memoria. En ese vademécum se recoge categóricamente que ser maestro requiere capacidad y técnica para poner al alcance de los alumnos los conocimientos científicos y humanísticos, valorando las aportaciones de todos los pueblos y culturas, empezando por los propios. También exige ocuparse de desarrollar al máximo sus capacidades intelectuales y físicas proporcionándoles mecanismos para vivir y convivir de manera óptima. Demanda, además, ensanchar su creatividad y racionalidad, transmitirles una cultura de paz y de defensa de los derechos humanos y educarles en la solidaridad y en la cooperación. Exige fomentar en los niños y muchachos actitudes de respecto al territorio, habituándolos a tener conciencia y saber tomar medidas para revertir los problemas ecológicos que amenazan el planeta.  Ser maestro o maestra preceptúa favorecer en ellos el sentido crítico, la capacidad de discernir, de pensar libremente y de decidir, obviando las presiones sociales inconvenientes.

Todo ello hace del magisterio un oficio ilusionante y digno, pero también enormemente complejo. La inmensa mayoría de los profesionales son personas conscientes, rigurosas y  comprometidas en sacar adelante un empresa con infinitas aristas y enormes dificultades. Muchas veces deben navegar contracorriente, combatiendo con valentía y determinación las exigencias torticeras de grupos de presión y conglomerados sociales que fomentan la competitividad, la irracionalidad, la vulgarización y la banalización de aspectos importantes de la vida. La educación de las personas que habitan un país necesita el apoyo del conjunto de la sociedad. Utilizar el mundo educativo para hacer demagogia, fracturar la convivencia o generar malestar y desconfianza hacia los maestros, sembrando infundios y espoleando a los padres para que actúen como inspectores sin cualificación de la tarea educativa, además de ser indigno y manipulador, es extremadamente pernicioso para la formación de los futuros ciudadanos. Una sociedad moderna jamás se asienta sobre la intolerancia, la manipulación o el sectarismo.

Si las madres de los alumnos de Santa Amalia conociesen mínimamente los rudimentos del trabajo que desarrollan las maestras y los maestros, estoy seguro que tendrían opiniones diferentes de las que traslada el artículo de referencia. Nunca es tarde para aprender, únicamente se requiere actitud y voluntad para hacerlo.

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